Arqueología Propia (Otoño)
Barcelona perdió la batalla esta semana. El viento ligeramente helado comienza a aullar entre las ventanas de los edificios de apartamentos, como un animal atrapado en una jaula de vidrio; y el sol se ha convertido en una tostadora de la que botan suave y silenciosamente hojas secas que hasta hace poco eran verdes y pulposas. Por aquí y allá suena la turbina de un avión asustado por los relámpagos, iluminando a las nubes y hasta a la luna. La lluvia no pide permiso y nos moja los pies, un tanto sorprendidos sin tela ni piel que los cubra, pensando inocentemente que el verano continuaría aunque fuese un ratito más.
Me di cuenta súbitamente de que en la Ciudad de México siempre, de alguna forma, es otoño.
Me gusta el otoño. Me gusta no saber si lo que veo caer son hojas de los árboles, o pájaros.
A mí también se me caen las hojas en otoño
En septiembre volvíamos a la escuela. La casa se llenaba con uniformes de monjas nuevos, los cuadernos recién forrados y su olor a plástico, los libros de cada año sin usar, sin subrayar. Yo los devoraba para enterarme antes de lo que estarían tramando esas garrochas, las maestras. Me molestaba cuando se saltaban partes que a mí me habían gustado, o que no había leído. Era fascinante sacarle punta a los lápices y a los colores (todo un reto hacer que al final todos quedaran del mismo tamaño) y colocar, triunfalmente, la etiqueta con mi nombre a la libreta de tareas.
Y en la tibia penumbra de la cama, se deslizaba mi mamá y nos despertaba “Ya, mi amor, levántate”, susurraba. Había que entrar a la regadera con todo y frío para salir después de ella humeantes, cruzando a toalla la casa silenciosa. El cepillo rechinaba en mi pelo húmedo, mi hermana me dejaba todas las cerdas marcadas en la frente, “¡Aaaaayyyyyyyyy! ¡Vas a ver!”, “¡Pues péinala tú, mamá, está de dramática!”. El extractor de jugos rugía, yo robaba unas gotas de loción mi papá para mi Afrodita, mientras él cepillaba los zapatos hasta que quedaran brillantes; y dejaba los Fruti-Lupis porque mi estómago brincaba nervioso. Porque el primer día de clases era también empezar de cero, comenzar una vida nueva con hojas en blanco, cuadernos por organizar, plumas qué gastarse, loncheras qué presumir, chismógrafos por rellenar. Ver todo ese futuro por delante nunca fue abrumador, era más bien como una caja llena de esperanzas de colores. La emoción de una nueva oportunidad es algo que sigo buscando cada otoño.
Salíamos a la calle perfumadas, con la bendición de mamá.
A la hora del recreo, ya habíamos pasado por la sorpresa de qué miss nos había tocado y qué amigas estaban en nuestro salón. Y volvíamos a comer los mismos sándwiches con papitas dentro (aún mejores si los aplastábamos en un tupper… aunque el mío sabía a perfume, porque justo ahí guardaba a Afrodita), los chocobesos (enormes galletas rellenas de cajeta y cubiertas de chocolate), las mismas deliciosas porquerías, los mismos Cazares rociados con Miguelito de agua y de polvo.
Y volvíamos a jugar las mismas cosas, o no. Yo nunca pude ni con el resorte, ni con la bici, ni con los patines. Para lo único que era buena era para los quemados, y eso por una regla básica de supervivencia: gana el que consiga huirle a la pelota con más estilo que los demás (yo era el orgullo de mi equipo). Y también era buena para inventar cosas: “A que todas éramos brujas y éste era el bosque y luego hacíamos pócimas de amor en un cementerio, ¿va? ¡y luego construimos unos robots y se las damos y a ver qué pasa!”. A veces simplemente les decía que yo me quedaba cuidando las loncheras, y sacaba mi diario. Era dorado, un paisaje japonés de otoño con una dama que cruzaba un puente. Siempre quise alcanzarla y preguntarle algunas cosas.
Escribir ahora es como escuchar, en un eco, sus respuestas.
