De Oaxaca y la anestesia

October 30, 2006

La imagen, decían mis maestros, anestesia. Balas vienen y van, y Bruce Willis acaba con la ropa rasgada y cochina, descalzo, pero vivo. Neo las evade con el poder de ser “El Elegido”: las detiene, las toma con la punta de los dedos, las hace bailar un vals y mata a los malos. Las películas acaban y nosotros estamos salpicados de sangre, pero de otra especie: sangre indiferencia, transparente, inodora.

Y de alguna manera, creo que la imagen también nos acerca a la otra sangre, a la de verdad, a la que rastrean los perros, los tiburones, las madres angustiadas. En este video pueden verse las últimas grabaciones que el periodista estadounidense Brad Will realizó en Oaxaca antes de morir por culpa de una bala que, prácticamente, tenía su nombre escrito. Es una lástima que ya no se encuentre aquí, así como es una lástima que el mundo, o incluso nosotros mismos, giremos la cabeza hacia esta situación tan grave sólo cuando la muerte cobra facturas de relevancia internacional.

Lo que está sucediendo en Oaxaca no tiene música de fondo, ni efectos especiales.

Ojalá palabras e imágenes nos ayuden a recuperar la vista, el olfato y, sobre todo, esa olvidada voz que insistimos en ignorar, ésa que exige justicia.

El ojo en la página

October 20, 2006

¡LA MANZANITA HA VUELTO!

Así es: han vuelto los desvelos, el blanco ronroneo de una Mac, las carcajadas en YouTube, la canción gratis de la semana en Filter, las búsquedasinútilesporgoogletipo¿enquéañomuriókennedy?, la música que a María no le gusta, y por supuesto, ¡ESCRIBIR!

Ya me había fastidiado esta pose:

Sí, echada en un sofá ajeno, o en una cama, o sobre el pasto picoso del Parc de la Ciutadella, o sobre las bancas mugrosas del Parc Güell, o sobre la arena-que-no-se-traga-las-cosas de la playa Vila Olímpica, la lectura me poseyó durante todo este tiempo. Y ahí junto, en jeans, (en castizo: vaqueros) alguien siempre amablemente dispuesto a devolverme al terrorífico mundo real. Ahora, sentada semi-derechita frente a la pantalla, con los ojos miopes entrecerrados detrás de los lentes y el pelo en una coleta para cuando la manzanita comienza a desprender aire tibio, trato de agarrar de nuevo el hilo de las historias que se quedaron en pausa.

Aquí les dejo una lista express de algunos de los libros que brincaron, cual miniovejitas saltarinas, sobre mi abdomen en la larga ausencia de mi pequeña maquinita:

-Cuentos Populares Rusos: ¿En qué otro lugar podemos encontrar la historia de un hombre que casa a sus tres hijas con la Luna, con el Sol, y con un cuervo?

-Curso de Literatura Europea, de Vladimir Nabokov. Una clase-charla en la que se desmenuzan sabrosa y brillantemente joyas literarias. Entre otras, me llevó a la siguiente lectura,

-El Extraño Caso de Dr. Jekyll y Mr. Hyde, Robert Louis Stevenson: Qué libro tan bonito y limpiecito, lectura obligada para todos los que piensen que Mr. Hyde es un gorila un metro más alto que el buen Henry Jekyll.

-Lo Mejor de Fantasy y Science Fiction Magazine (Varios): ¡Vida eterna para el patito feo de la literatura! Cada vez que le doy un mordisco, me convenzo más y más de que ese pato es un cisne que además, vuela como un dragón.

-Travesuras de la Niña Mala, Mario Vargas Llosa: Sufrí, sufrí mucho porque este libro me hizo enojar varias veces. Empezando por tener que gastarme 19 euros en él (con lo lindas que estaban esas botas…)

-1979. Antología Poética: Poetas nacidos en ese año, que afilan su pluma en el Norte de México. Fue un regalazo de un compañero que escribe como un gol, “Para que vean que en Culiacán no hay nada más narcos y pistolas“. ¡Haz patria y regala libros de poetas mexicanos!

La Manzanita y yo le subiremos a las bocinas y juntas nos pondremos a trabajar. Ya les convidaremos, ojalá pronto, a alguna fiesta-cuento en este castillito. Mientras tanto, puro horadelté-post.

Por cierto, semiólogos del mundo, dieciocho (18) lectores queridos, ¿Qué opinan de ese ojo que les observa desde el botón de mis (en mexicano) pantalones de mezclilla?

Estrellas sin contar

October 2, 2006

Hay alguien que me reconforta. Nos conocimos hace tiempo. Con sorpresa, descubrimos que a pesar de nuestras evidentes diferencias teníamos mucho en común, y como desenrollando un ovillo nos hicimos divertidos cómplices silenciosos. Esa amistad que fue un intercambio de visiones y entenderes, me llevó casi de la mano y con los ojos vendados al precipicio de la escritura. Me desató delicadamente esa cinta negra para que viera, en toda su inmensidad, el profundo océano de mi destino de palabras. Como nos agrada no coincidir, esto ocurrió cuando dormía y soñaba, mientras yo, unas pocas montañas de por medio, yacía despierta con los ojos muy abiertos.

Poco sabe de lo que ese intercambio provocó en mi ánimo de escribir, de no detenerme, de decidir de una vez y para siempre llenar páginas en blanco con fantasías y tormentas. Sin su extraordinaria amabilidad creo que yo habría seguido de largo, pero no me dejó. “Escribe”, me pidió casi como un favor, y yo no pude negarme, porque independientemente de la simpatía literaria, me sorprende cómo se conduce incluso en circunstancias que a otros pudieran parecerles insignificantes.

Hace poco le vi de nuevo, y fue una sincera alegría la de estrecharnos en ese saludo improbable, pues nuestro lazo siempre fue una cadena de palabras discreta y sensata, sin embargo llena de un afecto transparente y firme. El cielo, cuando obscurece, posee una franja de color impreciso, como una frontera entre la luz y la noche.

Creo que hay cariños similares.

A veces no debemos quedarnos fuera observando los anocheceres. A veces, debemos ser prudentes e imaginar desde dentro ese cielo aterciopelándose, iluminándose por quién sabe cuántos astros que nunca visitaremos.

Y en estos días, en perversa insistencia, la casualidad me regaló otro encuentro. Lo vi de lejos, en su vida, sumergido en el propio río de una existencia que imagino plena, apacible, peces y manzanas. Y yo en la mía, comprendiendo a tropezones algunas sustancias, espuma y tinta derramada. Ahí está su hombro si estiro el brazo. Le distraeré de los granos de azúcar que recoge con los dedos, le distraería de muchas otras cosas. Pero no lo haré. Así, a lo lejos, su presencia me reconforta, es una absurda, feliz e irreverente confianza en la vida, un firmamento abigarrado de quién sabe cuántas estrellas que jamás contaré.