Felicidad Nerd

January 12, 2009

Debo haber tenido como doce o trece años cuando llegó la Enciclopedia Hispánica a mi casa. Recuerdo las cajas enormes, pesadísimas, las hojas de filo dorado y blancura imposible, el olor de la piel y la tinta de color que dibujaba las fotografías. Aún no existía el librero grande, pues mi hermana todavía no se casaba y a su habitación la llenaba su cama, aquellos cuadros enmarcados en rojo, los botines cafés que tanto me gustaban.

Yo me llevaba dos o tres tomos al sillón de la sala y los leía con tanto morbo como podría haber leído el TVyNovelas. Me enteré de la vida de mujeres y hombres ilustres, de la historia de países que no sabía que existían. Sí, el atlas del mundo y del cuerpo humano me volvieron loca, me obsesionaron. Tenía ganas de marcar lugares y órganos que me fascinaban o angustiaban, pero me resistí.

Mis papás nunca mostraron asombro ni contento al verme rodeada del Tesoro del Saber, el Lexis 22 o la Enciclopedia Hispánica. Nunca nos dijeron tampoco a mi hermana y a mí “Voy a comprar una enciclopedia porque es buena para su educación”. Simplemente las cajas llegaban, y nosotras acomodábamos los tomos, los hojeábamos durante horas. En ocasiones mi hermana sí reclamaba mi atención, o me ordenaba “cámbiate”, “acomoda los platos”, “saca a pasear a la Odie”. Pero muchas otras, se echaba junto a mí y en silencio las dos tomábamos el sol leyendo el tomo 7, a veces con el uniforme puesto.

De cumpleaños, durante el habitual desayuno familiar, mi papá me regaló el Diccionario de uso del español de María Moliner. Dos tomos, 3351 páginas, significados de palabras cuyo número me produce vértigo. Lloré, de verdad. No sólo porque recordé toda aquella ceremonia del conocer y descubrir, sino porque me emocionó muchísimo entender que algunos regalos son algo así como trozos de amor tangibilizado (mi hermana también me regaló libros, imaginar sus gestos al escogerlos es en sí un presente). Me regalaron flores (”tus favoritas” o “son de invierno”), un maravilloso diseño veloz para Sueño de Enero, el anhelado libro de Murakami con maravillosa dedicatoria, zapatos cuyo número había que preguntar a mi madre, el vestido que me arrancaba hondos suspiros, un cuento y felicitaciones desde el hemisferio austral. Llamarme a las doce en punto, o a las seis y media para despertarme, comprarme dos velitas de quinceañera. Vestirse para la ocasión con atuendos para honrar al novocentismo y al dios Jano. Un álbum fotográfico de mi vida en Barcelona. Ir a festejar después de haber estado todo el día en un panteón. Y va la cursilería más grande: la compañía de los que que me quieren. Yo también los quiero, los quiero muchísimo.

(¡¿Quién chingaos dijo que los nerds no tenemos “amor y amistad”?!)

En fin, que no lo puedo creer. Gracias a todos :,)

Espero alguna desgracia amenazando en el horizonte, porque esto ya es demasiada felicidad.

Para mí, en mi cumpleaños

January 9, 2009

En este paisaje las estaciones se empalman unas con otras de forma intermitente. Hay una lluvia fina, con ráfagas de viento que los rayos del sol y la humedad del mar entibian. Entre los glaciares que surgen de la tierra negra y los árboles reverdecidos, entre las jacarandas y los ahuehuetes, se yergue un palacio-casa, que podría bien ser un edificio y también un templo ruso. Es un castillo de naipes. Puede verse lo que dentro sucede a través de sus paredes de ópalo.

Una chica de pelo negro, o azul, como el ala de un cuervo, está sentada dentro de un salón victoriano. Lleva un vestido negro de formas decimonónicas; encima, una chamarra de mezclilla. Tiene el rostro vuelto hacia la pared, apoyado sobre la mano izquierda. La otra mano tamborilea sobre el brazo del sillón. A lo lejos, quizá en la habitación contigua, alguien toca el piano. Schumann, o Chopin. La música se detiene. Ella se queda quieta por un momento hasta que se levanta y sale. El sillón la sigue con paso decidido.

Entra a otra habitación. Es un cuarto de juegos lleno de niños. Ella misma, gradualmente, se va empequeñeciendo, se va aniñando. Y juega con los demás al avión, a Doña Blanca, los encantados, el lobo, las pirámides de Egipto, hasta que se cansa y por una puerta sale al jardín. Los niños jamás notan que se ido la que cuenta hasta cien.

Ahí, en el jardín, sigue lloviendo ligeramente. Las hojas de los árboles caen como en otoño y el sol es veraniego. Las flores se desprenden y flotan. La niña ahora es una vieja y camina entre los árboles desfoliados, recogiendo sus hojas, cosiéndolas con el hilo tornasolado de una araña. Cada hoja es la página de un libro. Ha oscurecido demasiado, comienza a caer una tormenta. La vieja entra a la casa.

No hay luz. La vieja va recobrando la postura y la negrura del pelo. Enciende una vela. Se escucha un llanto angustiante. Hay una sombra agazapada en la esquina. Ella se mira al espejo. Su reflejo le sonríe. Detrás, un hombre se acerca despacio. La toma por el cuello y le corta la garganta. Sale mucha sangre, pero también un pañuelo de seda roja que ella, jadeando, se ata al cuello. Un vals se escucha en el piso superior. La mujer se quita la chamarra de mezclilla y las mangas del vestido; sube por una escalinata sosteniéndose la falda.

Entra a un salón de paredes translúcidas, opalescentes, muy iluminadas. Apaga la vela con un soplo delicado. Hay candiles que giran en el techo y personas (algunas casi transparentes e intangibles, meras proyecciones) con atuendos muy diversos bailando al unísono. La mujer se acerca a la mesa del banquete y se sirve la comida en la mano. Bebe de una copa y muerde los bocadillos de formas fantásticas. Abraza a la gente y traspasa a los fantasmas. Baila a la deriva. Al asomarse por la ventana mira el paisaje de estaciones simultáneas. En una esquina se han formado nubes frágiles, como jirones de encaje sucio. De ellos se desprende una música ejecutada por cristalinos copos que caen desde lo alto, desde más allá, donde los ojos no tienen permiso de preguntar nada. Está nevando y eso parece maravillarla; como si el invierno fuese el heraldo de su inmortalidad.