El nombre
Cualquier destino, por largo y complicado que sea, consta en realidad de un solo momento: el momento en el que el hombre sabe para siempre quién es.
-Jorge Luis Borges
Está a punto de ser luna llena. Como hace un mes, como hace dos meses. Como hace un año. Como siempre. Claudia cambió la orientación de su cama y ahora puede verla desde su desvelo.
Ayer, que yo andaba azuleando la casa con mi cara de extraviada (a decir del buen Yasser), me dijo “¡Ven tantito!” Y nos asomamos por su ventana a la noche plateada de luz selenita, como una luciérnaga blanca a punto de explotar. Aún así se veían las estrellas, había bastantes. A ella se le veía el pelo azul; a mí, blanco. No sé cuánto tiempo estuvimos ahí, con la luna temblorosa reflejada en nuestros ojos, como en el agua, como en el mar. Hasta los ojos me los sentía salados y profundos. Claudia se veía como Candy Candy con esa nariz bonita y respingada que tiene, y el ir y venir del pecho lleno de ojalás.
A mí estas tonterías de ver la luna e intuir que unas calles más abajo (no tantas, no tantas) hay un murmullo, una voz, el lamento apasionado de la espuma, me dan muchas ganas de llorar. Estábamos sumergidas en el alunamiento, y yo escuché clarita la voz del mar. Fue un segundo, una nada, pero lo escuché, como si mi oreja derecha fuera un caracol con el secreto de una ola repitiéndose interminablemente. Sabe mi nombre, ese nombre impronunciable que todos tenemos y que un día le esuchamos susurrar a un árbol, al viento contra las ventanas, en el suspiro de un otro que nos mira. Me llamó por mi nombre, ése que es como de ópalo, salado y nocturno.
Doy gracias por la promesa inconstante de la luna, doy gracias por Claudia, doy gracias por los míos del otro lado del mar, doy gracias por mi nombre pronunciado justo cuando más lo necesito.
