Nuevo y desechable. Otoño

September 24, 2008

Ilustración de El Árbol Rojo, de Shaun Tan. Bárbara Fiore Editora, 2006

Una vuelta para un lado. Una vuelta para el otro. Como muchas veces, insomnio. Eran las 3 de la mañana, faltaban seis horas para ir a hacerme los análisis.
Ya sé que son tonterías, pero me gustó visitar al cardiólogo y que su maquinita sacara una tira de papel con garabatos picudos, registrados según lo que mi corazón iba platicando. Me sentí como en La Doble Vida de Verónica hasta que el doctor no vio nada interesante en él y la hizo bolita para tirarla a la basura; después de eso me dio pena pedírsela. Yo quería saber qué decía.
Total, lo que haya dicho indicó que debía hacerme un par de análisis, así que con dos pinches horas de sueño fui a unos laboratorios con cara fumigada y de muy mal humor. Y chipil. Mi pobre padre me acompañó. Subía las escaleras cuando me encontré con una niña. Pálida, muy flaquita, con los ojos salpicados y grandotes, la boca de puchero. Se apretaba el bracito con un algodón y hacía “hi…hi…hi…”, ese hipo bajito de sollozo que sólo pueden producir unos pulmoncitos de cuatro años. Buscó la mano de su papá mientras yo les cedía el paso. Con similar cara de puchero entré al cuarto donde una enfermera con cara de pajarito me puso una banda con caricaturas en el brazo izquierdo para apretármelo, pero no botaba la vena. Mis venas son muy verdes y tímidas, siempre retardan el momento terrorífico como a propósito. El brazo derecho (ah, la “Derecha”) cooperó un poco más y cerré el puño. Yo nomás veía para el otro lado.
La enfermera con cara de pajarito me obligó a mirar al frente: “Mire, el material es nuevo y desechable”.
Yo también, pensé. Nueva y desechable. Así me he sentido.
“Respire profundo”.
Y respiré, pero no dejé de sentir el acero chismoso cruzando mi piel, luego la vena rejega, mojarse de rojo caliente y espeso. Lo peor es que hasta mis oídos llegaba el rumor del líquido llenando los tubos, como el sonido del jugo de tomate llenando una jarra de vidrio.
“Mire”, de nuevo obligándome a ver aquello que yo no quería ver, “Se etiquetan las pruebas con su nombre, ¿es correcto?”
Mi sangre es más negra que la de los demás. Dicen -diiiicen- que eso les sucede a los asmáticos por la poca oxigenación que reciben.
Yo no me he puesto a investigar si es cierto. O si ese color como de melaza tiene que ver con que los moscos siempre me pican a mí y no a los otros seres humanos circundantes.
Me levanto. Quién sabe qué cara me ve la Enfermera Pajarito que ella misma se pone pálida “¿Se siente bien?” “Sí”, y salgo disparada. Bajo las escaleras, apretándome el algodoncito contra el brazo.
Mi padre se carcajea cuando me ve, mis ojos detectan una máquina de café y cochinadas désas. Él se busca monedas en los bolsillos y me pregunta cuál se me antoja, camina hasta los botoncitos y espera las bebidas.
Yo murmuro con los ojos aguados y en voz muy bajita “Papá…”
Cuando me da el Chocolate Sin Azúcar, ya me había dado tiempo de regresar a las lagrimitas por donde vinieron.
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Ya es otoño, ¿verdad?

Luza y Calabuza

September 14, 2008

Para Laluza, en estos días.

Calabaza era una tortuga muy afortunada. Cuando era pequeña, una chica de ojos dorados y rizos negros decidió adoptarla. Se llamaba Luza y tejía palabras hermosas. Preparó para Calabaza una cómoda casa de cristal, haciendo feliz a la inquieta tortuga. Mientras Luza tejía a Calabaza le gustaba comer, esconderse y acomodar y reacomodar sus muebles (unas piedras grandotas a las que la gente no le encontraba la forma, y sin embargo eran un sofá, dos taburetes y una cama perfecta).

Pero lo que más le gustaba hacer a Calabaza era bucear.

Amaba la tibieza del agua, el roce de la corriente en su caparazón, el rumor de las cosas oído desde allá abajo. Calabaza pasaba horas y horas sumergiéndose, buscando nuevas rutas entre las rocas, sorteando burbujas enemigas, escuchando el tintineo de las finas agujas que tejían las palabras de Luza.

Pero Calabaza fue creciendo y el agua se hizo menos profunda.

A pesar de que la casa de cristal era bonita, limpia y espaciosa, no era buena para dar ágiles coletazos que la llevaran hasta el fondo. Calabaza llegaba demasiado rápido a tocar la sima de su mar miniatura porque se había convertido en una tortuga veloz, fluía casi como un hermoso pez verde en la gravedad del agua. Ella quería vencerse a sí misma, cruzar abismos oscuros que su casita no poseía. Había escuchado a Luza nombrar a las sirenas. Quería conocerlas, peinarles los cabellos, dormirse con su canto.

Entonces Luza le tejía puras palabras de sirena: pez, nácar, espuma, sal, dorado.

Pero no era suficiente para Calabaza, que quería bucear hasta aquel reino donde las palabras no se tejen, sino se viven.

Sabemos de hadas cumplidoras de deseos. Sabemos de estrellas que escuchan nuestros suspiros y bajan a hablarnos en sueños, a darnos la llave para abrir la puerta donde se realizarán. Sí, una de esas hadas habló en sueños a Calabaza. Era una sirena de cabello color turquesa.

¿Y qué le dijo a la tortuga?

-Ay, Calabaza, tienes que regresar al mar. Tu destino es grande como los abismos con los que sueñas. Nosotras hemos estado esperándote.

Calabaza apretó sus ojillos de pura felicidad. Se imaginó grande y poderosa, llevando a aquellas criaturas sobre su caparazón, cruzando feliz los atardeceres del mundo submarino.

-Pero, ¿y Luza…? murmuró con tristeza

La sirena dibujó algo sobre el caparazón de la totuga y le dijo:

-Luza estará muy bien. ¿No fue ella quien te contó de nuestro mundo? ¿La has visto soñar, como tú, con tejer las más hermosas palabras?
Luza también tiene un gran destino. También, eventualmente, regresará al mar.

Entonces Calabaza se sintió tranquila. Su caparazón brilló como una esmeralda y con voz de tortuga gritó

-¡Luzaaa! ¡Que las sirenas sí existen! ¡Que nuestro destino es grandeee! ¡Te veo en el maaaar! (Luza oyó su eco quedito en la almohada. Lo malo es que no entendía muy bien el tortugués).

La sirena montó sobre Calabaza, que emitía aquel bello resplandor verde. Y con un intenso aletazo, se sumergieron veloces en el infinito misterio del océano.

Allá, en los abismos, hay soles como peces dorados, caballitos de mar claros como el vidrio, palacios de coral aguamarina. Y la tortuga se ha cambiado el nombre a Calabuza, y ciertas noches viaja hasta el sueño de Luza para contarle todas estas cosas, para que pueda tejer las más hermosas palabras venidas del mar.

Imagen de Allposters. es

El contenido de mis bolsillos

September 12, 2008



¿Intentas cultivar un buen sentimiento y hacer que dure lo más posible? ¿O llevas el bolsillo lleno de vendas? El bolsillo lleno de vendas quiere decir: “No hay manera de que sea consciente ni de que la felicidad dure en mi vida. Haré cosas de forma inconsciente y, cuando me haga daño, simplemente sacaré una venda, me la pondré, y ya está”. No hay duda de que ser inconsciente hará que te lastimes. Si no prestas atención a tus propias necesidades fundamentales, va a pasar algo, y no será agradable.

Prem Rawat

No, no quiero un bolsillo (o una bolsa con bordados, mejor aún) lleno de vendas.

Le sacaré todos los papelitos, boletos de estacionamiento, tickets, chicles de mis sobrinos, volantes… le quitaré el peso innecesario, y dejaré lo fundamental, el kit de supervivencia, una especie de maletín de doctor Mi Alegría que apueste más por los raspones que por las fracturas:

-Un espejo para quitarme las chinguiñas, retocarme, para ver que sigo estando ahí (y cómo estoy ahí)
-Un libro que sirva de oráculo. ¡Funciona!
-Una libreta y una pluma que harán las veces de cámara fotográfica/ cinematográfica. Una minimáquina de viento que sepa guardarlo todo: aromas, relieves, brisas. Pero que no sea como la de La invención de Morel, que lo deja a uno escamoso, entre otras cosas
-Una reproducción en miniatura de Los Seres Queridos. Así puedo jugar con ellos, hablarles, escucharles, sentirme protegida o ponerlos en filita, para rezarles.
-Una minipaloma mensajera para estar en contacto (que no ensucie mucho)
-Los zapatos del otro, para ponérmelos cuando sea necesario
-Otro par con alitas, que detecte Lo Malo a tiempo, para huir volando
-Un frasco de saliva voluntaria, para echársela a los raspones en las rodillas
-Un chiste, una canción reconfortante
-Servilletas. Mi abuelita siempre llevaba una servilleta en su bolsa (o en su brassiere).
-Bálsamo para labios sabor cereza o fresa (indispensable)

Nada de vendas, nada de torniquetes, porque no me voy a caer. Y si pasa, nada se romperá.