¡Feliz Cumpleaños, Castillito!

September 26, 2006

Hace un año, escribí en un cuaderno unas cuantas líneas de resurrección, pues mi vida había dado la vuelta como un cochecito de juego de feria hasta quedar de cabeza. Con los lentes limpiecitos, la lengüita de fuera y las puntas de las uñas bien afiladas para deletrear con precisión en el teclado, convertí esas letras en impulsos electrónicos. Aquí, en esta gigantesca y cristalina telaraña, están atrapados mis pequeños naipes, las opalescentes paredes de mi castillito imaginario.

Comencé a preparar una sorpresa de aniversario para mis diecisiete (17) lectores -el número aumentó cuando recibí protestas del tipo quenocomentenosignificaquenoleatublog- en este primer aniversario de los Pequeños Naipes de Ópalo. Sin embargo, la Manzanita yace en un hospital semidormida y con sueros y cables conectados a sus frágiles enchufitos, por lo que los regalos están en calidad de secreto de confesión en su memoria. Espero poder obsequiarles algo pronto, cuando mi fiel escudera vuelva de su gigaventura.

Mientras tanto, queden aquí unas Mañanitas con voz de campana, y un profundo agradecimiento a todos los que han pasado por aquí a echarse una siesta en los sofás, a bailar valses al revés en el salón, a escudriñar álbumes de fotos llenos de polvo, a tomar en el sol en el jardín y té en la biblioteca. Gracias por llenar esta casa de ecos y espejos, por compartirse anónimamente conmigo. Los imagino escuchándome con el oído pegado a la almohada, ese rumor puro y crepitante como el lento estirarse del tallo de una planta.

Desde aquí, desde mi vida, les envío un fuerte abrazo que huela, que sepa a tarta de queso, que tenga ese inmenso poder de las cosas que no caben en los vestidos con botones de letras. Desde aquí, el castillito de naipes se enrosca en una reverencia como una nube, en honor de ustedes, los que hacen las historias posibles: los protagonistas, los lectores.

Per Molts Anys!

Gracias y ¡salud! (¿qué les ofrezco: gaseosa, absenta o leche?)

Arqueología Propia (Otoño)

September 21, 2006

Barcelona perdió la batalla esta semana. El viento ligeramente helado comienza a aullar entre las ventanas de los edificios de apartamentos, como un animal atrapado en una jaula de vidrio; y el sol se ha convertido en una tostadora de la que botan suave y silenciosamente hojas secas que hasta hace poco eran verdes y pulposas. Por aquí y allá suena la turbina de un avión asustado por los relámpagos, iluminando a las nubes y hasta a la luna. La lluvia no pide permiso y nos moja los pies, un tanto sorprendidos sin tela ni piel que los cubra, pensando inocentemente que el verano continuaría aunque fuese un ratito más.

Me di cuenta súbitamente de que en la Ciudad de México siempre, de alguna forma, es otoño.

Me gusta el otoño. Me gusta no saber si lo que veo caer son hojas de los árboles, o pájaros.

A mí también se me caen las hojas en otoño

En septiembre volvíamos a la escuela. La casa se llenaba con uniformes de monjas nuevos, los cuadernos recién forrados y su olor a plástico, los libros de cada año sin usar, sin subrayar. Yo los devoraba para enterarme antes de lo que estarían tramando esas garrochas, las maestras. Me molestaba cuando se saltaban partes que a mí me habían gustado, o que no había leído. Era fascinante sacarle punta a los lápices y a los colores (todo un reto hacer que al final todos quedaran del mismo tamaño) y colocar, triunfalmente, la etiqueta con mi nombre a la libreta de tareas.

Y en la tibia penumbra de la cama, se deslizaba mi mamá y nos despertaba “Ya, mi amor, levántate”, susurraba. Había que entrar a la regadera con todo y frío para salir después de ella humeantes, cruzando a toalla la casa silenciosa. El cepillo rechinaba en mi pelo húmedo, mi hermana me dejaba todas las cerdas marcadas en la frente, “¡Aaaaayyyyyyyyy! ¡Vas a ver!”, “¡Pues péinala tú, mamá, está de dramática!”. El extractor de jugos rugía, yo robaba unas gotas de loción mi papá para mi Afrodita, mientras él cepillaba los zapatos hasta que quedaran brillantes; y dejaba los Fruti-Lupis porque mi estómago brincaba nervioso. Porque el primer día de clases era también empezar de cero, comenzar una vida nueva con hojas en blanco, cuadernos por organizar, plumas qué gastarse, loncheras qué presumir, chismógrafos por rellenar. Ver todo ese futuro por delante nunca fue abrumador, era más bien como una caja llena de esperanzas de colores. La emoción de una nueva oportunidad es algo que sigo buscando cada otoño.

Salíamos a la calle perfumadas, con la bendición de mamá.

A la hora del recreo, ya habíamos pasado por la sorpresa de qué miss nos había tocado y qué amigas estaban en nuestro salón. Y volvíamos a comer los mismos sándwiches con papitas dentro (aún mejores si los aplastábamos en un tupper… aunque el mío sabía a perfume, porque justo ahí guardaba a Afrodita), los chocobesos (enormes galletas rellenas de cajeta y cubiertas de chocolate), las mismas deliciosas porquerías, los mismos Cazares rociados con Miguelito de agua y de polvo.

Y volvíamos a jugar las mismas cosas, o no. Yo nunca pude ni con el resorte, ni con la bici, ni con los patines. Para lo único que era buena era para los quemados, y eso por una regla básica de supervivencia: gana el que consiga huirle a la pelota con más estilo que los demás (yo era el orgullo de mi equipo). Y también era buena para inventar cosas: “A que todas éramos brujas y éste era el bosque y luego hacíamos pócimas de amor en un cementerio, ¿va? ¡y luego construimos unos robots y se las damos y a ver qué pasa!”. A veces simplemente les decía que yo me quedaba cuidando las loncheras, y sacaba mi diario. Era dorado, un paisaje japonés de otoño con una dama que cruzaba un puente. Siempre quise alcanzarla y preguntarle algunas cosas.

Escribir ahora es como escuchar, en un eco, sus respuestas.

La Maldición del Calendario

September 12, 2006

A algunos les da miedo la muerte, la obscuridad, las alturas, el fuego, las ratas, las cucarachas, los elotes con pelos, los relámpagos, las aguas profundas, los ratones, las arañas, los payasos (horror), los abogados, los cocodrilos, las abejas, los temblores…

A mí me dan miedo las fechas. Tengo una memoria espeluznantemente precisa para los días, los meses, los años, una especie de reloj interno que funciona contra mi voluntad y mi conciencia. Lo que más me impresiona es que opera con tal independencia, que a veces mi comportamiento ha sufrido un cambio inexplicable hasta que me asomo, desconcertada, a los números de un calendario. He desarrollado un miedo respetuoso a esa máquina perversa de recordar aniversarios, que vive entre mi corazón y mi estómago.

Y con un escalofrío en la espalda descubro que no es un miedo sostenido en la nada, y que no hay nada que yo pueda hacer para que los días se repitan una y otra vez, una y otra vez…

El nombre

September 6, 2006


Cualquier destino, por largo y complicado que sea, consta en realidad de un solo momento: el momento en el que el hombre sabe para siempre quién es.

-Jorge Luis Borges

Está a punto de ser luna llena. Como hace un mes, como hace dos meses. Como hace un año. Como siempre. Claudia cambió la orientación de su cama y ahora puede verla desde su desvelo.

Ayer, que yo andaba azuleando la casa con mi cara de extraviada (a decir del buen Yasser), me dijo “¡Ven tantito!” Y nos asomamos por su ventana a la noche plateada de luz selenita, como una luciérnaga blanca a punto de explotar. Aún así se veían las estrellas, había bastantes. A ella se le veía el pelo azul; a mí, blanco. No sé cuánto tiempo estuvimos ahí, con la luna temblorosa reflejada en nuestros ojos, como en el agua, como en el mar. Hasta los ojos me los sentía salados y profundos. Claudia se veía como Candy Candy con esa nariz bonita y respingada que tiene, y el ir y venir del pecho lleno de ojalás.

A mí estas tonterías de ver la luna e intuir que unas calles más abajo (no tantas, no tantas) hay un murmullo, una voz, el lamento apasionado de la espuma, me dan muchas ganas de llorar. Estábamos sumergidas en el alunamiento, y yo escuché clarita la voz del mar. Fue un segundo, una nada, pero lo escuché, como si mi oreja derecha fuera un caracol con el secreto de una ola repitiéndose interminablemente. Sabe mi nombre, ese nombre impronunciable que todos tenemos y que un día le esuchamos susurrar a un árbol, al viento contra las ventanas, en el suspiro de un otro que nos mira. Me llamó por mi nombre, ése que es como de ópalo, salado y nocturno.

Doy gracias por la promesa inconstante de la luna, doy gracias por Claudia, doy gracias por los míos del otro lado del mar, doy gracias por mi nombre pronunciado justo cuando más lo necesito.

¡Al diablo!

September 3, 2006

Hay tres cosas de las que me disgusta hablar: cosas que salen del cuerpo (pipipopocaca y anexos), de dinero, y de política. Esto último no por otra razón más que por mi inseguridad: me siento muy tonta hablando de política. Por supuesto que tengo una postura, por supuesto que me siento responsable y comprometida con causas e ideas, pero los nombres se me olvidan, se me voltean los hechos en el tiempo, confundo caras de señores barbones con otros, en fin. Mi rechazo está marcado sólo por mi propia torpeza.

Pero ahora sí hice el esfuerzo. María, con su acento de gallega indignada, trajo El País hoy y nos dijo “¡Lean esto!”.

Y yo también invito a los seis (6) lectores de este blog a que lean esto.

¿Ya?

Bueno, ahora pueden leer lo que sigue. Como respuesta, queda esta carta redactada entre queso con miel, secadora del cabello y tortilla de patata.

Hemos leído con atención la editorial titulada “El Exceso de Obrador” en la edición del pasado domingo 3 de septiembre. Nos dio la impresión de estar frente a un escrito proveniente de un lugar indeterminado, elaborado quizá en una habitación muy alejada de la realidad política y social de nuestro país, México. Desde su ventana no pueden apreciarse ni siquiera rasgos evidentes, luego entonces, mucho menos los detalles.

España cuenta con la suerte de poseer instituciones soberanas que no pueden, de ninguna forma, ser comparadas con las mexicanas. En el “México Moderno” éstas obedecen aún a los intereses de la política corrupta y los grandes empresarios, no a nuestro pueblo. Una y otra vez se han encargado de demostrar su incapacidad de atender a las necesidades más urgentes de los mexicanos. Nos encontramos a merced de éstas. El gobierno actual utilizó a todas las instituciones para impedir precisamente que seamos un país soberano. Desde la ventana de esa habitación lejana, los medios de comunicación representan una realidad descaradamente falsa, una burla para México. No es serio que El País construya sus editoriales desde representaciones trucadas, retocadas, de la realidad.

Quien afirma que López Obrador es el único que mueve los hilos, el único que impidió que se diera el último informe de Fox, el único que levantó campamentos de miles de personas, el único responsable de las marchas pacíficas de mexicanos en toda Europa, está ciego del ojo izquierdo, el de la Historia. Detrás de un candidato que perdió por un porcentaje irrisorio, está la voluntad de cambio, el hartazgo, la dignidad de todo un pueblo. Así que al diablo con las instituciones, al diablo con la modernidad, al diablo con la democracia, si ésta no incluye a los más desfavorecidos.

¡Al diablo con Claudia, María y Gaby si se aburrieron un rato en este castillito!

¡Manzanita out!

September 2, 2006

He caído en una depresión total. Ni la fabada de María, ni los chocolates, ni un libro de Ciencia Ficció, ni mis botas de precio ridículo de las rebajas pueden sacarme del hoyo. Mi fiel compañera, la Manzanita (unaiBookG4ornamentadaconestampitasdeheladosgalletasymalteadas) sufrió un colapso más o menos inexplicable.

Barcelona es una ciudad fantasmagórica en agosto (hasta Dios está vacaciones), y septiembre inició fin de semana (sagrado para el descanso catalán, así que ninguna sala de emergencias puede atender a mi amiguita, que luce más pálida que de costumbre.

Estuvo advirtiéndome en varias ocasiones que tenía que liberarle un poco la memoria, y justo cuando comencé a hacerle caso, se negó a seguir trabajando. Estoy que me muero de miedo. Como la persona-mediatizada-promedio que soy, tengo la mitad de mi vida dentro de ella; y claro, como persona-descuidada-promedio que soy, no tengo respaldo de la mayoría de las cosas. Estoy que me muero de miedo porque si mi trabajo literario de tres meses se va al cementerio de los Kilobytes, mi vida dejaría de tener sentido.

Pero aún albergo esperanzas. El lunes correré al servicio informático y enfrentaré a la fatalidad, o no. Mientras, escribo en tres libretas distintas con una pluma fuente que me deja el dedo cordial lleno de una necia tinta negra, y me consuela un poco pensar en que así se veían los dedos de Virginia Woolf (me vuelvo a deprimir cuando recuerdo que estoy a centurias luz de Virginia Woolf). Escribo un relato lleno de tachones, borrones, palabras al margen, flechas y asteriscos, anclada en medio del mar del siglo pasado.

Estoy que me muero de miedo.

Insomnio Regresivo

September 1, 2006

Cuando no puedo dormir me siento exactamente igual que cuando tenía siete años. Me desespero, me tallo los ojos con el dorso de la mano, trato de respirar normalmente, de ignorar las arañas gigantes fosforescentes que seguro me miran desde el techo. Voy al cuarto grande y enciendo la Betamax (¡Au!). Trato de no despertarlos y le bajo casi todo a la tele. Me enrosco como un gato en sus pies, y trato de arrullarme con Mazinger Z. Me despierta más, soy muy fan… Ellos se despiertan. Lo intentamos con Bugs Bunny y Ventolín. Toda chapeada, me despierto y ya no es hora de ir a la escuela.

Pero aquí no hay Beta, y tengo ya veinte años más. Estoy en Vilobí -gracias a una generosa invitación-, en una masía refrescada por nuevas generaciones. Es una construcción increíble, laberíntica, en medio de verdor y olor a rocío. El cielo aquí parpadea constantemente, lo cruzan estrellas fugaces. Montserrat se adivina en el horizonte somnoliento. Hay un perrito viejo que se llama Dos y un queso que lo sube a uno en una nube. Después de un día delicioso y una noche chistosísima, todos duermen. Menos yo.

La casa del asmático es la casa del insomnio. No nos queda más remedio que deambular entre sillas, espejos y otros seres inmóviles. Las casas adquieren un aspecto muy distinto a la luz de las sombras, en la penumbra, en el azulvioleta de la madrugada crisálida, que lentamente se convierte en mañana.

Antes que despunte el día, se puede notar la bella tapicería de un asiento viejo que se esconde bajo capas de polvo, sobresaltarse porque hay sillas con un respaldo tan torneado como un perfecto busto humano (acto seguido: tropezarse, golpearse la espinilla o el dedo chiquito del pie). También es posible descubrir por el balcón a aquellos que salen o entran de casa furtivamente. Imaginar sus vidas, sus motivos, sus recompensas. Y el insomnio se prolonga, pero es más salado, más interesante. Menos penoso.

Deambular por una casa antes del amanecer es arriesgarse a descubrir la verdadera identidad de una mesa, un armario, una cortina de baño.

Los únicos acompañantes en esta aventura siempre son los perros, los gatos, un libro. Un reproductor de música al que se le acaba la pila. Un libro. Éste nos hace compañía de una manera más correcta y gentil. Nos habla entre las gotas que salen del grifo de la cocina y los crujidos de la madera reacomodándose en su sueño. Y también un poco en silencio, la cola, las patas, los grñurrgh de un perro son suaves y reconfortantes palabras. El ronroneo de un gato. La complicidad de una ventana.

Ya amanece. Mi respiración se serena despacio. El sol, que odia los secretos, anula poco a poco el encantamiento. Las fronteras se convierten en puertas, los pasos de un fantasma en la cortina rozando el suelo; esos rostros pálidos, cejones de la pared, se convierten de nuevo en relojes. El trinar de los pájaros es la estocada final a la fantasía. Vuelvo a tener veintisiete.

Vilobí, Vilafranca del Penedès.