Cucu-tú

November 18, 2009

Pasé un par de días sola en la casa, sin la indiferencia cariñosa de Poe ni los pasos imparables de Doña Laura. Sí, Poe estaba de vacaciones en Cuernavaca, y allá fui a alcanzarlo, y dejamos sola esta casita que con el casinvierno se pone tiesa y fría como un refrigerador de madera. No hubo silencio, sin embargo. Esos días me acompañaba el intenso arrullo de las palomas.

Generalmente huyen del gato que gobierna esta casa, o de los vecinos que planean envenenarlas so imbécil pretexto de que sus cacas dañan la pintura de los coches (”¡las ratas del aire!”, diría El Gañán), pero ahora se apostaron en nuestro balcón. Eran dos, las estuve viendo. Se arrullaban la una a la otra, esponjaban sus plumas y se sentaban al borde viendo pasar a los coches con esa calma nerviosa de los pájaros. Una de ellas me miró varias veces con su ojo único, que da igual si es el izquierdo o el derecho. Imagino que en ese momento simplemente supo que yo no les haría nada.

Volvimos, volvió Poe, hicimos bromas sobre la toma del balcón por El Imperio de las Palomas, el gato bostezó frente al ventanal, dormimos.

Por la mañana, mientras yo me dedicaba a ignorar al mundo frente a la pantalla, Poe a olisquear el agua congelada de su trasto, y mi madre a recriminarme que ignorara al mundo frente a una pantalla, Reina (ya le dedicaré a Reina un largo post, porque se lo merece) entró felizmente del balcón hacia la sala sosteniendo un huevo pequeño y perlado como un dulce. Un huevo de paloma.

No sé bien cómo estuvo, algo dijeron de los cocolitos y los gusanos, un par de risas, el sonido del teléfono, el ruido de la bolsa de basura en la que Reina ya estaba depositando eso que no era nuestro, sino de dos desconocidos que miran y que vuelan.

(En Cuernavaca, hace un par de meses, unos pajaritos empezaron a hacer su nido en nuestro balcón, pero después de dejar un reguero de ramitas y el recuerdo de sus charlas, se arrepintieron. Poe los esperaba cada tarde con temor, era temor y dulzura, podría jurarlo).

Pues eso, no sé bien cómo estuvo, pero enloquecí. Dije no, no, no, mil veces, Reina se encogió de hombros y me dio el huevo, advirtiéndome que aquello no era conveniente, que yo debía tirarlo por tal y tal y tal… Seguí diciendo no, ella señaló el lugar exacto del nido (un pedazo de tierra en nuestra jardinera, entre horribles cactus que yo no planté, casi todos muertos), y mis dedos fríos lo pusieron en su sitio, y Poe, subido ya en la jardinera, entendiendo cada una de las cosas que pasaban, también me miró, y bajó la cabeza, y volvió al interior de la casa como aquel que sufre ante las causas perdidas.

Esos dos pájaros en un cielo lleno de pestilencia y cables mortíferos, acunando el huevo entre espinas, me pareció un maldito milagro. Yo no voy a negárselos.

(Encontré la imagen aquí)

Describa el cielo

October 19, 2009

El Perrito, que (no me canso de decirlo), tiene olfato para hallar bellezas, me mandó este tesoro de blog, dedicado a reunir cartas, sólo cartas, tinta estampada en papel por el golpe de una máquina, o trazada por una mano que deseaba alcanzar a otro, lejano, inasible. Una de esas cartas propone algo que me parece muy lindo:

La traducción es, más o menos, la siguiente (respetando la ausencia de mayúsculas):

buenos días

usted está invitado cordialmente a participar de el correo del cielo (primer evento). el correo del cielo es un evento artístico en el que selectos artistas de diferentes campos han sido invitados a describir el cielo.

apreciaría enormemente si usted se tomara el tiempo para llenar la tarjeta adjunta y dejarla en algún buzón de correos (el envío ha sido prepagado).

actualmente estoy en la búsqueda de un lugar apropiado para llevar a cabo el evento. usted será informado de la fecha y el lugar de la exhibición.

muchas gracias.

disfrute el cielo.

j c jaymes
coordinador: correo del cielo (primer evento)

El proyecto circuló en aire, mar y tierra más o menos entre 1974 y 1978. Recibió muchas respuestas, algunas de ellas de personajes como Isaac Asimov o John Cage (pueden verlas aquí).

Encontrarme con esto fue una de esas epifanías, o acuerdos, o puntualidades encantadoras del azar, pues resulta que llevo varios días mirando hacia arriba (los ojos entrecerrados, la boca abierta) tratando de descubrir un par de líneas que dibujen al cielo tan claramente como los personajes blancos y mullidos que desfilan por él en la desgajada forma de las nubes: cangrejos sonrientes, mariposas gigantescas, máscaras de conejo. Y luego digo al teléfono “Estoy viendo una nube que tiene forma de cangrejo”, y eso es todo. Es mi torpe intento de condensar la maravilla, de enviar una postal contestando la amable solicitud: “Describa el cielo”.

La verdad es que los días de aislamiento forzoso (este cuerpo traicionero, estos bonsáis que se hinchan en mis pulmones) me han puesto nostálgica respecto al aire, el firmamento, el vuelo de los pájaros. Así que me gustaría invitarlos a ustedes, cuatro (4) queridos lectores, a que hicieran lo mismo en el espacio para comentar que ofrece este castillito. No se preocupen ni por la forma ni la extensión, todo será bienvenido en estas paredes translúcidas, desde las que podemos ver el motivo de nuestra intriga. Dejen sus propuestas (o si hacen dibujitos u otras monadas envíenlas a lachicadelsiglopasado@yahoo.com.mx) y ayúdenme a reconstruirlo aquí dentro. ¿Sí?

Porque estoy segura de que mi sola palabra no vale. De que ese misterio último, esas gotas mínimas suspendidas en un negro encaje, este manso monstruo azulado que nos guarda, se teje, de alba a crepúsculo, con el tibio vapor de nuestros alientos.

Los espero.

Feliz cumpleaños, castillito de naipes

September 30, 2009

Una gota de ópalo por encima de la oreja fotografiado en la mejor de las circunstancias: mientras me quieren. La guirnalda, la foto, la mañana, todo tejido entre la mirada de Ale y las manos de Elssie disparando al objetivo.

A través de estas paredes translúcidas se me han obsequiado cosas grandes y poderosas por las que estamos (sí, las paredes y yo) conmovidas y agradecidas.
Quiero seguir mereciendo el amor que parece tenerme el correr de los días, pero ¿cómo?

Supongo que escribiendo, como cada año pasado, entre muchas otros méritos que ya iré descubriendo cómo atrapar.

Y pues eso, acá siguen los valses al revés, el salón de espejos, la lavadora que viaja en el tiempo y el jardín de las estaciones simultáneas. Gracias por visitar y llenar de cariño este lugar, que a veces puede ser un buen lugar.

(Y gracias, mis hermosas chicas raras de la escuela)

Cuestionario Proust

September 22, 2009

Tenía como ocho borradores de ocho Cuestionarios Proust distintos (esa clase de test decimonónico que nomás no pasa de moda), pero como rito de paso de la treintena (y de los cuatro años que a punto está de cumplir este castillito de naipes) creo que está bueno decidirme por un par de respuestas (no puedo contestar con la unicidad que se pide, lo siento…). Disculpen también lo largo que me quedó, pero hice un ejercicio de síntesis entre las muchas versiones que circulan por ahí, pues se supone que Marcel Proust lo contestó y divulgó varias veces a lo largo de su vida, como un buen ejercicio de autoconocimiento. Lo bonito de esto es que sin querer uno va dando sus propias respuestas mientras lee el de los otros. Así que convidados quedan a re-conocerse también. Pasen el chismógrafo, y envíenlo de vuelta.

¿El rasgo principal de su carácter?
“Siempre he confiado en la bondad de los desconocidos”.

¿Un defecto que no puede dominar?
La falta de atención y preocupación para ciertas cosas.

¿Se considera buena persona?
Sí. Las hay mucho mejores, claro.

¿Por quién se cambiaría?
Ay, por naiden.

¿Ocupación favorita?
Leer, conversar, escribir. Comer.

¿Cuál es su precio?
Exijo ser tratada con la misma cortesía con que trato a los demás.

¿Con qué error humano se muestra más indulgente?
Con la pereza tipo “cobijita”, o la ingenuidad que raya en la tontería (será que adolezco de ambas).

¿Ante qué es intolerante?
Ante la petulancia y la crueldad.

¿Qué despierta su ira?
El cinismo.

¿De quién siente envidia?
Quizá de todo ser vivo que traga sabrosamente sin engordar o que no tiene problemas respiratorios.

¿Por qué sería capaz de matar?
Por evitarle cualquier clase de dolor a Los Seres Queridos.

¿Qué cualidad prefiere en los seres humanos?
La bondad, el sentido del humor. La sensibilidad.

¿Cuál es su palabra favorita?
Relicario. Acuerdo. Mar. Es que hay tantas…

¿Alguna obra de arte le parece insuperable?
¿Por qué tiene que ser una competencia? En todo caso, creo que sí las hay incomparables. E irrepetibles, como los valses de Chopin.

¿Cuál es su máxima en el trabajo?
Si no te apasiona, nunca estará bien hecho. Pero eso es porque considero a la escritura mi trabajo.

¿Qué cree aportar profesionalmente?
No lo sé. Una visión más del mundo, supongo.

¿Qué obra de arte le ha impresionado?
*CLICHÉ ALERT* Una lagrimita se me salió cuando vi la escultura del David. Es un hechizo. Hay una pintura que se llama En écoutant de Schumann. El Homme gros, que me sorpendió en una esquina. Invariablemente lloro con Beethoven, y con muchas películas.

¿Conoce algún diseño perfecto?
Sí: los gatos.

¿Dónde le gustaría vivir?
En una casa con muchos fantasmas buena onda.

¿Música favorita?
Cambia constantemente. Ahorita me encantan Little Dragon, Harry Belafonte y Grizzly Bear. Pero hay algunos que nunca me abandonan, como los Beatles, Björk o Ravel.

Un color:
El color inconstante del ópalo, hecho de muchos otros.

Un poeta:
Idea Vilariño.

Flor favorita:
Para ver, la del cerezo o el durazno. Para oler, las rosas y el hueledenoche.

Algo hermoso:
La neblina. Un vestido bordado.

Un héroe:
Heroína: Hypatia de Alejandría, cuyo nombre debería repetirse una y otra vez hasta iluminar su horrorosa muerte.

¿Cuál es su asignatura pendiente?
¿Asignatura académica? Acabar mi fodongo francés :S
Asignatura vital: Ordenar mis estados de cuenta y mis papeles -salvajes-.

¿Cree en la eternidad del alma?
Me gustaría mucho poder hacerlo, pero aún no estoy segura. Creo en la eternidad de la vida, en que si me entierran bajo un árbol, me fundiré con él, y con todo lo demás.

¿Cómo le gustaría morir?
Si no se me concede morir dormida, entonces me gustaría poder decidir el cuándo y el cómo.

Estado actual de su espíritu:
A decir de Don Pedro Vargas, “muy agradecido, muy agradecido”.

¿Cuál es su idea de la felicidad?
Un día estaba en la terraza del centro de esta ciudad comiendo un puré de papa delicioso y viendo el cielo. En eso tembló, y sentí muy cercana la felicidad perfecta. Pero ahora mi idea ha cambiado: tendría que añadir la compañía y el bienestar de Los Seres Queridos.

¿Cuál es su miedo más grande?
La muerte o el dolor de la gente que amo. La pérdida. Un ataque de asma fatal y definitivo, la caída de las facultades. Que cualquiera de estas cosas nos suceda antes de tiempo.

¿Cuál es el rasgo que más deplora de usted mismo?
Hay varios, pero detesto la parte que es capaz de hacerle daño a los otros. Y ésa que me empobrece constantemente.

¿Cuál ha sido su mayor atrevimiento en la vida?
Creer que puedo (muchas cosas contenidas dentro de ese “puedo”).

¿Cuál considera que es actualmente la virtud más sobrevalorada?
Ser súper exitoso, güey.

¿Qué es lo que más le disgusta de su apariencia?
Su repentina volubilidad. Nunca soy la misma, como los perros que ve Funes el Memorioso.

¿Cuáles son las palabras que más usa?
Las expresiones “¡Oh, qué bonito!”, “úchalas”, “me asombra…”

¿Qué es de lo que más se arrepiente?
De todo lo que no hice.

¿Cuál considera que es su estado actual de ánimo?
Pues nublado pero bochornoso.

¿Cuál es su posesión más preciada?
Libros, música, fotografías, libretas de apuntes. Algunas de ellas fueron robadas, pero dulcemente repuestas con lo que va llegando. Y un alhajero, hecho por mi abuelita, y cuyo perfume permanente es un misterio.

¿Cuál considera que es la peor miseria?
Saber de la miseria del otro, no hacer nada y regodearse en ella.

¿Con qué personaje histórico se identifica?
Siento una debilidad particular por los personajes anónimos, en especial, las mujeres del siglo XIX que se fueron a explorar el África o que escribían a escondidas.

¿Cuál es la cualidad que más le gusta de una mujer?
La complicidad, la ternura, la inteligencia.

¿Y en un hombre?
La complicidad, la ternura, la inteligencia :D .

¿Quién es su héroe de ficción?
Hay tantos… Pero anda entre Bastián Baltasar Bux, Johnathan Strange o Fújur, el dragón de la suerte.

¿Qué apodos ha tenido?
Nessie, Perrito, Cerve, Guack, Godzilla, Sayaka, OBJ, Gaborín.

¿Cuál es el rasgo de personalidad que menos le gusta de un hombre?El chantaje, la imposición, la hipocresía.

¿Y de una mujer?
Ídem. Y la pugna con las demás: su machismo invisible.

¿Qué o quién es el más grande amor de su vida?
El y Los Seres Queridos, que se saben muy bien queridos.

¿Cuándo miente?
Cuando hay que soportar a alguien muy pesado y darle el avión. No sé por qué esa clase de personajes me dan mucha lástima, a costa mía.

¿Qué no perdonaría?
*CLICHÉ ALERT* La traición. Eso y que se acaben algo delicioso sin darme a probar.

¿Cuál es su idea de la fidelidad?
Más que una idea, es como una sensación. Puede existir o no, y la sensación puede estar completamente alejada de la realidad. Pero de ella depende la fortaleza de un vínculo, así que…

¿Para usted qué es un buen insulto?
Una verdad dolorosa dicha a la cara, bien merecida de escuchar.

¿Qué le hace reír?
Yo misma, para empezar. Y digamos que infinidad de cosas, excepto lo evidentemente cruel.

¿Qué te hace llorar?
Casi todo, mirado bajo la luz adecuada.

¿Cuál es su idea de la muerte?
Wolf Erlbruch escribió en La gran Pregunta (¿por qué estamos aquí?) que la Muerte responde diciendo: “Estás aquí para disfrutar la vida”. Me gusta pensar que su inminencia le da sentido a todo.

¿Cuál considera que ha sido su mayor logro?
Haber hecho que Doña Paulina se la pasara bien los últimos años de su vida. Lograr que mis niñas del taller lean.

¿Dónde y cuándo es feliz?
Creo que en todo momento. Y cuando siento que no es así, me gusta pensar que alguna tarde, cuando recuerde ese instante, me diré “ahí también fui feliz”.

Conversaciones con el niño anónimo (I)

August 25, 2009

Por alguna razón que se me escapa, de entre todos los adultos disponibles en algún sitio El Niño Anónimo siempre me escogerá a mí para platicar. Estaba sumergida en la alberca, y al mismo tiempo, en un libro (los brazos apoyados en la orilla, aún no sacan un título que me agrade en material inflable e impermeable), cuando se acerca el sujeto de unos tres o cuatro años de edad, playera, short, chanclas y lentes de sol del Hombre Araña.

Niño Anónimo: ¿Qué estás haciendo?
Yo: Leyendo
Niño Anónimo: Ah. (Mira el libro con el ceño fruncido) ¿Qué es esa cosa?
Yo: Es un libro.
Niño Anónimo: ¿Y qué es eso?
Yo: (Le sonrío, no sé si porque me gustó mucho que no supiera qué era la cosa, o para que se diera cuenta de que esa cosa era buena) Es donde se guardan los cuentos. Es como una cajita que te los cuenta a la hora que tú quieras y en donde tú quieras.
Niño Anónimo: (Se le queda viendo al libro, pero parece que hay algo que no le cuadra) Aahh… y ¿dónde está tu hijo?
Yo: No tengo.
Niño Anónimo: ¿Y por qué no tienes?
Yo: Porque todavía estoy chiquita.
Niño Anónimo: (Me mira de arriba a abajo con sospecha. Y quién sabe qué fue lo que vio entonces que le hizo poner cara de “sí, es de las mías”) ¿Y cuando seas grande vas a tener hijos como mi mami?
Yo: Ah, pues no lo sé. También podría ser la Mujer Araña.
Niño Anónimo: (Muy serio) Pero la Mujer Araña es mala.
Yo: ¿Tú crees? A mí me parece buena onda.
Niño Anónimo: (Me mira, solemne) Bueno. Pero necesitas un traje.
Yo: Claro.
Niño Anónimo: Sin el traje, no puedes hacer nada.

Su madre, su pobre madre, lo vio. Con enojo, o vergüenza, o con no sé qué clase de voz le gritó “¡Veeen acáaaaa, (inserte el nombre del Niño Anónimo aquí)!”.

Niño Anónimo: ¡Ya me voy, ya me voy, al rato jugamos!
Yo: Güeno. (Me dirijo a la mamá aterrorizada) ¡Buenas tardes!

¿Dónde me mandaré a hacer el traje?

La cosa es que necesito muchos, muchos. He dibujado los patrones durante todos estos años, pero aún no estoy segura de los colores…

Yo sin sol, tú sin fe…

August 14, 2009

Nadie lo sabe, (shhh…) pero hoy se decidirán muchas cosas.

Una mañana, dentro de un viaje casi idílico a un pueblito catalán, me levanté antes que nadie y salí a caminar acompañada sólo de música (música que quizá ya no escucho, pero que recuerdo como las palabras de un sueño). Me encontré con este reloj, cuya utilidad ahora imposibilita la sombra de un árbol.

“Yo sin sol, tú sin fe, no valemos nada”, me dijo.

Esa caminata, por el reloj y por el mar, por las barcas, por el sol entre ellas, por el sol recién salido quemando mi cara, porque nadie despertaba, porque me sentí la única criatura que podía espiar a los elementos, no la olvido.

Hoy marco este día acompañada del reloj que me habló. Necesitamos cosas simples él y yo, sol y fe.

Cosas que se nos regalan. No es tan difícil.

Ruinas ad infinitum

July 7, 2009

¿Hay una foto más representativa de ese momento flourescente y artificial de nuestra historia moderna? Quizá sí, pero esta me sirve para la siguiente enumeración ruinosa.

Quizá fue E.T. la primera película que vi en el cine: la oscuridad, el olor a mantequilla y alfombra, las voces venidas de una cortina luminosa. Mis padres leyéndome los subtítulos en susurros. Tenía un E.T. de plástico comprado en un semáforo, yo lo adoraba aunque era rígido, frío y con rebabas, lo envolvía en una toalla y lo llevaba de paseo en la canasta de mi triciclo. Pero la magia del muñeco no surtía efecto: no nos elevábamos hasta la luna. Así que en su lugar envolvía a Chicho Ulrich Rockervai, el gato (era obvio: los gatos son animales mágicos, las mascotas de las brujas) y mis pedaleos frenéticos en la sala de casa nos llevaban, según yo, hasta la Segunda Estrella a la Derecha. Podía sentir la brisa de los cometas en mi cara gracias a E.T.

Por aquella época mi hermana usaba brackets, y en la regadera reposaba, con la etiqueta húmeda y desvaída, el shampoo de Farrah Fawcett. Mi madre olía al líquido nacarado de esa botella. Salía de entre una nube de vapor y sacaba el maquillaje, que guardaba en una lata de galletas cuyos relieves me daban un poco de miedo. A veces yo le robaba los labiales para recrear la escena en la que Drew Barrymore convierte a E.T. en una drag queen…

En casa había muchas formas de entretenerse: podíamos poner el proyector de Super 8 y ver 8 minutos de la Pantera Rosa, El libro de la selva o de Travesuras de una bruja. Conforme fui aprendiendo a leer me chutaba el Memín Pinguín, Rarotonga o los Lágrimas y Risas que comprábamos en puestos de revistas que a mí me resultaban inmensos. Y estaba, claro, la tele.

Y en la tele, Michael Jackson.

Nunca olvidaré aquel domingo en el que Raúl Velasco (argh) advirtió durante horas que se estrenaría el novísimo video de Michael Jackson, Thriller. Una chica y un chico pasean a la luz de la luna, y de pronto, él tiene las pupilas color pus y voz de demonio, se convierte en un hombre lobo con lujo de dolor y detalle: las uñas le crecen, los bigotes le salen por los poros de la mejilla, las fauces se abren para darle el último mordisco al suéter rosa de su novia. Me asusté muchísimo, aunque miré la pantalla a través de mis dedos rechonchos, que me cubrían sin éxito los ojos. La voz de Vincent Price, el baile de los zombies, el sueño dentro del sueño me pusieron a girar dentro de una espiral de incertidumbre que me encantó. Mi hermana y mis padres se reían de mis gestos, de mi presunto miedo, y de no sé qué otras cosas sobre la casa o la familia o los domingos que seguramente habrán sido dulces. Ay, recuerdo que cabía escondida detrás del sillón pequeño.

Ahora Michael Jackson cabe en un cajón forrado con terciopelo azul, ningún extraterrestre volverá a ser una marioneta, mi infancia queda guardada en el gusto perdido de los Fresi-Krispis y el olor del Quick de plátano. Y esta foto quimérica es ahora un afiche burlón en la pared de un personaje como habemos muchos que no existía en aquel entonces, igual que esta vida confesada en el resplandor de una pantalla, añoranzas lanzadas a un lugar cada vez más inasible: el mundo.

Larga vida a aquellos que quisimos ser cuando éramos niños, antes de convertirnos en la versión retorcida de nosotros mismos.

Arqueología propia: Ruinas (solsticio de verano)

June 22, 2009

I.

Murió mi tía, después de una largo y triste tránsito por el cáncer. Era mi madrina, y eso en realidad significa nada, o vaya, ahora significa muy poco. Con ella se fueron de forma definitiva muchas cosas. Ella nunca se casó y siempre fue para mí un enigma de dulzura y quietud. Era la más suave de todas las tías, sabía inglés, viajaba a Europa, o a Brasil o a Turquía acompañando a su hermana, la tía “dura” e independiente, a la que dicen que me parezco. Cuando éramos niños pasábamos las navidades en aquella casa, la casa de los abuelos, una de esas imponentes casonas de los años cuarenta de herrería blanca y plafones escondidos, una gran escalera en medio de la casa que yo bajaba a sentones con deliciosa mezcla de vértigo y dolor. Mi tía sacaba de un mueble cuyas puertas corredizas sonaban “rico” (como tronando a la vez que se deslizaban) un montón de figuras geométricas de madera pintadas de colores con las que hacíamos de todo: puentes, coches, casas. Las niñas subíamos con recelo aquellos escalones oscurísimos para meternos al cuarto de las tías, con la esperanza de que nos mostrara una muñeca rarísima que hacía gestos cuando se le movía el brazo. Siempre gentil, bajaba a la mona y nos enseñaba cómo podía ir de la risa al puchero, de éste al enojo y luego otra vez a la sonrisa. Aquella casa se llenaba de nuestras risas, del humo de los cigarros que aún fumaban todos, del olor a caldo de camarón y pavo con puré de manzana. Casi nunca nos peleábamos. Estaba la Mesa de los Grandes (incomprensible para mí), y la de los niños. Mi abuelito, fuerte, enorme y moreno como un árbol, me sostenía la mano al encender las luces de bengala, y todos reían con voces escandalosas. Mis primas y yo nos llevábamos de regalo pijamas idénticas. Abuelita sacaba de su roperito jabones Maja, y platicaba con Doña Paulina de cosas que recuerdo haber entendido más que las conversaciones de la Mesa de los Grandes. Mi hermana y los primos adolescentes se aburrían. Pero de vez en cuando jugaban con nosotros, y entonces nos sentíamos muy importantes. Los hijos crecen, Los matrimonios se separan. Los abuelos mueren. Y la casa se fue quedando sola. Primero fue la abuela, después el abuelo, luego la tía mayor, mamá de mi cómplice de juegos. Y ahora mi tía. Todos han apagado las luces en esa casa, como si sus ruinas fueran reclamando el final de la fiesta. Mi tía era el aliento, el perfume más fuerte de aquellas paredes. Junto con ella, la casa iba ensombreciéndose. Cada vez que fui a visitarla fue como mirarme en un doloroso espejo: aquel cuerpo que heredé iba gastándose, empequeñeciéndose. Recordé a la muñeca hace unos cuantos meses, y le pedí que se la enseñara a mis sobrinos. Y lo hizo. Pude verla haciendo aquella magia otra vez, y es una imagen que atesoro. Tengo una foto, pero no quiero enseñárselas.

Nunca había pensado que el parecido físico pudiera llegar a ser reconfortante. Porque en mí viven aún los pechos, las piernas, el perfil de mi tía. Y de eso me abrazo.

II.

Las Cursis fuimos invitadas a una expo artístico-fiestera que sucederá dentro de poco. Andamos contentas escogiendo los elementos de un jardín portátil y una botica de remedios brujescos. Cuando visitamos el escenario, nos llevamos una buena sorpresa: el lugar es una casona que hace unos diez años funcionaba como bar -Fixión-, algo así como la sucursal tangible y nocturna de la radiodifusora que prácticamente regía nuestro ocio en aquella época, Radioactivo 98.5. En aquellos años Ale, Claudia y yo éramos los Tres Cochinitos. Nos íbamos manejando hasta Acapulco para dormir doce horas, desayunar waffles del Vips y comer hamburguesas (aunque yo me arrepentía y pedía pollo con lechuga, como una maldita traidora). No bebíamos ni una gota de alcohol y hacíamos buenas migas con los Dover.

Ahora la casona es una ruina. “Nuestros veinte años son ahora una ruina”, dijo Claudia. Nos detuvimos en cada habitación, y en silencio compartido recordamos cómo habitamos ese espacio. En aquella esquina, cuando Claudia cumplió 21, en esta sala, tal concierto… había un techo, que ahora ha sido reemplazado por el cielo de la foto. Definitivamente hemos dejado de ser aquellas mensas, pero en esencia seguimos siendo aquellas tres cómplices que crecen para el mismo lado, como las ramas del mismo un árbol perfumado. Es una maravilla tener la certeza de su amistad, sobreviviente de holocaustos, queridos cochinitos…

III.

Por un lado, la UIC sufre una reestructuración que ha sido más bien una darwiniana selección natural. Por otro, la Escuela de Escritores de la SOGEM, esa ya de por sí casa en ruinas, con cochera y caballos fantasma incluidos, sufre las vejaciones del eficientismo y la mala fe en el porvenir literario. Lamento tantísimo la salida de Teodoro Villegas, pregúntome cómo diablos podría rescatarse aquella maravillosa cátedra de Literatura Infantil y Juvenil, un verdadero estuche de belleza y esperanza, y me invade una nostalgia terrible por aquellos jueves de taller, las voladas de clase en el sillón verde, entre muchos otros momentos y personas que tal cual me llevaron de la mano a otra vida: la mía. Esa ruina me arde, y me da rabia. Las construcciones físicas y espirituales que me formaron están colapsándose.

Quiere decir, quizá, que es hora de quitarle el techo a mi vida, como sucede con la casona de aquel bar. Quiere decir, entonces, que ya aprendí de “los maestros” todo lo que tenía que aprender, y que debo abrir las ventanas y dejar que el aire fresco llegue a barrer el polvillo fino de la comodidad y la nostalgia. Mi aire, mi aliento. Mi voz.

No tendré miedo.

Cierro la puerta de la casa y escucho el eco del vacío. Miraré, pues, al frente, atesorando sólo una piedra de los cimientos en mi puño.

Bloomsday

June 18, 2009

(¿Qué es esto?)

Dieciséis de junio de 2009.

9 a.m.

Hace muchísimo calor y yo me tapé con las sábanas hasta la barbilla porque el ventilador permaneció prendido toda la noche. Mis brazos están fríos, mi cara está fría. Es tarde y ya estuvo bueno de dormir, pero los ojos se me cierran, una y otra vez, como si estuviera muy cansada, exhausta. Estoy exhausta. ¿Siempre lo estoy? Casi sí. Me cansa ser buena, cuidar mis palabras, cuidar incluso lo que pienso. “No deberías pensar eso”, me digo constantemente. Me lo digo cuando pienso mal de las personas, cuando me parece que alguien actúa estúpidamente o es lento o torpe. Y pienso “No deberías pensar eso de nadie, ¿quién te crees?”. Yo también suelo ser muy torpe. Derramo invariablemente los líquidos sirviendo las bebidas, olvido que iba por determinada cosa a algún lugar y me siento sobre la cama con la mirada perdida pensando “¿A qué venía…?”

Pero los peores pensamientos son aquellos que me vienen en la carretera, en el auto. Imagino el estruendo del choque, los huesos rompiéndose, el olor de las llantas derretidas sobre el pavimento. Me imagino a mí, pero principalmente a mi familia, y el dolor imaginado de no verlos más me cruza todo el cuerpo. Cada coche que nos rebasa produce una muerte distinta. “No deberías pensar esas cosas”, y relajo las uñas que ya se encajaban sobre el asiento o sobre el volante. Desde su jaula el gato me mira y le miro también. Sabe. Y frota su cara contra la reja, alcanzando mi mano. “No deberías pensar esas cosas” dice con su voz de oro. Y dejo de pensarlas.

10 a.m.

El desayuno consiste en dos panes tostados, uno para el huevo tibio, otro para la nata y la miel. Al café no le pongo azúcar. El amor es todo menos azúcar. Anhelo la paz de los que aman pero aún no aprendo que el amor es inquietud, es la incomodidad suprema. Es un espejo negro, un golpe de estado. Un estar habitada. Es ser el fantasma de una casa en la que de pronto alguien ha abierto las cortinas. Soy un fantasma y tengo que hacerme de un cuerpo. Soy un fantasma y tengo que hacerme de un cuerpo para sentir cómo el sol transita por la casa, toca el suelo, ilumina y suspende las motas de polvo, que esculpe con la luz el perfil de los objetos (las teteras tienen una nariz puntiaguda, y la boca ¿sonriente o herida?) como un mago que convierte todo en alegría y ligereza. “Quiero al sol, y quiero un cuerpo para sentirlo”, digo al gato. El gato cuelga de las cortinas, buscando atrapar una de las motas más grandes de polvo, palomilla luminosa, luciérnaga diurna. No me mira, sigue en la batalla. Sus ojos verticales no me atienden. Hasta que me levanto, en silencio. “No hay sol que no salga, o que no se ponga. Ya verás”, me dice. Y me falta el aliento. Porque soy un fantasma y anhelo el sol o se ha manchado mi sábana con la palabra “Amor” o porque enfermo. El afuera y el adentro son siempre muy distintos.

1 p.m

No hay forma de ver que las letras se paren derechas. Están todas chuecas. Así no se puede trabajar. Me pongo los lentes pero nada cambia. Las letras están chuecas. Tendría que torcerlas o torturarlas para que queden como deben quedar. Quizá me falta valor. Pierdo el valor recordando las fotos que probablemente perdí. Una punzada en el costado, ¿dónde habrán quedado? “No pienses en eso. No pienses en cada imagen que perdiste. La memoria no está en las fotografías”. Yo tampoco estoy en las fotografías. Estoy contenida en un montón de letras chuecas que no hallan la postura adecuada. “¿Así?” “No.” Así tampoco. “Tal vez, si nos dejas descansar…” y bueno. Dejemos que duerman, tan frágiles, tan flaquitas, tan despeinadas. Las miro dormir. Las quiero. Las abrazo. “¿Me querrán a mí también?” El gato se despierta. “Habla más bajo. Así nunca dejarás de ser un fantasma”. “Pensé que los fantasmas no hacían ruido”, replico con el ceño fruncido. “Oh, mucho. Gimen y llevan cadenas”. Y vuelve a dormirse.

3 p.m.

Yo soy otra clase de espectro. No gimo, no llevo cadenas. Me escondo. Soy de los que ríe, de los que avientan almohadas y dejan manchas de sangre con catsup, de los que ponen música en los salones vacíos. De los que suspiran, su pelo confundiéndose con el vaivén de las cortinas.

5.p.m.

Las telas son un goce. El tacto de las fibras. Lo sedoso, lo tibio, lo mullido. Lo transparente y resbaladizo. Hay trajes para maestras y para sirenas, para dormir y para estafar. Mi mamá alza unos pantalones blancos de lino, grandes y sueltos, con resorte en la cintura.”Mira, como para ella”. “¿Cómo para… quién?” Pero ella está muerta. Ambas lo sabemos. Y nos echamos a llorar alegremente. Porque no es una tragedia querer comprar ropa para los fantasmas.

6 p.m.

La lechuga no está buena. El jitomate tampoco. El pollo frito es una mentira. El queso no sabe a nada. Pero el teléfono suena, y trae alegrías.

6:30 p.m.

Sin embargo, me extravío en el supermercado.

7 p.m.

El supermercado es el laberinto moderno. ¿Quién es el Minotauro? ¿Quién es Ariadna? ¿Qué cosa, el ovillo?

“Disculpe, señorita, ¿ha visto mi ovillo?” “Se equivoca, damita. Hoy usted es Penélope” “Ash. ¿Por qué?” “Por el asunto del Blumsdei, éste”.

“¿No puedo ser Ulises?”

9 p.m.

Yo quiero ser Ulises. Aún me falta Troya, y Calipso, y Circe, y taparme los oídos con cera, y escuchar de lejos a las sirenas. Y volver a Ítaca, y que Argos, mi perro, me reconozca.

“Tú no tienes perro. Un gato te tiene”, replica el gato. “También tengo un perro”, le contesto. “Y el perro me tiene”.

El gato se va, muy indignado.

10 p.m.

Abajo del agua todo es verde. Miro si hay ondinas en la alberca, pero me entra el cloro a los ojos. Siento al agua, siento la temperatura del aire, los truenos me revientan los oídos. ¿Por qué no puedo sentir las cosas diurnas?

12 a.m

La pantalla a la que me he enchufado con una especie de cordón umbilical blanco y caliente me da más letras chuecas. Me da un sol nocturno, un simulacro de la luz y el calor. Y yo aprendo a palparlo, a cuidar su fulgor, a guardar los rayos ensayados en una cajita y a atesorarlos. Los firmamentos pueden fabricarse con palabras. Tengo un collar de palabras. Es un regalo. Lo cuelgo y en mi pecho llevo letras como cuentas luminosas.

“Pero falta mucho para que dejes de ser un fantasma”, me dice el gato, mirándome compasivamente.

12.47 a.m.

Leo y me palpo el rostro. Sí, ahí sigo.

1 a. m.

Entonces maúlla y sé que debo llenar los dos cajetes con agua y con croquetas.

2 a.m.

Llevo el pelo recogido y la liga se desliza hasta caer. La cortina negra cede al peso y me roza los hombros, la espalda. Se derrama sobre la almohada. Como una noche, cómo me gustaría que alguien viviera la noche dentro de este pelo. Seres diminutos, como de cristal, una doncella, un unicornio, quizá un viejo y una bruja, y un campo lleno de cerezos.

“No deberías pensar esas cosas”, me digo. “¿Por qué no?” pregunta el gato. “Porque no existen”, estuvo a punto de contestar El Señor Malo. “Tienes razón, ¿por qué no?”, digo.

Y duermo.

Un milagro (o apología de la autodestrucción)

June 13, 2009

Salí a caminar a mi falso bosque, después de varios días asmáticos y un tanto tristes. El calor comienza a mostrarse veraniego. Los patos se bañan, hay un señor que vende papitas, hay parejas empujando carreolas. Yo traigo una fijación con las voces viejas y oigo a Agustín Lara, La Lupe y Toña la Negra. Hasta a Gardel, rescatado de un disco que hace mucho me regaló mi tía. Al poquísimo rato comienza a soplar un viento atroz, pero me niego a regresar. Comienza la llovizna, y el viento incluso aúlla. El cielo sigue clarísimo, sin embargo. Hay un sol suave y el aire huele a vainilla. Pero los árboles comienzan a desgajarse, y como agujas, imitando a la lluvia, caen filosos y precisos. Me arañan la cara, me rasguñan los brazos, y asumo que no me queda de otra mas que volver a casa. En las calles ni sopla el viento ni llueve. Cruzo por el parque y hay otro aroma inexplicable, dulcísimo. A pura miel. Descubro demasiado tarde que he pisado los dolorosos restos de un panal de abejas que alguien tiró, o que el viento se encargó de destronar, no sé. A mí no me entra miedo y vuelvo a aspirar el azucarado sabor del aire, y vuelvo al falso bosque. Me dejó estar un rato, di un par de vueltas hasta que los remolinos de aire se dieron cuenta y volvieron a enredarme el pelo. Las carreolas se fueron alejando, las bolsas de papitas con salsa se cubrieron con plásticos azules, y los patos se enfilaron hacia la mínima techumbre del puente. El agua comenzó a caer levísima y puntual, apenas como amables aguijones de abejas -como pequeña y juguetona venganza-, y el sol era dorado y caliente y dulce como el panal en el suelo, como si aquello que pisé fuera el astro multiplicado y encerrado en celdas pequeñitas, y como si ahora hubiera vuelto allá arriba, un zumbido quieto e inmenso. El sol, el sol, ese misterio luminoso, ese poder de regocijo me asustó y me lancé a correr, corrí del falso bosque a casa, corrí sin detenerme varios árboles, casas y zebras. Llegué a mi puerta y la toqué como un amuleto. Entonces el agua tornóse más, mucho más espesa, cientos de mariposas blancas chocaron contra el suelo deshaciéndose en agua tibia. Entonces comenzó a caer mi primera tormenta del verano, y me bauticé en ella.

El milagro es que ha pasado un buen rato, y aún no uso el inhalador.