Arqueología propia: Ruinas (solsticio de verano)

I.
Murió mi tía, después de una largo y triste tránsito por el cáncer. Era mi madrina, y eso en realidad significa nada, o vaya, ahora significa muy poco. Con ella se fueron de forma definitiva muchas cosas. Ella nunca se casó y siempre fue para mí un enigma de dulzura y quietud. Era la más suave de todas las tías, sabía inglés, viajaba a Europa, o a Brasil o a Turquía acompañando a su hermana, la tía “dura” e independiente, a la que dicen que me parezco. Cuando éramos niños pasábamos las navidades en aquella casa, la casa de los abuelos, una de esas imponentes casonas de los años cuarenta de herrería blanca y plafones escondidos, una gran escalera en medio de la casa que yo bajaba a sentones con deliciosa mezcla de vértigo y dolor. Mi tía sacaba de un mueble cuyas puertas corredizas sonaban “rico” (como tronando a la vez que se deslizaban) un montón de figuras geométricas de madera pintadas de colores con las que hacíamos de todo: puentes, coches, casas. Las niñas subíamos con recelo aquellos escalones oscurísimos para meternos al cuarto de las tías, con la esperanza de que nos mostrara una muñeca rarísima que hacía gestos cuando se le movía el brazo. Siempre gentil, bajaba a la mona y nos enseñaba cómo podía ir de la risa al puchero, de éste al enojo y luego otra vez a la sonrisa. Aquella casa se llenaba de nuestras risas, del humo de los cigarros que aún fumaban todos, del olor a caldo de camarón y pavo con puré de manzana. Casi nunca nos peleábamos. Estaba la Mesa de los Grandes (incomprensible para mí), y la de los niños. Mi abuelito, fuerte, enorme y moreno como un árbol, me sostenía la mano al encender las luces de bengala, y todos reían con voces escandalosas. Mis primas y yo nos llevábamos de regalo pijamas idénticas. Abuelita sacaba de su roperito jabones Maja, y platicaba con Doña Paulina de cosas que recuerdo haber entendido más que las conversaciones de la Mesa de los Grandes. Mi hermana y los primos adolescentes se aburrían. Pero de vez en cuando jugaban con nosotros, y entonces nos sentíamos muy importantes. Los hijos crecen, Los matrimonios se separan. Los abuelos mueren. Y la casa se fue quedando sola. Primero fue la abuela, después el abuelo, luego la tía mayor, mamá de mi cómplice de juegos. Y ahora mi tía. Todos han apagado las luces en esa casa, como si sus ruinas fueran reclamando el final de la fiesta. Mi tía era el aliento, el perfume más fuerte de aquellas paredes. Junto con ella, la casa iba ensombreciéndose. Cada vez que fui a visitarla fue como mirarme en un doloroso espejo: aquel cuerpo que heredé iba gastándose, empequeñeciéndose. Recordé a la muñeca hace unos cuantos meses, y le pedí que se la enseñara a mis sobrinos. Y lo hizo. Pude verla haciendo aquella magia otra vez, y es una imagen que atesoro. Tengo una foto, pero no quiero enseñárselas.
Nunca había pensado que el parecido físico pudiera llegar a ser reconfortante. Porque en mí viven aún los pechos, las piernas, el perfil de mi tía. Y de eso me abrazo.
II.
Las Cursis fuimos invitadas a una expo artístico-fiestera que sucederá dentro de poco. Andamos contentas escogiendo los elementos de un jardín portátil y una botica de remedios brujescos. Cuando visitamos el escenario, nos llevamos una buena sorpresa: el lugar es una casona que hace unos diez años funcionaba como bar -Fixión-, algo así como la sucursal tangible y nocturna de la radiodifusora que prácticamente regía nuestro ocio en aquella época, Radioactivo 98.5. En aquellos años Ale, Claudia y yo éramos los Tres Cochinitos. Nos íbamos manejando hasta Acapulco para dormir doce horas, desayunar waffles del Vips y comer hamburguesas (aunque yo me arrepentía y pedía pollo con lechuga, como una maldita traidora). No bebíamos ni una gota de alcohol y hacíamos buenas migas con los Dover.
Ahora la casona es una ruina. “Nuestros veinte años son ahora una ruina”, dijo Claudia. Nos detuvimos en cada habitación, y en silencio compartido recordamos cómo habitamos ese espacio. En aquella esquina, cuando Claudia cumplió 21, en esta sala, tal concierto… había un techo, que ahora ha sido reemplazado por el cielo de la foto. Definitivamente hemos dejado de ser aquellas mensas, pero en esencia seguimos siendo aquellas tres cómplices que crecen para el mismo lado, como las ramas del mismo un árbol perfumado. Es una maravilla tener la certeza de su amistad, sobreviviente de holocaustos, queridos cochinitos…
III.
Por un lado, la UIC sufre una reestructuración que ha sido más bien una darwiniana selección natural. Por otro, la Escuela de Escritores de la SOGEM, esa ya de por sí casa en ruinas, con cochera y caballos fantasma incluidos, sufre las vejaciones del eficientismo y la mala fe en el porvenir literario. Lamento tantísimo la salida de Teodoro Villegas, pregúntome cómo diablos podría rescatarse aquella maravillosa cátedra de Literatura Infantil y Juvenil, un verdadero estuche de belleza y esperanza, y me invade una nostalgia terrible por aquellos jueves de taller, las voladas de clase en el sillón verde, entre muchos otros momentos y personas que tal cual me llevaron de la mano a otra vida: la mía. Esa ruina me arde, y me da rabia. Las construcciones físicas y espirituales que me formaron están colapsándose.
Quiere decir, quizá, que es hora de quitarle el techo a mi vida, como sucede con la casona de aquel bar. Quiere decir, entonces, que ya aprendí de “los maestros” todo lo que tenía que aprender, y que debo abrir las ventanas y dejar que el aire fresco llegue a barrer el polvillo fino de la comodidad y la nostalgia. Mi aire, mi aliento. Mi voz.
No tendré miedo.
Cierro la puerta de la casa y escucho el eco del vacío. Miraré, pues, al frente, atesorando sólo una piedra de los cimientos en mi puño.

Cuando el astronauta de Solaris abre la mano a mitad de su viaje, descubre que llevaba en el puño las llaves de su casa.
Comment by ól — June 22, 2009 @ 2:59 pm
En esa piedra en tu mano ya no encontrarás a muchos que pasamos por tu vida. O quizá sí, pero viendo desde lejos la nueva casa que construyes, y quizá de alguna manera ayudaremos.
Adiós OBJ.
Comment by El gallito — June 23, 2009 @ 1:43 am
Llevaremos plantitas a esa casa para seguir creciendo todas juntas. Te adoro, como siempre.
Comment by perraco — June 24, 2009 @ 12:30 am
Dijimos ya: nada es para siempre. Y gracias al cielo. Para algo nos dedicamos a vivir más de una vez ¿no? Y citando a Mrs. Lovett: half the fun is to plan the plan. La construcción de la casa es parte importante de vivir en ella.
Comment by Ana — June 24, 2009 @ 12:59 am
Las ruinas de una construcción, son el augurio de un nuevo cimiento, nuevas paredes, nuevos techos, nuevas ventanas, nuevos sueños, un próximo futuro. Los años pasan y con ellos se acumulan experiencias que a la larga representan trazos de un camino por recorrer. Sientete lista para conocerlos… Te quiero!
Comment by Amelie — June 25, 2009 @ 4:33 pm
Comencé leyéndote sólo con el signo de la curiosidad pero pasé un poco (revine un tanto), a la introspección….
Comment by esteban — July 7, 2009 @ 5:57 pm