Cuatro veces siete

Hoy es mi cumpleaños, es la cuarta vez que soy una persona completamente nueva. Ya ni me acuerdo dónde lo leí, o lo escuché, o lo vi, pero ese dato se me clavó entre las cejas: resulta que las células del cuerpo humano se regeneran constantemente. Según el tipo y función, van reeplazándose las unas a las otras siguiendo un ritmo específico, pero se ha determinado que cada siete años el proceso se empareja y podemos gozar de una renovación total, entera, de cada una de ellas. Somos prácticamente otros, o los mismos, pero nuevecitos, reestrenados.
Estuve pensando en esas cuatro jovencitas.
La primera, de todos sabido, tenía siete años y amaba las caricaturas, especialmente a Mazinger Z (ni el día de las madres perdonaba no estar en casa para grabarlo), a Candy Candy, a los cómics de Garfield. Le gustaba Mecano, Miguel Bosé y The Cure. Se chutó un libro de Edgar Allan Poe que había en su casa y fue fan, aunque no durmió dos noches. Se llevaba mal con la miss de “2o C”, pero era la favorita de la de inglés. Se dormía encima del teclado en las clases de órgano, y pensaba que su maestra y su Tía Paty eran dos personas diferentes. Sufrió vergüenza mayúscula cuando le dijeron que no era así. El hermanito de una amiga de su hermana le mandó al salón una rosa, un Carlos V, una foca de cerámica y una cartita de amor. Jamás lo conoció.
La segunda festejó su cumpleaños en el todavía Reino Aventura. Se fumó como siete veces la cola para el Boomerang (el-juego-que-te sacaba-el-estómago-por-las orejas del momento) Usaba brackets y ropa de Sexy Jeans. No era fan de Maná pero se sabía Rayando el Sol. Era fan, sin embargo, de Duran Duran, Guns n´Roses y Loco Mía (¡!). Iba a las tardeadas del Medusas (quesque se veía de 17) y se aburría a muerte. Se compró la Enciclopedia del Horror y el Misterio, le costó 50 nuevos pesos. Tenía un cabello muy bonito.
La tercera planeaba su segunda pisada en Barcelona. Se iba de parranda a Fixión con Alejandra (a.k.a. LaCerveza) y con Claudia (a.k.a Show, a.k.a Perro). Entre las tres organizaban reuniones cuya consigna era ver la tele, comer porquerías y dormir, hasta en Acapulco: Los Tres Cochinitos. Leía ensayos de Romà Gubern y se hizo adicta a Philip K. Dick. Odiaba las clases de Planeación, Administración y Televisión. Era muy groserita con los que no le caían bien. Estaba traumada con el OK Computer de Radiohead y El Espejo en el Espejo de Michael Ende. Hacía cortometrajes petulantes. Era una rompecorazones de profesores.
Y la cuarta quién sabe, para allá va. Por lo menos ahorita se puede decir que perdió todas las células que la impulsaban a subirse a los juegos mecánicos, pero sigue compartiendo abrazos y carcajadas en las pijamadas cochinitos, y sigue pensando que Minerva X es la mujer más hermosa que jamás existió. A ver qué tal le va.
