Solsticio de verano

Cuando el sol se quita la cáscara de naranja y deja que a sus gajos los enrede el viento, el mar se calienta, hace más espuma que se transforma en nube. Entonces el cielo deja de ser invisible, la tiza azul que lo compone se concentra y deja rastros aquí y allá como goterones de tintura chorreada. Y los árboles revigorizan, dejan de ser los quebradizos abuelos del invierno, y no son más las preñadas copas de la primavera. Son jóvenes, fuertes. Incluso, cuando no los vemos e intuimos que corren detrás de nosotros, ágiles.
Aquí estamos El Perro, Eduardo, Juan y yo en la siempre maravillosa casa de Anna en Vilobí, para celebrar la noche de Sant Joan, el umbral, el solsticio, la noche más corta del año. Mírennos a todos, cada uno muy dentro de su propio personaje, disfrutando a su manera la tarde, los ladridos de los perros, el viento colándose por entre los últimos rayos de luz. Es una imagen que tomó una chica llamada Eli. Su rostro quizá será como el eco de una letra en una hoja, borrada con goma de lápiz. Y nosotros para ella seremos un recuerdo atado con cinta roja, rotulado en blanco “Record de Mèxic”.
¿Cuánto tiempo más seremos jóvenes? Biológicamente, nos queda un rato. Pero ¿cuánto más seguiremos celebrando los cambios de estación, el pasar una tarde juntos? ¿Cuántas noches más de pelear por poner nuestro iPod en las bocinas? Cuánto más de sonreír porque el sol se va poniendo, porque estamos sanos, porque nos queda todo, o casi todo, por delante.
Quién sabe. Yo desde chiquita me he sentido vieja. Detrás de la sonrisa de la chica en traje de baño, hay una anciana nostálgica que dice “Esto también pasará”.
Gracias, cómplices del solsticio, por compartir nuestros veranos.
