Luna farola
Postdata para los optimistas: tenía razón en sospechar, la desgracia vino. Nada grave, pero vino

Me preparo para la próxima luna plena.
Los últimos días, ésos donde hubo una, allá por mi cumpleaños, hice un descubrimiento definitivo. No, dos descubrimientos definitivos.
El primero: la luna estaba grandota, hermosísima. Para verla mejor, como la abuelita de Caperucita, me puse los lentes. Efectivamente todo se veía mejor, excepto la luna. Se veía mucho más pequeña. Más blanca, quizá, pero mucho más pequeña, tanto que podía confundirse con una de las farolas de la calle. Me quité los lentes. La luna volvió a ser la mía, inmensa, llena de sombras y bruma. Nadie -qué maravilla- puede verla con los mismos ojos, nadie nunca, ni aunque tenga el mismo grado de astigmatismo que yo, verá esa luna perseguidora, esa leche en el charco, esa tortilla inflada flotando en el misterio último.
El segundo: Soy capaz de olvidar estas cosas y vivirlas una y otra vez como si fuera la primera. La luna excepcional, los lentes, la mirada, todo ya me había sucedido antes.
¿Qué vejez me espera?
¿Qué habrá de repetirse?
