Nuevo y desechable. Otoño

Ilustración de El Árbol Rojo, de Shaun Tan. Bárbara Fiore Editora, 2006
Una vuelta para un lado. Una vuelta para el otro. Como muchas veces, insomnio. Eran las 3 de la mañana, faltaban seis horas para ir a hacerme los análisis.
Ya sé que son tonterías, pero me gustó visitar al cardiólogo y que su maquinita sacara una tira de papel con garabatos picudos, registrados según lo que mi corazón iba platicando. Me sentí como en La Doble Vida de Verónica hasta que el doctor no vio nada interesante en él y la hizo bolita para tirarla a la basura; después de eso me dio pena pedírsela. Yo quería saber qué decía.
Total, lo que haya dicho indicó que debía hacerme un par de análisis, así que con dos pinches horas de sueño fui a unos laboratorios con cara fumigada y de muy mal humor. Y chipil. Mi pobre padre me acompañó. Subía las escaleras cuando me encontré con una niña. Pálida, muy flaquita, con los ojos salpicados y grandotes, la boca de puchero. Se apretaba el bracito con un algodón y hacía “hi…hi…hi…”, ese hipo bajito de sollozo que sólo pueden producir unos pulmoncitos de cuatro años. Buscó la mano de su papá mientras yo les cedía el paso. Con similar cara de puchero entré al cuarto donde una enfermera con cara de pajarito me puso una banda con caricaturas en el brazo izquierdo para apretármelo, pero no botaba la vena. Mis venas son muy verdes y tímidas, siempre retardan el momento terrorífico como a propósito. El brazo derecho (ah, la “Derecha”) cooperó un poco más y cerré el puño. Yo nomás veía para el otro lado.
La enfermera con cara de pajarito me obligó a mirar al frente: “Mire, el material es nuevo y desechable”.
Yo también, pensé. Nueva y desechable. Así me he sentido.
“Respire profundo”.
Y respiré, pero no dejé de sentir el acero chismoso cruzando mi piel, luego la vena rejega, mojarse de rojo caliente y espeso. Lo peor es que hasta mis oídos llegaba el rumor del líquido llenando los tubos, como el sonido del jugo de tomate llenando una jarra de vidrio.
“Mire”, de nuevo obligándome a ver aquello que yo no quería ver, “Se etiquetan las pruebas con su nombre, ¿es correcto?”
Mi sangre es más negra que la de los demás. Dicen -diiiicen- que eso les sucede a los asmáticos por la poca oxigenación que reciben.
Yo no me he puesto a investigar si es cierto. O si ese color como de melaza tiene que ver con que los moscos siempre me pican a mí y no a los otros seres humanos circundantes.
Me levanto. Quién sabe qué cara me ve la Enfermera Pajarito que ella misma se pone pálida “¿Se siente bien?” “Sí”, y salgo disparada. Bajo las escaleras, apretándome el algodoncito contra el brazo.
Mi padre se carcajea cuando me ve, mis ojos detectan una máquina de café y cochinadas désas. Él se busca monedas en los bolsillos y me pregunta cuál se me antoja, camina hasta los botoncitos y espera las bebidas.
Yo murmuro con los ojos aguados y en voz muy bajita “Papá…”
Cuando me da el Chocolate Sin Azúcar, ya me había dado tiempo de regresar a las lagrimitas por donde vinieron.
.
.
.
.
.
Ya es otoño, ¿verdad?



