Solsticio de verano (futurología)

June 22, 2009

Las lluvias, las tormentas han comenzado.
Estos días son de puertas abiertas, de pasadizos entre un mundo y otro.
Miro en la esquina más oscura del espejo, como la bruja que soy.
Pero nada se revela.
Pasó la primavera, dejó algunos daños. También regalos inesperados.
Me pasa algo curioso: mi cuerpo, como resonancia de tiempos arcanos, sintoniza el paso de estación.
Me exige cambios.
La pequeña lanza ardiente del verano me ha pinchado el costado.
Mi tono se agrava, se endurece. Desconfía. Hay razones para ello. Y no.
Pero algo ha cambiado, como un reloj perfecto que se sincroniza con el eje inclinado de la tierra.
Me bañaré en la tormenta pero también me resguardaré de las centellas.
Trabajo, el cuerpo me exige trabajo.
Por eso no puedo dormir ahora, tengo que hacer, hacer, hacer.
Habrá que asegurarse de que los regalos no sean dulces venenos.
Y habrá que seguir protegiendo las cosas buenas, y verdaderas.

Arqueología propia: Ruinas (solsticio de verano)

I.

Murió mi tía, después de una largo y triste tránsito por el cáncer. Era mi madrina, y eso en realidad significa nada, o vaya, ahora significa muy poco. Con ella se fueron de forma definitiva muchas cosas. Ella nunca se casó y siempre fue para mí un enigma de dulzura y quietud. Era la más suave de todas las tías, sabía inglés, viajaba a Europa, o a Brasil o a Turquía acompañando a su hermana, la tía “dura” e independiente, a la que dicen que me parezco. Cuando éramos niños pasábamos las navidades en aquella casa, la casa de los abuelos, una de esas imponentes casonas de los años cuarenta de herrería blanca y plafones escondidos, una gran escalera en medio de la casa que yo bajaba a sentones con deliciosa mezcla de vértigo y dolor. Mi tía sacaba de un mueble cuyas puertas corredizas sonaban “rico” (como tronando a la vez que se deslizaban) un montón de figuras geométricas de madera pintadas de colores con las que hacíamos de todo: puentes, coches, casas. Las niñas subíamos con recelo aquellos escalones oscurísimos para meternos al cuarto de las tías, con la esperanza de que nos mostrara una muñeca rarísima que hacía gestos cuando se le movía el brazo. Siempre gentil, bajaba a la mona y nos enseñaba cómo podía ir de la risa al puchero, de éste al enojo y luego otra vez a la sonrisa. Aquella casa se llenaba de nuestras risas, del humo de los cigarros que aún fumaban todos, del olor a caldo de camarón y pavo con puré de manzana. Casi nunca nos peleábamos. Estaba la Mesa de los Grandes (incomprensible para mí), y la de los niños. Mi abuelito, fuerte, enorme y moreno como un árbol, me sostenía la mano al encender las luces de bengala, y todos reían con voces escandalosas. Mis primas y yo nos llevábamos de regalo pijamas idénticas. Abuelita sacaba de su roperito jabones Maja, y platicaba con Doña Paulina de cosas que recuerdo haber entendido más que las conversaciones de la Mesa de los Grandes. Mi hermana y los primos adolescentes se aburrían. Pero de vez en cuando jugaban con nosotros, y entonces nos sentíamos muy importantes. Los hijos crecen, Los matrimonios se separan. Los abuelos mueren. Y la casa se fue quedando sola. Primero fue la abuela, después el abuelo, luego la tía mayor, mamá de mi cómplice de juegos. Y ahora mi tía. Todos han apagado las luces en esa casa, como si sus ruinas fueran reclamando el final de la fiesta. Mi tía era el aliento, el perfume más fuerte de aquellas paredes. Junto con ella, la casa iba ensombreciéndose. Cada vez que fui a visitarla fue como mirarme en un doloroso espejo: aquel cuerpo que heredé iba gastándose, empequeñeciéndose. Recordé a la muñeca hace unos cuantos meses, y le pedí que se la enseñara a mis sobrinos. Y lo hizo. Pude verla haciendo aquella magia otra vez, y es una imagen que atesoro. Tengo una foto, pero no quiero enseñárselas.

Nunca había pensado que el parecido físico pudiera llegar a ser reconfortante. Porque en mí viven aún los pechos, las piernas, el perfil de mi tía. Y de eso me abrazo.

II.

Las Cursis fuimos invitadas a una expo artístico-fiestera que sucederá dentro de poco. Andamos contentas escogiendo los elementos de un jardín portátil y una botica de remedios brujescos. Cuando visitamos el escenario, nos llevamos una buena sorpresa: el lugar es una casona que hace unos diez años funcionaba como bar -Fixión-, algo así como la sucursal tangible y nocturna de la radiodifusora que prácticamente regía nuestro ocio en aquella época, Radioactivo 98.5. En aquellos años Ale, Claudia y yo éramos los Tres Cochinitos. Nos íbamos manejando hasta Acapulco para dormir doce horas, desayunar waffles del Vips y comer hamburguesas (aunque yo me arrepentía y pedía pollo con lechuga, como una maldita traidora). No bebíamos ni una gota de alcohol y hacíamos buenas migas con los Dover.

Ahora la casona es una ruina. “Nuestros veinte años son ahora una ruina”, dijo Claudia. Nos detuvimos en cada habitación, y en silencio compartido recordamos cómo habitamos ese espacio. En aquella esquina, cuando Claudia cumplió 21, en esta sala, tal concierto… había un techo, que ahora ha sido reemplazado por el cielo de la foto. Definitivamente hemos dejado de ser aquellas mensas, pero en esencia seguimos siendo aquellas tres cómplices que crecen para el mismo lado, como las ramas del mismo un árbol perfumado. Es una maravilla tener la certeza de su amistad, sobreviviente de holocaustos, queridos cochinitos…

III.

Por un lado, la UIC sufre una reestructuración que ha sido más bien una darwiniana selección natural. Por otro, la Escuela de Escritores de la SOGEM, esa ya de por sí casa en ruinas, con cochera y caballos fantasma incluidos, sufre las vejaciones del eficientismo y la mala fe en el porvenir literario. Lamento tantísimo la salida de Teodoro Villegas, pregúntome cómo diablos podría rescatarse aquella maravillosa cátedra de Literatura Infantil y Juvenil, un verdadero estuche de belleza y esperanza, y me invade una nostalgia terrible por aquellos jueves de taller, las voladas de clase en el sillón verde, entre muchos otros momentos y personas que tal cual me llevaron de la mano a otra vida: la mía. Esa ruina me arde, y me da rabia. Las construcciones físicas y espirituales que me formaron están colapsándose.

Quiere decir, quizá, que es hora de quitarle el techo a mi vida, como sucede con la casona de aquel bar. Quiere decir, entonces, que ya aprendí de “los maestros” todo lo que tenía que aprender, y que debo abrir las ventanas y dejar que el aire fresco llegue a barrer el polvillo fino de la comodidad y la nostalgia. Mi aire, mi aliento. Mi voz.

No tendré miedo.

Cierro la puerta de la casa y escucho el eco del vacío. Miraré, pues, al frente, atesorando sólo una piedra de los cimientos en mi puño.

Bloomsday

June 18, 2009

(¿Qué es esto?)

Dieciséis de junio de 2009.

9 a.m.

Hace muchísimo calor y yo me tapé con las sábanas hasta la barbilla porque el ventilador permaneció prendido toda la noche. Mis brazos están fríos, mi cara está fría. Es tarde y ya estuvo bueno de dormir, pero los ojos se me cierran, una y otra vez, como si estuviera muy cansada, exhausta. Estoy exhausta. ¿Siempre lo estoy? Casi sí. Me cansa ser buena, cuidar mis palabras, cuidar incluso lo que pienso. “No deberías pensar eso”, me digo constantemente. Me lo digo cuando pienso mal de las personas, cuando me parece que alguien actúa estúpidamente o es lento o torpe. Y pienso “No deberías pensar eso de nadie, ¿quién te crees?”. Yo también suelo ser muy torpe. Derramo invariablemente los líquidos sirviendo las bebidas, olvido que iba por determinada cosa a algún lugar y me siento sobre la cama con la mirada perdida pensando “¿A qué venía…?”

Pero los peores pensamientos son aquellos que me vienen en la carretera, en el auto. Imagino el estruendo del choque, los huesos rompiéndose, el olor de las llantas derretidas sobre el pavimento. Me imagino a mí, pero principalmente a mi familia, y el dolor imaginado de no verlos más me cruza todo el cuerpo. Cada coche que nos rebasa produce una muerte distinta. “No deberías pensar esas cosas”, y relajo las uñas que ya se encajaban sobre el asiento o sobre el volante. Desde su jaula el gato me mira y le miro también. Sabe. Y frota su cara contra la reja, alcanzando mi mano. “No deberías pensar esas cosas” dice con su voz de oro. Y dejo de pensarlas.

10 a.m.

El desayuno consiste en dos panes tostados, uno para el huevo tibio, otro para la nata y la miel. Al café no le pongo azúcar. El amor es todo menos azúcar. Anhelo la paz de los que aman pero aún no aprendo que el amor es inquietud, es la incomodidad suprema. Es un espejo negro, un golpe de estado. Un estar habitada. Es ser el fantasma de una casa en la que de pronto alguien ha abierto las cortinas. Soy un fantasma y tengo que hacerme de un cuerpo. Soy un fantasma y tengo que hacerme de un cuerpo para sentir cómo el sol transita por la casa, toca el suelo, ilumina y suspende las motas de polvo, que esculpe con la luz el perfil de los objetos (las teteras tienen una nariz puntiaguda, y la boca ¿sonriente o herida?) como un mago que convierte todo en alegría y ligereza. “Quiero al sol, y quiero un cuerpo para sentirlo”, digo al gato. El gato cuelga de las cortinas, buscando atrapar una de las motas más grandes de polvo, palomilla luminosa, luciérnaga diurna. No me mira, sigue en la batalla. Sus ojos verticales no me atienden. Hasta que me levanto, en silencio. “No hay sol que no salga, o que no se ponga. Ya verás”, me dice. Y me falta el aliento. Porque soy un fantasma y anhelo el sol o se ha manchado mi sábana con la palabra “Amor” o porque enfermo. El afuera y el adentro son siempre muy distintos.

1 p.m

No hay forma de ver que las letras se paren derechas. Están todas chuecas. Así no se puede trabajar. Me pongo los lentes pero nada cambia. Las letras están chuecas. Tendría que torcerlas o torturarlas para que queden como deben quedar. Quizá me falta valor. Pierdo el valor recordando las fotos que probablemente perdí. Una punzada en el costado, ¿dónde habrán quedado? “No pienses en eso. No pienses en cada imagen que perdiste. La memoria no está en las fotografías”. Yo tampoco estoy en las fotografías. Estoy contenida en un montón de letras chuecas que no hallan la postura adecuada. “¿Así?” “No.” Así tampoco. “Tal vez, si nos dejas descansar…” y bueno. Dejemos que duerman, tan frágiles, tan flaquitas, tan despeinadas. Las miro dormir. Las quiero. Las abrazo. “¿Me querrán a mí también?” El gato se despierta. “Habla más bajo. Así nunca dejarás de ser un fantasma”. “Pensé que los fantasmas no hacían ruido”, replico con el ceño fruncido. “Oh, mucho. Gimen y llevan cadenas”. Y vuelve a dormirse.

3 p.m.

Yo soy otra clase de espectro. No gimo, no llevo cadenas. Me escondo. Soy de los que ríe, de los que avientan almohadas y dejan manchas de sangre con catsup, de los que ponen música en los salones vacíos. De los que suspiran, su pelo confundiéndose con el vaivén de las cortinas.

5.p.m.

Las telas son un goce. El tacto de las fibras. Lo sedoso, lo tibio, lo mullido. Lo transparente y resbaladizo. Hay trajes para maestras y para sirenas, para dormir y para estafar. Mi mamá alza unos pantalones blancos de lino, grandes y sueltos, con resorte en la cintura.”Mira, como para ella”. “¿Cómo para… quién?” Pero ella está muerta. Ambas lo sabemos. Y nos echamos a llorar alegremente. Porque no es una tragedia querer comprar ropa para los fantasmas.

6 p.m.

La lechuga no está buena. El jitomate tampoco. El pollo frito es una mentira. El queso no sabe a nada. Pero el teléfono suena, y trae alegrías.

6:30 p.m.

Sin embargo, me extravío en el supermercado.

7 p.m.

El supermercado es el laberinto moderno. ¿Quién es el Minotauro? ¿Quién es Ariadna? ¿Qué cosa, el ovillo?

“Disculpe, señorita, ¿ha visto mi ovillo?” “Se equivoca, damita. Hoy usted es Penélope” “Ash. ¿Por qué?” “Por el asunto del Blumsdei, éste”.

“¿No puedo ser Ulises?”

9 p.m.

Yo quiero ser Ulises. Aún me falta Troya, y Calipso, y Circe, y taparme los oídos con cera, y escuchar de lejos a las sirenas. Y volver a Ítaca, y que Argos, mi perro, me reconozca.

“Tú no tienes perro. Un gato te tiene”, replica el gato. “También tengo un perro”, le contesto. “Y el perro me tiene”.

El gato se va, muy indignado.

10 p.m.

Abajo del agua todo es verde. Miro si hay ondinas en la alberca, pero me entra el cloro a los ojos. Siento al agua, siento la temperatura del aire, los truenos me revientan los oídos. ¿Por qué no puedo sentir las cosas diurnas?

12 a.m

La pantalla a la que me he enchufado con una especie de cordón umbilical blanco y caliente me da más letras chuecas. Me da un sol nocturno, un simulacro de la luz y el calor. Y yo aprendo a palparlo, a cuidar su fulgor, a guardar los rayos ensayados en una cajita y a atesorarlos. Los firmamentos pueden fabricarse con palabras. Tengo un collar de palabras. Es un regalo. Lo cuelgo y en mi pecho llevo letras como cuentas luminosas.

“Pero falta mucho para que dejes de ser un fantasma”, me dice el gato, mirándome compasivamente.

12.47 a.m.

Leo y me palpo el rostro. Sí, ahí sigo.

1 a. m.

Entonces maúlla y sé que debo llenar los dos cajetes con agua y con croquetas.

2 a.m.

Llevo el pelo recogido y la liga se desliza hasta caer. La cortina negra cede al peso y me roza los hombros, la espalda. Se derrama sobre la almohada. Como una noche, cómo me gustaría que alguien viviera la noche dentro de este pelo. Seres diminutos, como de cristal, una doncella, un unicornio, quizá un viejo y una bruja, y un campo lleno de cerezos.

“No deberías pensar esas cosas”, me digo. “¿Por qué no?” pregunta el gato. “Porque no existen”, estuvo a punto de contestar El Señor Malo. “Tienes razón, ¿por qué no?”, digo.

Y duermo.

Un milagro (o apología de la autodestrucción)

June 13, 2009

Salí a caminar a mi falso bosque, después de varios días asmáticos y un tanto tristes. El calor comienza a mostrarse veraniego. Los patos se bañan, hay un señor que vende papitas, hay parejas empujando carreolas. Yo traigo una fijación con las voces viejas y oigo a Agustín Lara, La Lupe y Toña la Negra. Hasta a Gardel, rescatado de un disco que hace mucho me regaló mi tía. Al poquísimo rato comienza a soplar un viento atroz, pero me niego a regresar. Comienza la llovizna, y el viento incluso aúlla. El cielo sigue clarísimo, sin embargo. Hay un sol suave y el aire huele a vainilla. Pero los árboles comienzan a desgajarse, y como agujas, imitando a la lluvia, caen filosos y precisos. Me arañan la cara, me rasguñan los brazos, y asumo que no me queda de otra mas que volver a casa. En las calles ni sopla el viento ni llueve. Cruzo por el parque y hay otro aroma inexplicable, dulcísimo. A pura miel. Descubro demasiado tarde que he pisado los dolorosos restos de un panal de abejas que alguien tiró, o que el viento se encargó de destronar, no sé. A mí no me entra miedo y vuelvo a aspirar el azucarado sabor del aire, y vuelvo al falso bosque. Me dejó estar un rato, di un par de vueltas hasta que los remolinos de aire se dieron cuenta y volvieron a enredarme el pelo. Las carreolas se fueron alejando, las bolsas de papitas con salsa se cubrieron con plásticos azules, y los patos se enfilaron hacia la mínima techumbre del puente. El agua comenzó a caer levísima y puntual, apenas como amables aguijones de abejas -como pequeña y juguetona venganza-, y el sol era dorado y caliente y dulce como el panal en el suelo, como si aquello que pisé fuera el astro multiplicado y encerrado en celdas pequeñitas, y como si ahora hubiera vuelto allá arriba, un zumbido quieto e inmenso. El sol, el sol, ese misterio luminoso, ese poder de regocijo me asustó y me lancé a correr, corrí del falso bosque a casa, corrí sin detenerme varios árboles, casas y zebras. Llegué a mi puerta y la toqué como un amuleto. Entonces el agua tornóse más, mucho más espesa, cientos de mariposas blancas chocaron contra el suelo deshaciéndose en agua tibia. Entonces comenzó a caer mi primera tormenta del verano, y me bauticé en ella.

El milagro es que ha pasado un buen rato, y aún no uso el inhalador.