-”¿Dónde andas?”
-”Aquí, ya, aquí…”
Mi desaparición de la vida virtual tiene como pretexto un montón de aventuras (París, Jodorowsky, Cartagena, la música, un robo y viajes al pasado, entre ellas) que espero irles compartiendo a cucharaditas. Pero (y he aquí el porqué del título de este post) también el asunto Castillejos. ¿De qué estoy hablando? de un piso-hoyo negro en el barrio de Horta Guinardó, en Barcelona, que a ratos se ha tragado a personajes de distintas partes del mundo. Claudia, en la excelente invitación que hizo para nuestra última fiesta, incluyó esta imagen cuyo fotograma más viejo debe tener unos dos añitos. Parece poquito, y sin embargo, como reza el convite, Argentina, Bélgica, Brasil, Ecuador, Estados Unidos, Italia, Holanda, Japón y México han dejado las huellas de sus deditos en las paredes de este hogar (que tendremos que limpiar profundamente antes de que la dueña exprima hasta el último céntimo de nuestra fianza).

Por lo pronto, parte de la familia de este piso que ahora habitamos México vs. Holanda (qué cruel y divertirdo es cabulearse diariamente a un güero de dos metros entre tres chilangas y dos durangueños) ya tenemos nuevo hogar. Algunos vuelven a casa, otros, aún indecisos, coquetean con Barcelona y sus demás barrios. Lentamente vamos pensando en despedirnos de los amaneceres, viendo el mar desde la terraza, los desayunos en nuestra inmensa cocina, y nuestras míticas fiestas odiadas por nuestros adorables vecinos (prometemos, queridos, que ésta será la última). (grande).
Ah, la nostalgia me invade. Y es que, creo, estas ventanas y espejos me han visto crecer casi tanto como mi casa defeña. Porque las he abierto en compañía de personas entrañables, porque en ellos me he reflejado sola. Porque cada vez que salgo del elevador soy distinta, soy seis pisos más fuerte, más cariñosa, o más cuidadosa. Cuántos pactos y confesiones tenemos esta casa y yo, ella silenciosa y cómplice, acogiendo dulcemente mis desvelos, me pasea amable por su obscuridad mientras todos duermen. Ahora que puedo, abrazo sus frescas paredes en estas noches calurosas. Y espero que mi cariño, mi aprendizaje, mi gratitud, sean eco para los pasos de los que vendrán.
Cuando llegué, escribí para mi curso de catalán unas cuantas anécdotas de mi vida en este piso, que poco a poco fueron convirtiéndose en mails, que poco a poco fueron convirtiéndose en este blog. Aquí les pongo un trocito de uno de tantos Castillejos, a manera de homenaje a ésta, nuestra casita.
EL ROMPECABEZAS DE BABEL

La Calle de los Castillejos, cuya trabajosa pendiente nos hace perder el aliento, es la que transitamos cada día las ajetreadas mentes que habitamos este piso. Este fin de semana estuvimos buscando un nuevo compañero, pues Patricio, el ecuatoriano, tenía forzosamente que decirnos adiós. Llegaron una cantidad impresionante de chicos a mirar con ojos y lenguas asustados el lugar en el que probablemente vivirían durante los próximos seis meses. Hubo de todo: un italiano al que se le iban las cabras, un francés que hablaba con un perfecto acento español, y claro, como en chiste, no podía faltar el mexicano sácalepunta…
Lo más curioso es que la mayoría de nuestros visitantes tenía severos problemas con la lengua. Los italianos que vinieron se reían y medio entendían, los franceses decían “¡mèrde!” cada vez que no sabían cómo expresar algo, mientras que nosotros, pacientes, les sonreíamos y tratábamos de completarles la idea. Michiel (que se pronuncia más o menos como “Mijil”), el alma alegre de nuestro piso, un belga de 1,85 de altura, tenía casi los mismos problemas hace unos meses. A mí me decía, sin conocerme, “Jaavi”, e incluso hoy sigue diciendo palabras que a nosotras nos parten de la risa y que son todo un concepto, como “otramente” (para expresar “de cualquier manera”) y “cuando quieres” (que aquí quiere decir algo como “si deseas”). Pero convivir con tres mexicanas que todo el tiempo platican –o, formalmente, conversan- entre risas, ha producido notables mejoras en su manejo del idioma. Dentro de éstas se incluyen el uso de expresiones como “ahorita” y “¡pobrecita!”.Del catalán, ni hablar. Ninguno de ellos parecía ni por asomo preocupado ni por no saberlo, ni por aprenderlo.
Dentro de los múltiples candidatos, uno se destacó por su maravilloso abuso de las palabras “si” y “gracias”: Taka, un japonés que trabaja como entrenador de futbol de adolescentes. Cuando le dijimos que lo habíamos escogido a él, se puso radiante, y no dejaba de decirnos “estoy muy contento, muchas, muchas gracias”. Cabe decir que sus sinceros y cálidos agradecimientos tocaron una fibra sensible en los corazoncitos mexicanos, que suelen decir las palabras mágicas (”por favor” y “gracias”) no como una simple cortesía, sino como todo un discurso de disfrute de la compañía de los otros, un reconocimiento de lo que los demás hacen por uno, en fin…
Después de charlar un rato, le pregunté cuál era su nombre completo (como parte de una estrategia para ver si me lo escribía, cosa que me ilusionaba mucho) y nos dijo que era Takanobu. Como si me hubiera leído el pensamiento, hábilmente trazó los caracteres nipones que lo distinguen, y me explicó que su nombre se componía de dos partes: Taka, y Nobu. La primera significa “Respeto”, y la segunda, “Confianza”. Al parecer, sentía la necesidad de explicarnos quién era a partir de su nombre. Y en el silencio respetuoso que todos guardamos, pensé que quizá los demás también deberíamos hacerlo. Le dije que mi nombre, Gabriela, significa “protegida por dios”. Tuve muchas ganas de contarle la leyenda del arcángel Gabriel, en la que éste, como único sabedor de la verdad de la creación, se mete en cada pancita preñada. Durante los nueve meses de gestación, le cuenta a cada bebé el propósito de la vida, y después, al momento de nacer, les sella los labios para que no lo puedan contar con palabras humanas. No lo hice porque me dio un poco de penita.
Pero pensé que quizá ese secreto que Gabriel nos contó es algo que todos percibimos cuando no podemos traducir del todo en otro idioma ciertas ideas. Y, de una manera muy especial, también se produce cierto halo divino cuando entendemos los bemoles de una lengua extraña, como si por un breve instante algo, por fin, adquiriese sentido.
Hay muchas formas de intentar describir ese dulce secreto: español, inglés, japonés, catalán, portugués… quizá cada una de ellas tiene una parte, como si se tratara de las piezas de un rompecabezas, infinito mosaico de sobrenaturales escenas. Ojalá pudiera juntarlas todas.
Febrero, 2005.
