Bloomsday

June 18, 2009

(¿Qué es esto?)

Dieciséis de junio de 2009.

9 a.m.

Hace muchísimo calor y yo me tapé con las sábanas hasta la barbilla porque el ventilador permaneció prendido toda la noche. Mis brazos están fríos, mi cara está fría. Es tarde y ya estuvo bueno de dormir, pero los ojos se me cierran, una y otra vez, como si estuviera muy cansada, exhausta. Estoy exhausta. ¿Siempre lo estoy? Casi sí. Me cansa ser buena, cuidar mis palabras, cuidar incluso lo que pienso. “No deberías pensar eso”, me digo constantemente. Me lo digo cuando pienso mal de las personas, cuando me parece que alguien actúa estúpidamente o es lento o torpe. Y pienso “No deberías pensar eso de nadie, ¿quién te crees?”. Yo también suelo ser muy torpe. Derramo invariablemente los líquidos sirviendo las bebidas, olvido que iba por determinada cosa a algún lugar y me siento sobre la cama con la mirada perdida pensando “¿A qué venía…?”

Pero los peores pensamientos son aquellos que me vienen en la carretera, en el auto. Imagino el estruendo del choque, los huesos rompiéndose, el olor de las llantas derretidas sobre el pavimento. Me imagino a mí, pero principalmente a mi familia, y el dolor imaginado de no verlos más me cruza todo el cuerpo. Cada coche que nos rebasa produce una muerte distinta. “No deberías pensar esas cosas”, y relajo las uñas que ya se encajaban sobre el asiento o sobre el volante. Desde su jaula el gato me mira y le miro también. Sabe. Y frota su cara contra la reja, alcanzando mi mano. “No deberías pensar esas cosas” dice con su voz de oro. Y dejo de pensarlas.

10 a.m.

El desayuno consiste en dos panes tostados, uno para el huevo tibio, otro para la nata y la miel. Al café no le pongo azúcar. El amor es todo menos azúcar. Anhelo la paz de los que aman pero aún no aprendo que el amor es inquietud, es la incomodidad suprema. Es un espejo negro, un golpe de estado. Un estar habitada. Es ser el fantasma de una casa en la que de pronto alguien ha abierto las cortinas. Soy un fantasma y tengo que hacerme de un cuerpo. Soy un fantasma y tengo que hacerme de un cuerpo para sentir cómo el sol transita por la casa, toca el suelo, ilumina y suspende las motas de polvo, que esculpe con la luz el perfil de los objetos (las teteras tienen una nariz puntiaguda, y la boca ¿sonriente o herida?) como un mago que convierte todo en alegría y ligereza. “Quiero al sol, y quiero un cuerpo para sentirlo”, digo al gato. El gato cuelga de las cortinas, buscando atrapar una de las motas más grandes de polvo, palomilla luminosa, luciérnaga diurna. No me mira, sigue en la batalla. Sus ojos verticales no me atienden. Hasta que me levanto, en silencio. “No hay sol que no salga, o que no se ponga. Ya verás”, me dice. Y me falta el aliento. Porque soy un fantasma y anhelo el sol o se ha manchado mi sábana con la palabra “Amor” o porque enfermo. El afuera y el adentro son siempre muy distintos.

1 p.m

No hay forma de ver que las letras se paren derechas. Están todas chuecas. Así no se puede trabajar. Me pongo los lentes pero nada cambia. Las letras están chuecas. Tendría que torcerlas o torturarlas para que queden como deben quedar. Quizá me falta valor. Pierdo el valor recordando las fotos que probablemente perdí. Una punzada en el costado, ¿dónde habrán quedado? “No pienses en eso. No pienses en cada imagen que perdiste. La memoria no está en las fotografías”. Yo tampoco estoy en las fotografías. Estoy contenida en un montón de letras chuecas que no hallan la postura adecuada. “¿Así?” “No.” Así tampoco. “Tal vez, si nos dejas descansar…” y bueno. Dejemos que duerman, tan frágiles, tan flaquitas, tan despeinadas. Las miro dormir. Las quiero. Las abrazo. “¿Me querrán a mí también?” El gato se despierta. “Habla más bajo. Así nunca dejarás de ser un fantasma”. “Pensé que los fantasmas no hacían ruido”, replico con el ceño fruncido. “Oh, mucho. Gimen y llevan cadenas”. Y vuelve a dormirse.

3 p.m.

Yo soy otra clase de espectro. No gimo, no llevo cadenas. Me escondo. Soy de los que ríe, de los que avientan almohadas y dejan manchas de sangre con catsup, de los que ponen música en los salones vacíos. De los que suspiran, su pelo confundiéndose con el vaivén de las cortinas.

5.p.m.

Las telas son un goce. El tacto de las fibras. Lo sedoso, lo tibio, lo mullido. Lo transparente y resbaladizo. Hay trajes para maestras y para sirenas, para dormir y para estafar. Mi mamá alza unos pantalones blancos de lino, grandes y sueltos, con resorte en la cintura.”Mira, como para ella”. “¿Cómo para… quién?” Pero ella está muerta. Ambas lo sabemos. Y nos echamos a llorar alegremente. Porque no es una tragedia querer comprar ropa para los fantasmas.

6 p.m.

La lechuga no está buena. El jitomate tampoco. El pollo frito es una mentira. El queso no sabe a nada. Pero el teléfono suena, y trae alegrías.

6:30 p.m.

Sin embargo, me extravío en el supermercado.

7 p.m.

El supermercado es el laberinto moderno. ¿Quién es el Minotauro? ¿Quién es Ariadna? ¿Qué cosa, el ovillo?

“Disculpe, señorita, ¿ha visto mi ovillo?” “Se equivoca, damita. Hoy usted es Penélope” “Ash. ¿Por qué?” “Por el asunto del Blumsdei, éste”.

“¿No puedo ser Ulises?”

9 p.m.

Yo quiero ser Ulises. Aún me falta Troya, y Calipso, y Circe, y taparme los oídos con cera, y escuchar de lejos a las sirenas. Y volver a Ítaca, y que Argos, mi perro, me reconozca.

“Tú no tienes perro. Un gato te tiene”, replica el gato. “También tengo un perro”, le contesto. “Y el perro me tiene”.

El gato se va, muy indignado.

10 p.m.

Abajo del agua todo es verde. Miro si hay ondinas en la alberca, pero me entra el cloro a los ojos. Siento al agua, siento la temperatura del aire, los truenos me revientan los oídos. ¿Por qué no puedo sentir las cosas diurnas?

12 a.m

La pantalla a la que me he enchufado con una especie de cordón umbilical blanco y caliente me da más letras chuecas. Me da un sol nocturno, un simulacro de la luz y el calor. Y yo aprendo a palparlo, a cuidar su fulgor, a guardar los rayos ensayados en una cajita y a atesorarlos. Los firmamentos pueden fabricarse con palabras. Tengo un collar de palabras. Es un regalo. Lo cuelgo y en mi pecho llevo letras como cuentas luminosas.

“Pero falta mucho para que dejes de ser un fantasma”, me dice el gato, mirándome compasivamente.

12.47 a.m.

Leo y me palpo el rostro. Sí, ahí sigo.

1 a. m.

Entonces maúlla y sé que debo llenar los dos cajetes con agua y con croquetas.

2 a.m.

Llevo el pelo recogido y la liga se desliza hasta caer. La cortina negra cede al peso y me roza los hombros, la espalda. Se derrama sobre la almohada. Como una noche, cómo me gustaría que alguien viviera la noche dentro de este pelo. Seres diminutos, como de cristal, una doncella, un unicornio, quizá un viejo y una bruja, y un campo lleno de cerezos.

“No deberías pensar esas cosas”, me digo. “¿Por qué no?” pregunta el gato. “Porque no existen”, estuvo a punto de contestar El Señor Malo. “Tienes razón, ¿por qué no?”, digo.

Y duermo.

Luza y Calabuza

September 14, 2008

Para Laluza, en estos días.

Calabaza era una tortuga muy afortunada. Cuando era pequeña, una chica de ojos dorados y rizos negros decidió adoptarla. Se llamaba Luza y tejía palabras hermosas. Preparó para Calabaza una cómoda casa de cristal, haciendo feliz a la inquieta tortuga. Mientras Luza tejía a Calabaza le gustaba comer, esconderse y acomodar y reacomodar sus muebles (unas piedras grandotas a las que la gente no le encontraba la forma, y sin embargo eran un sofá, dos taburetes y una cama perfecta).

Pero lo que más le gustaba hacer a Calabaza era bucear.

Amaba la tibieza del agua, el roce de la corriente en su caparazón, el rumor de las cosas oído desde allá abajo. Calabaza pasaba horas y horas sumergiéndose, buscando nuevas rutas entre las rocas, sorteando burbujas enemigas, escuchando el tintineo de las finas agujas que tejían las palabras de Luza.

Pero Calabaza fue creciendo y el agua se hizo menos profunda.

A pesar de que la casa de cristal era bonita, limpia y espaciosa, no era buena para dar ágiles coletazos que la llevaran hasta el fondo. Calabaza llegaba demasiado rápido a tocar la sima de su mar miniatura porque se había convertido en una tortuga veloz, fluía casi como un hermoso pez verde en la gravedad del agua. Ella quería vencerse a sí misma, cruzar abismos oscuros que su casita no poseía. Había escuchado a Luza nombrar a las sirenas. Quería conocerlas, peinarles los cabellos, dormirse con su canto.

Entonces Luza le tejía puras palabras de sirena: pez, nácar, espuma, sal, dorado.

Pero no era suficiente para Calabaza, que quería bucear hasta aquel reino donde las palabras no se tejen, sino se viven.

Sabemos de hadas cumplidoras de deseos. Sabemos de estrellas que escuchan nuestros suspiros y bajan a hablarnos en sueños, a darnos la llave para abrir la puerta donde se realizarán. Sí, una de esas hadas habló en sueños a Calabaza. Era una sirena de cabello color turquesa.

¿Y qué le dijo a la tortuga?

-Ay, Calabaza, tienes que regresar al mar. Tu destino es grande como los abismos con los que sueñas. Nosotras hemos estado esperándote.

Calabaza apretó sus ojillos de pura felicidad. Se imaginó grande y poderosa, llevando a aquellas criaturas sobre su caparazón, cruzando feliz los atardeceres del mundo submarino.

-Pero, ¿y Luza…? murmuró con tristeza

La sirena dibujó algo sobre el caparazón de la totuga y le dijo:

-Luza estará muy bien. ¿No fue ella quien te contó de nuestro mundo? ¿La has visto soñar, como tú, con tejer las más hermosas palabras?
Luza también tiene un gran destino. También, eventualmente, regresará al mar.

Entonces Calabaza se sintió tranquila. Su caparazón brilló como una esmeralda y con voz de tortuga gritó

-¡Luzaaa! ¡Que las sirenas sí existen! ¡Que nuestro destino es grandeee! ¡Te veo en el maaaar! (Luza oyó su eco quedito en la almohada. Lo malo es que no entendía muy bien el tortugués).

La sirena montó sobre Calabaza, que emitía aquel bello resplandor verde. Y con un intenso aletazo, se sumergieron veloces en el infinito misterio del océano.

Allá, en los abismos, hay soles como peces dorados, caballitos de mar claros como el vidrio, palacios de coral aguamarina. Y la tortuga se ha cambiado el nombre a Calabuza, y ciertas noches viaja hasta el sueño de Luza para contarle todas estas cosas, para que pueda tejer las más hermosas palabras venidas del mar.

Imagen de Allposters. es

Invitación dominical

November 9, 2007

Tenemos que reconocer que a veces los domingos son
horribles. Sobre todo en otoño, cuando oscurece más
temprano, hace frío y la tele es una porquería.

Pero también los domingos pueden ser esplendorosos;
sobre todo al mediodía, cuando el sol es más plateado
y la gente anda como recién bañada.

Por eso los invito este domingo 11 de noviembre a la
Feria del Libro Infantil y Juvenil.

Podrían llegar como a las 11 y darse una vuelta por
los libros, que suelen ser divertidos y bonitos (si
ven por ahí un librito titulado La Tradición de Judas,
échenle una hojeada).

Y podrían después, a las doce en punto, entrar al
Teatro de las Artes. Ahí verán una ceremonia de
premiación. Podrían quedarse a ver si mencionan un
nombre conocido entre los ganadores. Podrían, por
ejemplo, escuchar mi nombre, y verme recibir el
galardón al Mejor Cuento Infantil. Podrían reírse de
mi cara, roja por la vergüenza que me dan estas cosas
protocolarias.

Después podríamos ustedes y yo darnos un abrazo e
irnos a tomar unas chelitas por ahí. Porque claro: ya
que los domingos son tan aburridos, hay que vestirlos
bien de vez en cuando, sobre todo cuando hay que
celebrar que ésta que les escribe está muy contenta
por haber publicado su primer libro.

Van de nuez los datos:

XXVII Feria del Libro Infantil y Juvenil
Teatro de las Artes del Centro Nacional de las Artes (CNA)
Tlalpan y Río Churubusco, Colonia Country Club.
Metro General Anaya o Ermita (Línea azul)
Domingo 11 de noviembre, 12 horas
Entrada gratuita.

Aquí, la página:

(encontrarán un mapa para llegar)

Lleven a su chamaco más cercano.
Los espero con mucho cariño. Gracias por acompañarme.

De cómo, si uno es optimista, se podría sentir después de un tremendo choquesazo (Airbag)

October 31, 2007

In the next world war EN LA PRÓXIMA GUERRA MUNDIAL

In a jackknifed juggernaut EN UNA DESTRUCCIÓN DESGARRADORA

I am born again HE VUELTO A NACER

In the neon sign EN EL LETRERO DE NEÓN

Scrolling up and down SUBIENDO Y BAJANDO, DE ARRIBA A ABAJO

I am born again HE VUELTO A NACER

In an interstellar burst EN UNA EXPLOSIÓN INTERESTELAR

I am back to save the universe HE VUELTO PARA SALVAR AL UNIVERSO

In a deep deep sleep of the innocent EN EL PROFUNDOPROFUNDO SUEÑO DE LOS INOCENTES

(COMPLETAMENTE ATERRORIZADO)

I am born again HE VUELTO A NACER

In a fast stolen car EN UN VELOZ COCHE ROBADO

I’m amazed that I survived ME SORPRENDE HABER SOBREVIVIDO

An airbag saved my life UNA BOLSA DE AIRE SALVÓ MI VIDA

In an interstellar burst EN UNA EXPLOSIÓN INTERESTELAR

I am back to save the universe HE VUELTO PARA SALVAR AL UNIVERSO

In an interstellar burst EN UNA EXPLOSIÓN INTERESTELAR

I am back to save the universe HE VUELTO PARA SALVAR AL UNIVERSO ?

?

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Airbag
Radiohead
OK Computer, 1997.

Equinoccio de otoño

September 29, 2007

Aún no sé si alguien de la ciudad, como yo, entiende bien de solsticios y equinoccios. Quizá sí, de la forma obvia y académica que además, es un poco aburrida.
Pero no me refiero a esa forma de “entender”. Supongo que las personas que respiran otro tipò de aire, que no necesitan el coche y que toman leche bronca, ven de frente al otoño cuando van al baño en la madrugada y no les da miedo.
A mí sí.
Otoño es naranja, de bronce, melancólico y frustrado.
El de hoy así pasó junto a mí y me dio un codazo.
A ver si mañana viene el de los ojos amielados, con él chillo viendo cómo llueve afuera mientras nos echamos un chocolatito tibio, acariciando a Cuco.
Cuco es otoñal, y está enfermo. Vomita las croquetas nuevas y adelgaza como si estuviera compitiendo en un reality show.
En fin, soy una triste pequeñoburguesa que no sabe nada de los ciclos naturales de la existencia, una clasemediera rezongona y egoísta que no piensa en las desgracias ajenas y se regodea en su minúscula tristeza otoñal.
¿Y?
Siento el otoño, siento cómo me desgajo y seco, cómo me preparo para las heladas, para suspender los latidos de mi corazón.
Pero todavía no.
Todavía no.

Equinoccio de Primavera

March 21, 2007

A las seis de la tarde llegó a este Hemisferio la estación más cursi del año.

Curiosamente, la ciudad se resistió. Poco antes comenzó un viento terrible que arrancó tres o cuatro árboles desde sus raíces. Los pobres se rindieron antes de que llegara su renacimiento. Cuando los vi por la tele, pensé que no quería que me pasara lo mismo. Por eso regresé a escribir en una de las salas perdidas del castillito. El viento sopla y azota las ventanas, y mis raíces crujen pero se aferran al lecho calientito del jardín. La tierra se retuerce, le saca la lengua a la Primavera. Sabe que es una tramposa, una embustera. Y aún así, le entregará sus flores y hojas, su fe en el sol, las lluvias y los retoños. Tonta tierra. ¿Tonta yo por esperar lo mismo del destino?

Pss… quién sabe. Compréndanme: estoy convencida de que sufro ese mito llamado depresión primaveral.

Por eso es una verdadera FORTUNA contar con la industria Hollywoodense y sus películas maravillosamente mensas. La semana pasada fuimos a celebrar el cumpleaños de Amelie con un atascón de comida italiana y Letra y Música. Ver a Hugh Grant bailando un éxito ochentero es la neta. En una secuencia de la cinta, Drew Barrymore describe su desilusión por no ser una gran escritora. Hugh Grant sólo atina a decirle ¡qué diablos! “Ninguna novela hará sentir mejor a nadie de manera tan efectiva e instantánea como una canción pop”. Es una de las frases que ¡oh! pésele a quien le pese, encierra una gran verdad.

Pero el colmo de los colmos, aquello que le da en la madre al viento derribador, a la pinche mala suerte, a las malas tardes y las noches snifsnif, a los dias llenos de tráfico y contratiempos, es la presencia de nuestros amigos. Sí, se oye como de Disney, pero bueno, Disney tiene razón. Después de un día de depresión primaveral, recibo un correo de la querida Cerveza. En él, un archivo adjunto: la super canción de Pop!, el grupo ficticio de la película en cuestión. Recuerdo el agridulce fin de semana y las dos haciéndonos compañía, estando nada más a veces. Estando. Y en los silencios, o en las carcajadas, armonizamos los altibajos de la una y la otra. Se descarga la rolita. Suena un teclado ochentero en las bocinas de la manzanita. Y asi es: instantáneamente me siento mejor.

¡Estoy lista para la Primavera!

Arqueología propia (Invierno)

December 21, 2006

Siempre hay un primer invierno que se hace nuestro en forma de diapositiva mental , o de imagen en movimiento, de video super 8: granulada, borrosa, con los propios piecesillos en primer plano. Algunos los vivimos en carne propia. En otros, ahí estuvimos, pero jamás podríamos recordarlos por nosotros mismos: nos fueron relatados y sin embargo lo reconstruimos como si los hubiésemos presenciado; y de algunos sólo fuimos espectadores ajenos y distantes.

Mi primer invierno en vivo es blanco, blanco y café. Una helada en el Ajusco bastó para que una multitud de defeños se subieran a sus coches para llegar a un mini paraíso navideño. Recuerdo mis pies de cuatro años pisando el suelo húmedo y café, a ratos blanco y frío, recuerdo que me picaba la bufanda en el cuello y que cuando hablaba, salía de mi boca un humo blanco que trepaba travieso por los árboles, sin dejarse agarrar. Hicimos un muñeco de nieve en el cofre del coche, un monigote amorfo que queríamos llevarnos como trofeo a casa, ponerle una camita en el cajón de las verduras del refri, alimentarlo de leche congelada y nieve de anís. Pero antes de llegar a la autopista, se fue resbalando hasta que cayó al asfalto entre nuestras carcajadas desilusionadas.

Esa noche tuve mi primera crisis de asma. Había una luz tibia y naranja en la habitación, un vaporizador lleno de Vick Vaporub derretido, y muchos besos y abrazos encolchados.

La agenda familiar era muy alegre y financieramente catastrófica en invierno:
24 de diciembre: ¡Cena de Nochebuena! ¡Regalitos de Navidad!
30 de diciemnre: ¡Cumpleaños de Arlette!
31 de diciembre: ¡Cena de Año Nuevo!
6 de enero: ¡Día de Reyes!
9 de enero: ¡Cumpleaños de Vane!

La casa de mis abuelos era un hervidero de niños y jóvenes. Nos separaban en La Mesa de los Adultos y La Mesa de Los Niños. En esta última se servía un caldo de camarón especial, sin picante y sin camarones, y más puré de manzana que pavo. Después salíamos a la calle a prender luces de bengala. Mi abuelito me sostenía la mano porque tenía miedo. Yo sabía que algo tan hermoso tenía que ser dañino.

Los Santos Reyes llegaron una vez a la casa y despertaron a mi mamá. Ella se levantó y vio cómo la estrella de Belén salía de nuestra sala volando hacia el firmamento. Los tres Magos nos dejaban cartitas minúsculas en sobres minúsculos que yo atesoraba como la prueba viviente de los milagros. Una noche, a bordo de un camello o un elefante (no de un vulgar caballo) llegó Odie, una cachorrita despeinada y bizca que me mordía las trenzas. Crecimos juntas durante quince años.

Mi hermana, Odie y yo dormíamos en la sala durante el invierno. Las luces del arbolito de Navidad eran nuestro arrullo, y tapadas con pesadas cobijas, teníamos sueños extravagantes e inolvidables.

Esta escena de Candy Candy, en la que la nieve cae sobre el abrigo azul de Terry, también es uno de mis inviernos. Ahí estaba yo, acompañándolos, detrás de una panzona ventana de cristal. Podía sentir la humedad en el pelo, la nariz roja y el dolor en las orejas heladas, el olor de la bufanda y los dedos entumidos. Pero ya casi no recuerdo cómo imaginaba que sería amar a Terry o a quien fuera, cómo pensaba que dolían o no las despedidas. Sin embargo, nos hacíamos compañía. Yo sabía que Candy se hacía más fuerte conmigo junto, y ahora sé que puedo ser más fuerte si la llevo a ella y a todos mis inviernos en la bolsa, bailando entre el celular y las llaves de casa.

Paral-lelismos

December 20, 2006

(Tecleado a la luz de esta rolita).

La nostalgia es un ama de llaves que abre las ventanas de una vieja y húmeda casa cuando apenas está amaneciendo. Por eso quise quedarme y esperar al alba sentada en un banco de Plaça Catalunya al término de esa última noche de farra por el centro, un miércoles.

La esperanza es una mujer desvelada que se asoma por ahí del mediodía. Por eso la Calzada de Guadalupe, ese camino de peregrinos, tiene el asfalto tan caliente y el cielo tan limpio.

Muriéndonos de frío, el cuarteto echábamos un ojo de cuando en cuando al cielo para ver si cambiaba de tono, para ver si el azul se abandonaba al morado y luego al rosa y luego al gris. Nada. Los otros tres le mentaban la madre mentalmente al último de mis caprichitos. Desparramados en la banca, no teníamos deseos de movernos cuando un viejito y su carrito de la compra nos miró desde sus ojos azul frío, azul río deshielado. Porque así es como mira un color arrogante cuando se mezcla con los tonos invisibles y calientes de la sabiduría, quizá de cierta clase de generosidad, de una satisfacción gozada y perdida hace ya mucho tiempo. Se sentó junto a nosotros sin decir nada, hurgando en el carrito, triturando una bolsa de papas fritas, derramándolas al suelo. Cosas que alguien que no ha cumplido los treinta no entiende muy bien. Desde nuestra modorra veíamos cómo gente de toda clase y edad lo saludaba, le regalaba pan dulce y café, intercambiaba periódicos y breves charlas alegres. El viento hacía de verdugo del sueño, y comenzó a soplarnos en las orejas hasta helárnoslas. El cielo por fin clareaba. Las lámparas se iban apagando y los pajaritos chifladores se iban encendiendo.

Para cumplir el primero de mis caprichos, mi papá y yo decidimos ir a desayunar a los tacos de la Estrella: deliciosa tortilla doradita envolviendo la más exquisita barbacoa, bañados en una indescriptible salsa de chile pasilla. Ambos nos habíamos echado una buena desvelada, por lo que nuestra vuelta a la vida no podría ser más perfecta. “¿Y por qué no desayunan mejor por aquí cerca?”, preguntaba curiosa mi mamá. La Colonia Estrella está al norte del DF, donde vivimos pocos años antes de cambiarnos definitivamente al Sur. Son los rumbos de parte de mi infancia y la de mi hermana, y de la juventud de mis padres. Por supuesto, es ruta gastronómica inigualable. Pero había una razón más para echarnos el viajecín: mi papá tenía un compromiso qué atender en el Blockbuster de Calzada de Guadalupe, sin hora fija, sin que nadie lo esperara. Pero un compromiso es un compromiso.

El Café Zurich ya estaba despierto, sus mesas metálicas comenzaron a custodiarnos las espaldas, los trabajadores corrían hacia la entrada de los Ferrocarriles de la Generalitat, los personajes misteriosos de la madrugada se desvanecían poco a poco entre los rostros blancos de los madrugadores, los ojos moros de la clase trabajadora, algunos cabellos recién bañados de chambeadoras latinoamericanas, esos ojos chinguiñosos de los estudiantes. Habíamos cumplido la meta, y estábamos a punto de levantarnos, tiritando entumecidos, cuando el viejito nos habló desde su nariz puntiaguda, abriendo un brillante folder amarillo, sacando unas hojas impresas de su interior “¿Sabéis algo? Éste soy yo de niño. Y aquí, de joven. ¿A que era muy guapo? Pero mi madre murió cuando yo era muy joven. No hay dolor más grande, a mí se me acabó el mundo.” Movía las manos como buscando cercanía, como persiguiendo la música del aire contra las hojas secas. Y el aire, a su vez, patinaba sobre sus largos cabellos blancos. “Hay unas gemelas que todos los días vienen a darme un beso. No deben tardar en llegar”. Los ojos se le deshielaban más, parpadeaban húmedos y brillantes. Nunca sé decir si es éste uno de los conmovedores efectos especiales de la vejez producidos sin querer, o la simple y desbocada huida de los recuerdos.

La bolsa azul de plástico estaba llena a reventar. Yogurt, manzanas, mandarinas, y muchas otras más cosas que no alcancé a ver bailaban al compás de los baches y los frenones de los microbuseros de adelante. En el Blockbuster sólo estaba el vigilante, “No lo veo”, dijo mi papá con media preocupación en los labios. Pero cambiamos de ángulo y ahí estaba, sentado en una de las bardas dentro del estacionamiento techado. El sol de invierno al mediodía es desagradable para los que esperan sin esperar. Mi papá agitó el brazo y él acudió lo más rápido que pudo. Quizá ha envejecido a punta de dolores y descuido, a tragos de botella y heladas descubiertas. Y en un ritual que he presenciado sólo dos veces, se saludaron como dos caballeros, uno dio y el otro recibió con la más absoluta dignidad y franqueza tanto bienes como gracias, y en poquísimas palabras quedó claro que volverían a verse para darse el consabido abrazo navideño. Ese abrazo es una discreta petición extra, un amparo entredicho, un noble aguinaldo callejero.

Nuestra banca parecía ser el centro del que partían La Rambla, las vías del tren, la silueta de las esculturas de la plaza, la raya del horizonte. El día ya era, y era blanco como el pelo del viejito, cuyos ojitos acuosos sonrieron cuando supo que aunque ahí nos mimetizábamos con el paisaje, habíámos nacido en México. ¡Y cómo! se puso a cantar canciones de Jorge Negrete, y a mencionar lo guapos que somos, lo jóvenes que estamos, lo mucho que se abre la puerta del mundo cuando uno tiene fuerza en las piernas y en la espalda. Se detuvo en varias estaciones de su memoria, paró en París. Nos contó que, debajo de la Torre Eiffel, él cantaba con sus amigos la Canción de despedida, y de su garganta seca, cansada, salieron notas dulces y en francés. Ése fue un acuerdo, un regalo para mí. Yo no tuve el valor de mirarlo y hundí el pico en mi abrigo para llorar un poquitín. Los árboles sin hojas se ladeaban con el viento y a mí me daban ganas de mecerme con ellos.

Mientras el coche esperaba el siga, vimos cómo caminaba hacia la esquina y sacaba de la bolsa azul alguna cosa que examinó y devolvió casi enseguida. Nos miró desde detras de sus lentes, y con una sonrisa como de madera, nudosa, vieja, valiente, nos dijo adiós con la mano. El sol de invierno se reflejó en los cristales, la luz se descompuso en pequeños destellos de arcoiris.

Nos levantamos como personajes de caricatura, castañeando los dientes. El viejito nos apretó las manos con la arrugada caricia de un abuelo y nos dijo algunas cosas tan inocentes que nos sonrojaron. En sus uñas tibias dejamos nuestros buenos deseos, y caminamos cruzando las fuentes que no sé si aún dormían o reposaban cuasicongeladas. Silenciosos y muertos de frío, el mundo se veía sin embargo más cálido. Una mujer pequeña y bonita llevaba de la mano a sus hijas con mucha prisa, y de pronto comprendí, y grité con muchísima alegría “¡LAS GEMELAS! ¡ahí van!” y todos nos giramos para verlas, porque allá iba una ilusión caminante, un agradable tropezón con la esperanza.

Unas palomas volaron asustadas por el estridente claxon de un autobús. El semáforo parpadeó al verde, y seguimos con nuestras vidas. A los tacos con salsa de chile pasilla, al asfalto con baches, a la buena cara al mal tiempo y la mala saña y al pesar de todo y al mal gobierno y al mal de amores. Qué maravilla: no hay manera de saber si vamos por la calle caminando como una doble esperanza para cualquiera de los que nos ven pasar.

¡Al diablo!

September 3, 2006

Hay tres cosas de las que me disgusta hablar: cosas que salen del cuerpo (pipipopocaca y anexos), de dinero, y de política. Esto último no por otra razón más que por mi inseguridad: me siento muy tonta hablando de política. Por supuesto que tengo una postura, por supuesto que me siento responsable y comprometida con causas e ideas, pero los nombres se me olvidan, se me voltean los hechos en el tiempo, confundo caras de señores barbones con otros, en fin. Mi rechazo está marcado sólo por mi propia torpeza.

Pero ahora sí hice el esfuerzo. María, con su acento de gallega indignada, trajo El País hoy y nos dijo “¡Lean esto!”.

Y yo también invito a los seis (6) lectores de este blog a que lean esto.

¿Ya?

Bueno, ahora pueden leer lo que sigue. Como respuesta, queda esta carta redactada entre queso con miel, secadora del cabello y tortilla de patata.

Hemos leído con atención la editorial titulada “El Exceso de Obrador” en la edición del pasado domingo 3 de septiembre. Nos dio la impresión de estar frente a un escrito proveniente de un lugar indeterminado, elaborado quizá en una habitación muy alejada de la realidad política y social de nuestro país, México. Desde su ventana no pueden apreciarse ni siquiera rasgos evidentes, luego entonces, mucho menos los detalles.

España cuenta con la suerte de poseer instituciones soberanas que no pueden, de ninguna forma, ser comparadas con las mexicanas. En el “México Moderno” éstas obedecen aún a los intereses de la política corrupta y los grandes empresarios, no a nuestro pueblo. Una y otra vez se han encargado de demostrar su incapacidad de atender a las necesidades más urgentes de los mexicanos. Nos encontramos a merced de éstas. El gobierno actual utilizó a todas las instituciones para impedir precisamente que seamos un país soberano. Desde la ventana de esa habitación lejana, los medios de comunicación representan una realidad descaradamente falsa, una burla para México. No es serio que El País construya sus editoriales desde representaciones trucadas, retocadas, de la realidad.

Quien afirma que López Obrador es el único que mueve los hilos, el único que impidió que se diera el último informe de Fox, el único que levantó campamentos de miles de personas, el único responsable de las marchas pacíficas de mexicanos en toda Europa, está ciego del ojo izquierdo, el de la Historia. Detrás de un candidato que perdió por un porcentaje irrisorio, está la voluntad de cambio, el hartazgo, la dignidad de todo un pueblo. Así que al diablo con las instituciones, al diablo con la modernidad, al diablo con la democracia, si ésta no incluye a los más desfavorecidos.

¡Al diablo con Claudia, María y Gaby si se aburrieron un rato en este castillito!

Luna llena

August 10, 2006

Hoy hay luna llena. Como hace un mes. Caminamos rumbo al nuevo piso. Ilumina como una de las farolas del Passeig de Sant Joan. Imagino que el mar debe estar mareado de tanta y tan bien dotada luna. La gente se detiene “¡Mira!” y le toma fotos. Aún nos detenemos a observar las cosas, rodeados de semáforos y cemento, pero nos detenemos. Yo también me mareo.

María está en México, así que por ahora sólo los perros habitamos este piso. Niels, con todo y sus telenovelas chafas, su voz diez decibeles por encima de lo aceptable (hasta hace un mes descubrí que casi no escucha con el oído izquierdo) y sus comentarios misóginos… hace falta. Roberto está a doce cuadras, pero lo extraño, extraño su caminar de vela encendida, sereno y alto, por la casa. Alejandra deja un hueco inmenso, aunque ayer tuvimos toda una tarde juntas. Despedimos a una amiga suya que regresa a México. “¡No puedo creer lo rápido que pasó el tiempo” decía, frente a nuestras miradas entre envidiosas y compasivas. Martin, el alemán rampante, dijo que se quedaría en Barcelona “por tiempo indefinido”. Pienso que de alguna manera, estando aquí o en otro lugar, todos nos encontramos en Barcelona por tiempo indefinido.

Hay una frase que me gusta tanto como me entristece “La vida es una larga fila de personas diciendo adiós”. Para muchos, Barcelona es un no-lugar, una estación de tránsito. “No te enamores en Barcelona” “Es un lugar de paso” “Nadie se toma en serio ni trabajos ni afectos en Barcelona”. Yo no sé, lo veo de manera distinta. Aquí se echan raíces a las que les crecen alas que vuelan por otras latitudes. O quizá es como la luna, que viene y va. Todo viene y va, la misma gente viene y va.

Desde la habitación de Claudia se tiene una vista espléndida del cielo. A veces me siento como este puntito, que “tirita azul, a lo lejos”. Un ínfimo latido enamorado de la luna, que de cuando en espía por una ventana con cortinas rojas.

¿Quién es la luna, qué lugar, la ventana?

Habrá que cambiar la orientación de la cama de Claudia para que pueda ver, recostada desde sus sueños, la luna llena.