(De el gato para el gato)

Ahí les va: Una… dos… ¡tres!
No, ni así, avisando. Nótese que todo mundo salió con cara de “quién diablos quiere una foto ahorita”.
Nadie, nomás yo. Ah, bueno, y Paulina, que sonríe al fondo asomando la cabecilla.
Es ésta nuestra primera foto en La Casa, sentados alrededor de un comedor de plástico y cubiertos desechables.
La Casa está en Cuernavaca, a poco más de una hora de La Ciudad. Allá los chamacos se rasparán las rodillas, mi hermana coleccionará nuevas pecas, Juan Carlos destapará todas las chelas, y mi papá correteará a Carlitos para darle de trapazos.
Yo, con un poco de suerte, escribiré dos que tres cosillas cuando no esté sumergida en la alberca con los tres demonios.
Pero aquí la interesante es mi mamá. ¿Qué va a hacer doña Laura Ludmila?
Ayer, exhaustos por la mudanza (y yo por las horas-alberca), íbamos y veníamos de un cuarto a otro, acomodando, haciendo planes, corriendo al polvo con escobas. Mi mamá le daba pasadas obsesivas a los muebles, aferrándose a su trapo mojado como Linus a su cobijita. Pero había veces en que de pronto todo se le detenía, e imagino que se quedaba ahí parada, estupefacta por comprobar que estaba dentro del sueño, de su sueño, años muchos después.
Caía la tarde y cielos limpios se asomaron a la casa nueva, desnuda de cortinas. La cama en la habitación de mi mamá quedó justo al lado de la ventana. Mira, le dije, qué bonito se ve desde aquí. Juntas nos echamos en el colchón nuevo y pelón a contemplar las nubes ajuareándose para la noche, el aire tibio y azul detrás del cristal. Afuera, los rumores de la familia que hemos construido trepaban por las escaleras como un eco futuro. Ella sonríe con una expresión que ninguna cámara podría reproducir. Me la quedo.
Nos regresamos por la carretera libre. Había una inmensa fila, como una caravana de elefantes metálicos hacia La Ciudad (¡¿quién diablos quiere ir al DF ahorita?!). Pero también había fiesta en un pueblo cercano. Fuegos artificiales de todos los colores llenaron el cielo, tronando plácida, lentamente, como una canción voladora. Cuánto les gustó a los niños. Carlitos y Emilio hicieron sueño del tedio, y se quedaron quietecitos, abrazados y con los ojos cerrados en el asiento trasero. La luna tenía un anillo rosa que llegaba hasta el pelo de mi papá, él manejando por el obscuro camino como si las rayas en el asfalto fueran de azúcar. Doña Laura descansó en el trayecto los treinta años de trabajar y ahorrar. Vale la pena quedarse despierta y mirarlos un poco. Somos una familia feliz.
Tan sólido es lo que has construido en tu vida, mamá, como las paredes de esta casa. Felicidades.