
Este post lleva cociéndose mucho tiempo, y quizá ya sea hora de publicarlo.
Mi abuelita y yo compartimos espacio: ella duerme en la cama y yo voy y vengo entre cajones y zapatos dentro del cuarto por las mañanas. Una vez, mientras me vestía (ya me acostumbré a esa mirada escrutadora sobre mis carnitas) abrió los ojos como platos y me dijo
¿A poco esos son tus calzones?
No fue el tamaño lo que llamó su atención. Fue quizá que eran negros, con unas lindas florecillas bordadas. Quizá allá por los años cuarenta no eran propios de una “muchachita” como yo, aún soltera y “de familia”.
Dije que sí, y Doña Paulina nomás alzó las cejas. Otros días, otras preguntas:
¿Así te vas a ir? Tápate un poco
¿Qué haces en esa máquina?
¿Por qué no estás trabajando?
Bueno, ¿y para qué sirve lo que haces?
Para nada, abuelita, tal vez. Escribir no será muy útil, pero alguien tiene que hacerlo. TIENE qué; esto nunca he sabido cómo explicárselo.
Extraño estas preguntas hechas con incredulidad, sus pantuflitas acechándome de espaldas. Después del coma diabético, necesita ayuda para casi todo: ir al baño, sentarse, pararse, caminar. Y sobre todo, ayuda para no sentirse sola.
Aquí estamos las dos en casa, solitas. Pero son soledades tan distintas, que me siento culpable hasta de escribir. He ahí, queridos dos (2) lectores de este castillito, una de las razones de que este lugar esté tan polvoso y con telarañas. Pondré un vals en el salón, a ver si esto se anima un poco.
A ver si yo me animo un poco.