
(¿Qué es esto?)
Dieciséis de junio de 2009.
9 a.m.
Hace muchísimo calor y yo me tapé con las sábanas hasta la barbilla porque el ventilador permaneció prendido toda la noche. Mis brazos están fríos, mi cara está fría. Es tarde y ya estuvo bueno de dormir, pero los ojos se me cierran, una y otra vez, como si estuviera muy cansada, exhausta. Estoy exhausta. ¿Siempre lo estoy? Casi sí. Me cansa ser buena, cuidar mis palabras, cuidar incluso lo que pienso. “No deberías pensar eso”, me digo constantemente. Me lo digo cuando pienso mal de las personas, cuando me parece que alguien actúa estúpidamente o es lento o torpe. Y pienso “No deberías pensar eso de nadie, ¿quién te crees?”. Yo también suelo ser muy torpe. Derramo invariablemente los líquidos sirviendo las bebidas, olvido que iba por determinada cosa a algún lugar y me siento sobre la cama con la mirada perdida pensando “¿A qué venía…?”
Pero los peores pensamientos son aquellos que me vienen en la carretera, en el auto. Imagino el estruendo del choque, los huesos rompiéndose, el olor de las llantas derretidas sobre el pavimento. Me imagino a mí, pero principalmente a mi familia, y el dolor imaginado de no verlos más me cruza todo el cuerpo. Cada coche que nos rebasa produce una muerte distinta. “No deberías pensar esas cosas”, y relajo las uñas que ya se encajaban sobre el asiento o sobre el volante. Desde su jaula el gato me mira y le miro también. Sabe. Y frota su cara contra la reja, alcanzando mi mano. “No deberías pensar esas cosas” dice con su voz de oro. Y dejo de pensarlas.
10 a.m.
El desayuno consiste en dos panes tostados, uno para el huevo tibio, otro para la nata y la miel. Al café no le pongo azúcar. El amor es todo menos azúcar. Anhelo la paz de los que aman pero aún no aprendo que el amor es inquietud, es la incomodidad suprema. Es un espejo negro, un golpe de estado. Un estar habitada. Es ser el fantasma de una casa en la que de pronto alguien ha abierto las cortinas. Soy un fantasma y tengo que hacerme de un cuerpo. Soy un fantasma y tengo que hacerme de un cuerpo para sentir cómo el sol transita por la casa, toca el suelo, ilumina y suspende las motas de polvo, que esculpe con la luz el perfil de los objetos (las teteras tienen una nariz puntiaguda, y la boca ¿sonriente o herida?) como un mago que convierte todo en alegría y ligereza. “Quiero al sol, y quiero un cuerpo para sentirlo”, digo al gato. El gato cuelga de las cortinas, buscando atrapar una de las motas más grandes de polvo, palomilla luminosa, luciérnaga diurna. No me mira, sigue en la batalla. Sus ojos verticales no me atienden. Hasta que me levanto, en silencio. “No hay sol que no salga, o que no se ponga. Ya verás”, me dice. Y me falta el aliento. Porque soy un fantasma y anhelo el sol o se ha manchado mi sábana con la palabra “Amor” o porque enfermo. El afuera y el adentro son siempre muy distintos.
1 p.m
No hay forma de ver que las letras se paren derechas. Están todas chuecas. Así no se puede trabajar. Me pongo los lentes pero nada cambia. Las letras están chuecas. Tendría que torcerlas o torturarlas para que queden como deben quedar. Quizá me falta valor. Pierdo el valor recordando las fotos que probablemente perdí. Una punzada en el costado, ¿dónde habrán quedado? “No pienses en eso. No pienses en cada imagen que perdiste. La memoria no está en las fotografías”. Yo tampoco estoy en las fotografías. Estoy contenida en un montón de letras chuecas que no hallan la postura adecuada. “¿Así?” “No.” Así tampoco. “Tal vez, si nos dejas descansar…” y bueno. Dejemos que duerman, tan frágiles, tan flaquitas, tan despeinadas. Las miro dormir. Las quiero. Las abrazo. “¿Me querrán a mí también?” El gato se despierta. “Habla más bajo. Así nunca dejarás de ser un fantasma”. “Pensé que los fantasmas no hacían ruido”, replico con el ceño fruncido. “Oh, mucho. Gimen y llevan cadenas”. Y vuelve a dormirse.
3 p.m.
Yo soy otra clase de espectro. No gimo, no llevo cadenas. Me escondo. Soy de los que ríe, de los que avientan almohadas y dejan manchas de sangre con catsup, de los que ponen música en los salones vacíos. De los que suspiran, su pelo confundiéndose con el vaivén de las cortinas.
5.p.m.
Las telas son un goce. El tacto de las fibras. Lo sedoso, lo tibio, lo mullido. Lo transparente y resbaladizo. Hay trajes para maestras y para sirenas, para dormir y para estafar. Mi mamá alza unos pantalones blancos de lino, grandes y sueltos, con resorte en la cintura.”Mira, como para ella”. “¿Cómo para… quién?” Pero ella está muerta. Ambas lo sabemos. Y nos echamos a llorar alegremente. Porque no es una tragedia querer comprar ropa para los fantasmas.
6 p.m.
La lechuga no está buena. El jitomate tampoco. El pollo frito es una mentira. El queso no sabe a nada. Pero el teléfono suena, y trae alegrías.
6:30 p.m.
Sin embargo, me extravío en el supermercado.
7 p.m.
El supermercado es el laberinto moderno. ¿Quién es el Minotauro? ¿Quién es Ariadna? ¿Qué cosa, el ovillo?
“Disculpe, señorita, ¿ha visto mi ovillo?” “Se equivoca, damita. Hoy usted es Penélope” “Ash. ¿Por qué?” “Por el asunto del Blumsdei, éste”.
“¿No puedo ser Ulises?”
9 p.m.
Yo quiero ser Ulises. Aún me falta Troya, y Calipso, y Circe, y taparme los oídos con cera, y escuchar de lejos a las sirenas. Y volver a Ítaca, y que Argos, mi perro, me reconozca.
“Tú no tienes perro. Un gato te tiene”, replica el gato. “También tengo un perro”, le contesto. “Y el perro me tiene”.
El gato se va, muy indignado.
10 p.m.
Abajo del agua todo es verde. Miro si hay ondinas en la alberca, pero me entra el cloro a los ojos. Siento al agua, siento la temperatura del aire, los truenos me revientan los oídos. ¿Por qué no puedo sentir las cosas diurnas?
12 a.m
La pantalla a la que me he enchufado con una especie de cordón umbilical blanco y caliente me da más letras chuecas. Me da un sol nocturno, un simulacro de la luz y el calor. Y yo aprendo a palparlo, a cuidar su fulgor, a guardar los rayos ensayados en una cajita y a atesorarlos. Los firmamentos pueden fabricarse con palabras. Tengo un collar de palabras. Es un regalo. Lo cuelgo y en mi pecho llevo letras como cuentas luminosas.
“Pero falta mucho para que dejes de ser un fantasma”, me dice el gato, mirándome compasivamente.
12.47 a.m.
Leo y me palpo el rostro. Sí, ahí sigo.
1 a. m.
Entonces maúlla y sé que debo llenar los dos cajetes con agua y con croquetas.
2 a.m.
Llevo el pelo recogido y la liga se desliza hasta caer. La cortina negra cede al peso y me roza los hombros, la espalda. Se derrama sobre la almohada. Como una noche, cómo me gustaría que alguien viviera la noche dentro de este pelo. Seres diminutos, como de cristal, una doncella, un unicornio, quizá un viejo y una bruja, y un campo lleno de cerezos.
“No deberías pensar esas cosas”, me digo. “¿Por qué no?” pregunta el gato. “Porque no existen”, estuvo a punto de contestar El Señor Malo. “Tienes razón, ¿por qué no?”, digo.
Y duermo.