Ruinas ad infinitum

¿Hay una foto más representativa de ese momento flourescente y artificial de nuestra historia moderna? Quizá sí, pero esta me sirve para la siguiente enumeración ruinosa.
Quizá fue E.T. la primera película que vi en el cine: la oscuridad, el olor a mantequilla y alfombra, las voces venidas de una cortina luminosa. Mis padres leyéndome los subtítulos en susurros. Tenía un E.T. de plástico comprado en un semáforo, yo lo adoraba aunque era rígido, frío y con rebabas, lo envolvía en una toalla y lo llevaba de paseo en la canasta de mi triciclo. Pero la magia del muñeco no surtía efecto: no nos elevábamos hasta la luna. Así que en su lugar envolvía a Chicho Ulrich Rockervai, el gato (era obvio: los gatos son animales mágicos, las mascotas de las brujas) y mis pedaleos frenéticos en la sala de casa nos llevaban, según yo, hasta la Segunda Estrella a la Derecha. Podía sentir la brisa de los cometas en mi cara gracias a E.T.
Por aquella época mi hermana usaba brackets, y en la regadera reposaba, con la etiqueta húmeda y desvaída, el shampoo de Farrah Fawcett. Mi madre olía al líquido nacarado de esa botella. Salía de entre una nube de vapor y sacaba el maquillaje, que guardaba en una lata de galletas cuyos relieves me daban un poco de miedo. A veces yo le robaba los labiales para recrear la escena en la que Drew Barrymore convierte a E.T. en una drag queen…
En casa había muchas formas de entretenerse: podíamos poner el proyector de Super 8 y ver 8 minutos de la Pantera Rosa, El libro de la selva o de Travesuras de una bruja. Conforme fui aprendiendo a leer me chutaba el Memín Pinguín, Rarotonga o los Lágrimas y Risas que comprábamos en puestos de revistas que a mí me resultaban inmensos. Y estaba, claro, la tele.
Y en la tele, Michael Jackson.
Nunca olvidaré aquel domingo en el que Raúl Velasco (argh) advirtió durante horas que se estrenaría el novísimo video de Michael Jackson, Thriller. Una chica y un chico pasean a la luz de la luna, y de pronto, él tiene las pupilas color pus y voz de demonio, se convierte en un hombre lobo con lujo de dolor y detalle: las uñas le crecen, los bigotes le salen por los poros de la mejilla, las fauces se abren para darle el último mordisco al suéter rosa de su novia. Me asusté muchísimo, aunque miré la pantalla a través de mis dedos rechonchos, que me cubrían sin éxito los ojos. La voz de Vincent Price, el baile de los zombies, el sueño dentro del sueño me pusieron a girar dentro de una espiral de incertidumbre que me encantó. Mi hermana y mis padres se reían de mis gestos, de mi presunto miedo, y de no sé qué otras cosas sobre la casa o la familia o los domingos que seguramente habrán sido dulces. Ay, recuerdo que cabía escondida detrás del sillón pequeño.
Ahora Michael Jackson cabe en un cajón forrado con terciopelo azul, ningún extraterrestre volverá a ser una marioneta, mi infancia queda guardada en el gusto perdido de los Fresi-Krispis y el olor del Quick de plátano. Y esta foto quimérica es ahora un afiche burlón en la pared de un personaje como habemos muchos que no existía en aquel entonces, igual que esta vida confesada en el resplandor de una pantalla, añoranzas lanzadas a un lugar cada vez más inasible: el mundo.
Larga vida a aquellos que quisimos ser cuando éramos niños, antes de convertirnos en la versión retorcida de nosotros mismos.
