
(Tecleado a la luz de esta rolita).
La nostalgia es un ama de llaves que abre las ventanas de una vieja y húmeda casa cuando apenas está amaneciendo. Por eso quise quedarme y esperar al alba sentada en un banco de Plaça Catalunya al término de esa última noche de farra por el centro, un miércoles.
La esperanza es una mujer desvelada que se asoma por ahí del mediodía. Por eso la Calzada de Guadalupe, ese camino de peregrinos, tiene el asfalto tan caliente y el cielo tan limpio.
Muriéndonos de frío, el cuarteto echábamos un ojo de cuando en cuando al cielo para ver si cambiaba de tono, para ver si el azul se abandonaba al morado y luego al rosa y luego al gris. Nada. Los otros tres le mentaban la madre mentalmente al último de mis caprichitos. Desparramados en la banca, no teníamos deseos de movernos cuando un viejito y su carrito de la compra nos miró desde sus ojos azul frío, azul río deshielado. Porque así es como mira un color arrogante cuando se mezcla con los tonos invisibles y calientes de la sabiduría, quizá de cierta clase de generosidad, de una satisfacción gozada y perdida hace ya mucho tiempo. Se sentó junto a nosotros sin decir nada, hurgando en el carrito, triturando una bolsa de papas fritas, derramándolas al suelo. Cosas que alguien que no ha cumplido los treinta no entiende muy bien. Desde nuestra modorra veíamos cómo gente de toda clase y edad lo saludaba, le regalaba pan dulce y café, intercambiaba periódicos y breves charlas alegres. El viento hacía de verdugo del sueño, y comenzó a soplarnos en las orejas hasta helárnoslas. El cielo por fin clareaba. Las lámparas se iban apagando y los pajaritos chifladores se iban encendiendo.
Para cumplir el primero de mis caprichos, mi papá y yo decidimos ir a desayunar a los tacos de la Estrella: deliciosa tortilla doradita envolviendo la más exquisita barbacoa, bañados en una indescriptible salsa de chile pasilla. Ambos nos habíamos echado una buena desvelada, por lo que nuestra vuelta a la vida no podría ser más perfecta. “¿Y por qué no desayunan mejor por aquí cerca?”, preguntaba curiosa mi mamá. La Colonia Estrella está al norte del DF, donde vivimos pocos años antes de cambiarnos definitivamente al Sur. Son los rumbos de parte de mi infancia y la de mi hermana, y de la juventud de mis padres. Por supuesto, es ruta gastronómica inigualable. Pero había una razón más para echarnos el viajecín: mi papá tenía un compromiso qué atender en el Blockbuster de Calzada de Guadalupe, sin hora fija, sin que nadie lo esperara. Pero un compromiso es un compromiso.
El Café Zurich ya estaba despierto, sus mesas metálicas comenzaron a custodiarnos las espaldas, los trabajadores corrían hacia la entrada de los Ferrocarriles de la Generalitat, los personajes misteriosos de la madrugada se desvanecían poco a poco entre los rostros blancos de los madrugadores, los ojos moros de la clase trabajadora, algunos cabellos recién bañados de chambeadoras latinoamericanas, esos ojos chinguiñosos de los estudiantes. Habíamos cumplido la meta, y estábamos a punto de levantarnos, tiritando entumecidos, cuando el viejito nos habló desde su nariz puntiaguda, abriendo un brillante folder amarillo, sacando unas hojas impresas de su interior “¿Sabéis algo? Éste soy yo de niño. Y aquí, de joven. ¿A que era muy guapo? Pero mi madre murió cuando yo era muy joven. No hay dolor más grande, a mí se me acabó el mundo.” Movía las manos como buscando cercanía, como persiguiendo la música del aire contra las hojas secas. Y el aire, a su vez, patinaba sobre sus largos cabellos blancos. “Hay unas gemelas que todos los días vienen a darme un beso. No deben tardar en llegar”. Los ojos se le deshielaban más, parpadeaban húmedos y brillantes. Nunca sé decir si es éste uno de los conmovedores efectos especiales de la vejez producidos sin querer, o la simple y desbocada huida de los recuerdos.
La bolsa azul de plástico estaba llena a reventar. Yogurt, manzanas, mandarinas, y muchas otras más cosas que no alcancé a ver bailaban al compás de los baches y los frenones de los microbuseros de adelante. En el Blockbuster sólo estaba el vigilante, “No lo veo”, dijo mi papá con media preocupación en los labios. Pero cambiamos de ángulo y ahí estaba, sentado en una de las bardas dentro del estacionamiento techado. El sol de invierno al mediodía es desagradable para los que esperan sin esperar. Mi papá agitó el brazo y él acudió lo más rápido que pudo. Quizá ha envejecido a punta de dolores y descuido, a tragos de botella y heladas descubiertas. Y en un ritual que he presenciado sólo dos veces, se saludaron como dos caballeros, uno dio y el otro recibió con la más absoluta dignidad y franqueza tanto bienes como gracias, y en poquísimas palabras quedó claro que volverían a verse para darse el consabido abrazo navideño. Ese abrazo es una discreta petición extra, un amparo entredicho, un noble aguinaldo callejero.
Nuestra banca parecía ser el centro del que partían La Rambla, las vías del tren, la silueta de las esculturas de la plaza, la raya del horizonte. El día ya era, y era blanco como el pelo del viejito, cuyos ojitos acuosos sonrieron cuando supo que aunque ahí nos mimetizábamos con el paisaje, habíámos nacido en México. ¡Y cómo! se puso a cantar canciones de Jorge Negrete, y a mencionar lo guapos que somos, lo jóvenes que estamos, lo mucho que se abre la puerta del mundo cuando uno tiene fuerza en las piernas y en la espalda. Se detuvo en varias estaciones de su memoria, paró en París. Nos contó que, debajo de la Torre Eiffel, él cantaba con sus amigos la Canción de despedida, y de su garganta seca, cansada, salieron notas dulces y en francés. Ése fue un acuerdo, un regalo para mí. Yo no tuve el valor de mirarlo y hundí el pico en mi abrigo para llorar un poquitín. Los árboles sin hojas se ladeaban con el viento y a mí me daban ganas de mecerme con ellos.
Mientras el coche esperaba el siga, vimos cómo caminaba hacia la esquina y sacaba de la bolsa azul alguna cosa que examinó y devolvió casi enseguida. Nos miró desde detras de sus lentes, y con una sonrisa como de madera, nudosa, vieja, valiente, nos dijo adiós con la mano. El sol de invierno se reflejó en los cristales, la luz se descompuso en pequeños destellos de arcoiris.
Nos levantamos como personajes de caricatura, castañeando los dientes. El viejito nos apretó las manos con la arrugada caricia de un abuelo y nos dijo algunas cosas tan inocentes que nos sonrojaron. En sus uñas tibias dejamos nuestros buenos deseos, y caminamos cruzando las fuentes que no sé si aún dormían o reposaban cuasicongeladas. Silenciosos y muertos de frío, el mundo se veía sin embargo más cálido. Una mujer pequeña y bonita llevaba de la mano a sus hijas con mucha prisa, y de pronto comprendí, y grité con muchísima alegría “¡LAS GEMELAS! ¡ahí van!” y todos nos giramos para verlas, porque allá iba una ilusión caminante, un agradable tropezón con la esperanza.
Unas palomas volaron asustadas por el estridente claxon de un autobús. El semáforo parpadeó al verde, y seguimos con nuestras vidas. A los tacos con salsa de chile pasilla, al asfalto con baches, a la buena cara al mal tiempo y la mala saña y al pesar de todo y al mal gobierno y al mal de amores. Qué maravilla: no hay manera de saber si vamos por la calle caminando como una doble esperanza para cualquiera de los que nos ven pasar.