Luza y Calabuza

Para Laluza, en estos días.
Calabaza era una tortuga muy afortunada. Cuando era pequeña, una chica de ojos dorados y rizos negros decidió adoptarla. Se llamaba Luza y tejía palabras hermosas. Preparó para Calabaza una cómoda casa de cristal, haciendo feliz a la inquieta tortuga. Mientras Luza tejía a Calabaza le gustaba comer, esconderse y acomodar y reacomodar sus muebles (unas piedras grandotas a las que la gente no le encontraba la forma, y sin embargo eran un sofá, dos taburetes y una cama perfecta).
Pero lo que más le gustaba hacer a Calabaza era bucear.
Amaba la tibieza del agua, el roce de la corriente en su caparazón, el rumor de las cosas oído desde allá abajo. Calabaza pasaba horas y horas sumergiéndose, buscando nuevas rutas entre las rocas, sorteando burbujas enemigas, escuchando el tintineo de las finas agujas que tejían las palabras de Luza.
Pero Calabaza fue creciendo y el agua se hizo menos profunda.
A pesar de que la casa de cristal era bonita, limpia y espaciosa, no era buena para dar ágiles coletazos que la llevaran hasta el fondo. Calabaza llegaba demasiado rápido a tocar la sima de su mar miniatura porque se había convertido en una tortuga veloz, fluía casi como un hermoso pez verde en la gravedad del agua. Ella quería vencerse a sí misma, cruzar abismos oscuros que su casita no poseía. Había escuchado a Luza nombrar a las sirenas. Quería conocerlas, peinarles los cabellos, dormirse con su canto.
Entonces Luza le tejía puras palabras de sirena: pez, nácar, espuma, sal, dorado.
Pero no era suficiente para Calabaza, que quería bucear hasta aquel reino donde las palabras no se tejen, sino se viven.
Sabemos de hadas cumplidoras de deseos. Sabemos de estrellas que escuchan nuestros suspiros y bajan a hablarnos en sueños, a darnos la llave para abrir la puerta donde se realizarán. Sí, una de esas hadas habló en sueños a Calabaza. Era una sirena de cabello color turquesa.
¿Y qué le dijo a la tortuga?
-Ay, Calabaza, tienes que regresar al mar. Tu destino es grande como los abismos con los que sueñas. Nosotras hemos estado esperándote.
Calabaza apretó sus ojillos de pura felicidad. Se imaginó grande y poderosa, llevando a aquellas criaturas sobre su caparazón, cruzando feliz los atardeceres del mundo submarino.
-Pero, ¿y Luza…? murmuró con tristeza
La sirena dibujó algo sobre el caparazón de la totuga y le dijo:
-Luza estará muy bien. ¿No fue ella quien te contó de nuestro mundo? ¿La has visto soñar, como tú, con tejer las más hermosas palabras?
Luza también tiene un gran destino. También, eventualmente, regresará al mar.
Entonces Calabaza se sintió tranquila. Su caparazón brilló como una esmeralda y con voz de tortuga gritó
-¡Luzaaa! ¡Que las sirenas sí existen! ¡Que nuestro destino es grandeee! ¡Te veo en el maaaar! (Luza oyó su eco quedito en la almohada. Lo malo es que no entendía muy bien el tortugués).
La sirena montó sobre Calabaza, que emitía aquel bello resplandor verde. Y con un intenso aletazo, se sumergieron veloces en el infinito misterio del océano.
Allá, en los abismos, hay soles como peces dorados, caballitos de mar claros como el vidrio, palacios de coral aguamarina. Y la tortuga se ha cambiado el nombre a Calabuza, y ciertas noches viaja hasta el sueño de Luza para contarle todas estas cosas, para que pueda tejer las más hermosas palabras venidas del mar.
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