Un milagro (o apología de la autodestrucción)

Salí a caminar a mi falso bosque, después de varios días asmáticos y un tanto tristes. El calor comienza a mostrarse veraniego. Los patos se bañan, hay un señor que vende papitas, hay parejas empujando carreolas. Yo traigo una fijación con las voces viejas y oigo a Agustín Lara, La Lupe y Toña la Negra. Hasta a Gardel, rescatado de un disco que hace mucho me regaló mi tía. Al poquísimo rato comienza a soplar un viento atroz, pero me niego a regresar. Comienza la llovizna, y el viento incluso aúlla. El cielo sigue clarísimo, sin embargo. Hay un sol suave y el aire huele a vainilla. Pero los árboles comienzan a desgajarse, y como agujas, imitando a la lluvia, caen filosos y precisos. Me arañan la cara, me rasguñan los brazos, y asumo que no me queda de otra mas que volver a casa. En las calles ni sopla el viento ni llueve. Cruzo por el parque y hay otro aroma inexplicable, dulcísimo. A pura miel. Descubro demasiado tarde que he pisado los dolorosos restos de un panal de abejas que alguien tiró, o que el viento se encargó de destronar, no sé. A mí no me entra miedo y vuelvo a aspirar el azucarado sabor del aire, y vuelvo al falso bosque. Me dejó estar un rato, di un par de vueltas hasta que los remolinos de aire se dieron cuenta y volvieron a enredarme el pelo. Las carreolas se fueron alejando, las bolsas de papitas con salsa se cubrieron con plásticos azules, y los patos se enfilaron hacia la mínima techumbre del puente. El agua comenzó a caer levísima y puntual, apenas como amables aguijones de abejas -como pequeña y juguetona venganza-, y el sol era dorado y caliente y dulce como el panal en el suelo, como si aquello que pisé fuera el astro multiplicado y encerrado en celdas pequeñitas, y como si ahora hubiera vuelto allá arriba, un zumbido quieto e inmenso. El sol, el sol, ese misterio luminoso, ese poder de regocijo me asustó y me lancé a correr, corrí del falso bosque a casa, corrí sin detenerme varios árboles, casas y zebras. Llegué a mi puerta y la toqué como un amuleto. Entonces el agua tornóse más, mucho más espesa, cientos de mariposas blancas chocaron contra el suelo deshaciéndose en agua tibia. Entonces comenzó a caer mi primera tormenta del verano, y me bauticé en ella.
El milagro es que ha pasado un buen rato, y aún no uso el inhalador.
