Arqueología propia (Invierno)

December 21, 2006

Siempre hay un primer invierno que se hace nuestro en forma de diapositiva mental , o de imagen en movimiento, de video super 8: granulada, borrosa, con los propios piecesillos en primer plano. Algunos los vivimos en carne propia. En otros, ahí estuvimos, pero jamás podríamos recordarlos por nosotros mismos: nos fueron relatados y sin embargo lo reconstruimos como si los hubiésemos presenciado; y de algunos sólo fuimos espectadores ajenos y distantes.

Mi primer invierno en vivo es blanco, blanco y café. Una helada en el Ajusco bastó para que una multitud de defeños se subieran a sus coches para llegar a un mini paraíso navideño. Recuerdo mis pies de cuatro años pisando el suelo húmedo y café, a ratos blanco y frío, recuerdo que me picaba la bufanda en el cuello y que cuando hablaba, salía de mi boca un humo blanco que trepaba travieso por los árboles, sin dejarse agarrar. Hicimos un muñeco de nieve en el cofre del coche, un monigote amorfo que queríamos llevarnos como trofeo a casa, ponerle una camita en el cajón de las verduras del refri, alimentarlo de leche congelada y nieve de anís. Pero antes de llegar a la autopista, se fue resbalando hasta que cayó al asfalto entre nuestras carcajadas desilusionadas.

Esa noche tuve mi primera crisis de asma. Había una luz tibia y naranja en la habitación, un vaporizador lleno de Vick Vaporub derretido, y muchos besos y abrazos encolchados.

La agenda familiar era muy alegre y financieramente catastrófica en invierno:
24 de diciembre: ¡Cena de Nochebuena! ¡Regalitos de Navidad!
30 de diciemnre: ¡Cumpleaños de Arlette!
31 de diciembre: ¡Cena de Año Nuevo!
6 de enero: ¡Día de Reyes!
9 de enero: ¡Cumpleaños de Vane!

La casa de mis abuelos era un hervidero de niños y jóvenes. Nos separaban en La Mesa de los Adultos y La Mesa de Los Niños. En esta última se servía un caldo de camarón especial, sin picante y sin camarones, y más puré de manzana que pavo. Después salíamos a la calle a prender luces de bengala. Mi abuelito me sostenía la mano porque tenía miedo. Yo sabía que algo tan hermoso tenía que ser dañino.

Los Santos Reyes llegaron una vez a la casa y despertaron a mi mamá. Ella se levantó y vio cómo la estrella de Belén salía de nuestra sala volando hacia el firmamento. Los tres Magos nos dejaban cartitas minúsculas en sobres minúsculos que yo atesoraba como la prueba viviente de los milagros. Una noche, a bordo de un camello o un elefante (no de un vulgar caballo) llegó Odie, una cachorrita despeinada y bizca que me mordía las trenzas. Crecimos juntas durante quince años.

Mi hermana, Odie y yo dormíamos en la sala durante el invierno. Las luces del arbolito de Navidad eran nuestro arrullo, y tapadas con pesadas cobijas, teníamos sueños extravagantes e inolvidables.

Esta escena de Candy Candy, en la que la nieve cae sobre el abrigo azul de Terry, también es uno de mis inviernos. Ahí estaba yo, acompañándolos, detrás de una panzona ventana de cristal. Podía sentir la humedad en el pelo, la nariz roja y el dolor en las orejas heladas, el olor de la bufanda y los dedos entumidos. Pero ya casi no recuerdo cómo imaginaba que sería amar a Terry o a quien fuera, cómo pensaba que dolían o no las despedidas. Sin embargo, nos hacíamos compañía. Yo sabía que Candy se hacía más fuerte conmigo junto, y ahora sé que puedo ser más fuerte si la llevo a ella y a todos mis inviernos en la bolsa, bailando entre el celular y las llaves de casa.