Manifiesto del encaje flotante
Me considero una verdadera escritora marginal. Se pitorrearán de mí, pero ¿qué dirían de una mujer que escribe, principalmente, literatura fantástica y de horror, que es feminista, heterosexual, no fumadora, no perteneciente a ninguna minoría étnica (no soy, desafortunadamente, como la genial Octavia Butler) y que además, “padece interés por la ropa”?
No tuve una infancia tormentosa que me impulsará a escribir La Gran Obra Del Posmodernismo, no tengo visión novedosa ni discurso para ser Una Escritora Latinoamericana Comprometida Con Su Realidad Social, no tengo una herencia millonaria que posibilite la depuración de mi talento al Buscar El Tiempo Recobrado. Por el contrario, nací bajo el cobijo de una familia de clase media como muchas: padres muy trabajadores, perro, gato y dos hijas caprichosas pero pacíficas. Muchas veces he pensado que mi rebelión adolescente fue una rebelión bibliográfica, me enteré de las cosas del mundo y participé en ellas a través de la lectura. Diríase, una vez más, producto de la cobardía propia de mi condición social e histórica. Aún así, fui alejándome de la escuela de monjas, de buscar marido antes de los 25 (que, además, tenía que ser “un partidazo”), de las profesiones bienpagadas y de la música patrocinada por Televisa. (Paréntesis: lo que son las cosas, a mí sí me gustaba Loco Mía; precisamente y sobre todo por anómalos, cínicos, desvergonzados. Pero esto será materia de otro post, porque de aquí hay harrrta tela qué cortar).
Llegué después al mundillo literario, articulado por sus propios códigos, proyectado hacia el exterior con un sinfín de muy particulares apariencias. Los outsiders las agarran al vuelo, de un sólo vistazo. La intelectualidad es un cúmulo de cabellos medio rebeldes, cuidadosamente despeinados; nube de humo alrededor, ropa cómoda de colores neutros, libros de viejo en mano o morral “étnico” (¿Cuál? la mezcla tiende a ser “ecléctica”), lentes de todos materiales y colores, ideas de moderada izquierda, supuesta equidad de género, caras de despiste… en una palabra, tampoco se salvan de los clichés, ni de los prejuicios. Habrá algunos apasionados de la Sonora Santanera, otros que ahorren miles de pesos para sus botas Caterpillar, pero ni quién los oiga confesar estas debilidades porque serán menos dignos de la ambrosía literaria. Serán menos merecedores de becas, premios y publicaciones, unos por pasarse de folklóricos, otros por fresotas.
Yo no he sido juzgada precisamente como folklórica o fresota, pero sí como frívola. Ahora volvamos al primer párrafo.
Mientras la gente va a Bellas Artes en chanclas, yo me pongo mis taconcitos con tul. Mientras se estila el look huérfano malvado entre las escritoras de mi generación, actitud a la Anaïs Nin y prosa a lo Bukowski, yo me siento terriblemente cómoda entre encajes, actitud a la J.K. Rowling (en elegante burla perpetua) y prosa que se esfuerza por ser un poco a la Amparo Dávila. No estoy en onda, eso es seguro.
Me encantan los rituales. Amo el cuidado que una persona tuvo al hilvanar un encaje, me parece precioso el tiempo dedicado a confeccionar un botón que sirva más que para abrochar. Disfruto tanto encontrar la relación entre ropa y magia en Alison Lurie: ” Un collar de dientes de tiburón o un cinturón de conchas de cauri o unas plumas tienen la misma función que una plegaria o un sortilegio, y pueden reemplazar mágicamente a un hechizo oral” (En El Lenguaje de la Moda, Paidós, Barcelona, 1994). Estoy enamorada de aquellos detalles humanos que no hacen daño a nadie (por supuesto que no ignoro la tiranía de la industria de la moda, pero es una obviedad que no tiene relación directa con lo que quiero decir en este momento).
Me gustan los escotes, ergo soy una buscona de patrocinadores. Uso tacones, llevo el pelo largo, ergo soy condescendiente con el sexo masculino. Escribo literatura para niños porque soy mujer, me atrae la fantasía porque prefiero evadir mi entorno, dirán. No me molestan estas afirmaciones porque no hablan más de mí que de quien las dice. Lo que me molesta es que nadie tome en cuenta la otra frivolidad: la del quién es quién, la de si eres escritor de tallereo o burócrata, la de dime en dónde publicas y te diré quién eres; la de las charlas, referentes y apotegmas tan por encima (o debajo) del resto de los mortales que han conseguido, entre otras cosas, que los lectores se hagan para atrás haciendo una cruz con los dedos cada vez que ven un libro. La frivolidad que produce amar más a la imagen en el espejo culterano que al lenguaje vivo, a las historias, a la vida común y corrientita, que tras pañuelos, zapatos desgastados, leyendas de fantasmas y familias funcionales, esconde maravillas.
Lejos de las razones que llevan a algunas personas al camuflaje, trato de ser valiente con ropa o sin ella. Escribiendo sobre lo que alcanzo a descifrar y, creo, es importante. O bello, o terrible.
Prefiero tomarme esa vida más en serio. Y a la otra, la del “congraciamiento” literario, menos.
Y con cariño verdadero, saludo a los colegas:

Celebro con este post, aunque un poco tarde, los tres años del castillito, Pequeños Naipes de Ópalo. Gracias miles a sus siete (7) maravillosos lectores.
