iPod guardapelo

María llegó de México cansada de portarse bien. Su característico desparpajo gallegofeminista se desparramó en cuanto nos abrazamos en la puerta de llegadas del Aeropuerto de El Prat. "¡Qué país!" dijo con una de sus expresivas caritas, y yo aún no sé qué quiso decir con eso. Veracruz le fascinó, pero la Gran Tenochtitlan la aterró.
Llegó cargada de presentes para nosotras: a Claudia, la familia la llenó de dulces y ¡albricias! un TVyNovelas, que ocupa el número 1 de los más leídos en esta casa, incluida la misma María. A mí me llegó un maravilloso librito con dedicatoria de Alfonso, chocolates Carlos V; un cd grabado por Amélie; sorpresivamente, un iPod (esta gente no sabe lo que ha hecho); y una carta de mamá. En ésta venía dentro una foto de ella (glamour total) y Carlitos, el próximo millonario erótico (a decir suyo) que justo ayer cumplió doce años. Y traía consigo una noticia, también: mi hermana no anda muy bien de salud.
No sé muy bien qué hacer en esta ocasión. En realidad, no sé muy bien qué hacer en muchas ocasiones, y el amor que siento por mi hermana me paraliza aún más el sentido común. Ayer que la escuché al teléfono, me tranquilizó, como siempre, como la hermana mayor que le toca ser. Me dijo "no es nada, habrá que ver qué dicen los estudios" risueña, con esa voz que es también la mía, algo así como una música idéntica que decidió ser nuestro único parecido. Hicimos las bromas macabras de toda la vida y nos dijimos lo mucho que nos queremos. Le supliqué que se cuidara y ella prometió que lo haría -sé que no me hará mucho caso-. Pero eso no es suficiente. Yo quiero hacerme corazón y latirle como un reloj perfecto en el pecho.
Es increíble cómo los humanos nos encargamos de hacer una herramienta para los sentimientos hasta de las cosas más ajenas a la carne y las lágrimas. Cuando estoy triste, se me ocurre escribir aquí, en mi propio periódico inexistente, intocable, hecho de ilusiones electrónicas. Y iPodcito (claro, ya lo bauticé) es un sucedáneo de ese instrumento del siglo pasado, el guardapelo colgante del cuello. En él, también inasibles, inodoras, guardo minifotografías que me suben el ánimo. Pero sobre todo, llevo a mi hermana y a sus canciones, esperando que con su ritmo se sincronicen nuestros pulsos, como cuando yo tenía diez años y ella diecisiete, y se abrazaba a mí porque le daba miedo la obscuridad.

