Me siento mal porque maté a una cucaracha

July 25, 2006

No, no es el título de una novela “progre”, ni de una canción wannabe-punkie, es real: acabo de matar a una pobre cucaracha que, por desgracia, entró a curiosear a mi cuarto.

Desde hace ya muchos años tengo un decálogo personal un tanto absurdo (por poner un par de ejemplos: ser amable por sobre todas las cosas, no escuchar nunca, por más de cinco segundos, una canción de Paulina Rubio; leer un libro por semana, no comer betabel ni hígado, no matar a ningún pobre bichito sólo porque me ocasione temor o repugnancia). Absurdo, sí, pero al fin y al cabo un decálogo, lo que me hace sentir una persona con eso que los sociólogos llaman sistema de valores (digo, en este mundo bombardeado es necesario tener, al menos, unas cuantas certezas ético-domésticas). Y lo acabo de romper. Así que me he puesto un poco triste.

Como la pecadora cristiana taaan siglo diecinueve que acude al padrecito para confesar que le dijo tres veces “mensa” a su hermana, le dio un beso de piquito al muchacho de las telas y tiró un bordado a la basura porque no le gustó cómo iba quedando, así acudo ahora yo a este espacio público para evidenciar mi falta y sentir la redención de la vergüenza pública. A manera de justificación, tengo que decir que el cuasi insoportable calor mediterráneo de esta ciudad ha hecho que las cucarachitas hayan decidido pasear de vez en cuando por este piso, sobre todo si el holandesito de la habitación contigua decide traerse la cena a su camita mientras ve telenovelas en “dutch” por internet.

Tenía tanto sueño que la idea de apagar la luz mientras la criatura explorara mis zapatos, mis aretes, mis libros y ¡aaarrrgghh! mis sábanas, no me parecía nada conveniente. Traté de arrinconarla para que se saliera, no se dejó. Le dije “en verdad lo siento” antes de convertirla en una mancha más del suelo. Mi código ético me atormenta y me digo “no es una mancha, es un cadáver”. ¿Quién nos asegura que las cucarachas no tienen un objetivo vital, gustos, planes, deseos? ¿No seremos nosotros, acaso, las cucarachas de la cocina del universo?

En fin, perdonen queridos lectores, pero es que en el mundo aún habemos personas que, literalmente, no mataríamos ni a una mosca.

Los Usurpadores de Cuerpos

July 22, 2006

ENFERMERA: Buenos días, dime.
ÉSTA: Hhh… hhh…hhh…(jadeos)
ENFERMERA: ¿estás mareada o algo?
ÉSTA: (tomando aire) No (risitas). Es que soy asmática.. y esta subidita…por eso vengo.
ENFERMERA: Ah, vale. ¿Me dejas tu carnet de estudiante?
ÉSTA: Claro. Aquí tiene.
ENFERMERA: Muy bien, Claudia. ¿Cuál es tu fecha de nacimiento?
ÉSTA: El nue…ejem, el treinta de octubre de 19..
ENFERMERA: Y tu dirección, Claudia, ¿me la das?
ÉSTA: (qué suerte que es la misma) Castillejos blablabla…
ENFERMERA: ¿tienes el DNI o el pasaporte? ¿Claudia? (no se le podía olvidar)
ÉSTA: Ehhhh… no, pero tengo anotado el número, se lo doy.
ENFERMERA: Perfecto, Claudia. Ahora te llama el médico, Claudia.

MÉDICO: ¡Hooola, Claudia! ¿Cómo te encuentras?
“CLAUDIA”: Ehhh, pues no muy bien…
MÉDICO: Sí, ya veo, Claudia, tendremos que mantenerte quietecita en cama por un rato, ¿eh? ¿Claudia? ¡Jo jo jo! (Sí, riendo igual que Santa Claus)
“CLAUDIA”: ah ha ha…
MÉDICO: No me explico cómo andas así por ahí, Claudia. Tenéis que cuidaros más, Claudia, jojojo, Claudia.

El legendario parecido entre los perros permitió esta diabólica consulta médica, pues no había otra manera de acceder a un doctor que me sacara del pantano sin cobrarme una millonada. Usurpé el cuerpo de mi amiga a tal grado que me sentí diez centímetros más alta y con nariz respingada. Estoy tomando una farmacia entera, pero parece estar funcionando, aunque con ciertos efectos secundarios (lectura obsesiva de ciencia ficción y estado de somnolencia permanente).

Niels (el holandés errante) ha levantado sus dos metros de humanidad de la cama para ponerse a limpiar todo el departamento. Sí: ¡NIELS! Sin duda, es obra de los usurpadores de cuerpos. Me horrorizo aún más cuando veo que puso a lavar la cortina de la regadera y talla con fuerza la taza del baño. ¿Está encogiendo o es mi imaginación? ¿Qué es eso que sale de su espalda…?

Ahora yo soy la usurpada: se me metió un alien. Mi aspecto actual es el de una mujer-vampiro de ojos y labios rojo sangre. En cualquier momento Lacosadelotromundo saldrá corriendo desde mi nuca y se esconderá en un rincón de la casa. Lo presiento.

En fin, es el precio por disfrutar de más una idílica semana. No cabe duda de que fui observada por duendes envidiosos, o por los usurpadores de cuerpos. A nadie se le permite ser un poquito feliz, caray.

El fin de la era Castillejos

July 20, 2006

-”¿Dónde andas?”

-”Aquí, ya, aquí…”

Mi desaparición de la vida virtual tiene como pretexto un montón de aventuras (París, Jodorowsky, Cartagena, la música, un robo y viajes al pasado, entre ellas) que espero irles compartiendo a cucharaditas. Pero (y he aquí el porqué del título de este post) también el asunto Castillejos. ¿De qué estoy hablando? de un piso-hoyo negro en el barrio de Horta Guinardó, en Barcelona, que a ratos se ha tragado a personajes de distintas partes del mundo. Claudia, en la excelente invitación que hizo para nuestra última fiesta, incluyó esta imagen cuyo fotograma más viejo debe tener unos dos añitos. Parece poquito, y sin embargo, como reza el convite, Argentina, Bélgica, Brasil, Ecuador, Estados Unidos, Italia, Holanda, Japón y México han dejado las huellas de sus deditos en las paredes de este hogar (que tendremos que limpiar profundamente antes de que la dueña exprima hasta el último céntimo de nuestra fianza).

Por lo pronto, parte de la familia de este piso que ahora habitamos México vs. Holanda (qué cruel y divertirdo es cabulearse diariamente a un güero de dos metros entre tres chilangas y dos durangueños) ya tenemos nuevo hogar. Algunos vuelven a casa, otros, aún indecisos, coquetean con Barcelona y sus demás barrios. Lentamente vamos pensando en despedirnos de los amaneceres, viendo el mar desde la terraza, los desayunos en nuestra inmensa cocina, y nuestras míticas fiestas odiadas por nuestros adorables vecinos (prometemos, queridos, que ésta será la última). (grande).

Ah, la nostalgia me invade. Y es que, creo, estas ventanas y espejos me han visto crecer casi tanto como mi casa defeña. Porque las he abierto en compañía de personas entrañables, porque en ellos me he reflejado sola. Porque cada vez que salgo del elevador soy distinta, soy seis pisos más fuerte, más cariñosa, o más cuidadosa. Cuántos pactos y confesiones tenemos esta casa y yo, ella silenciosa y cómplice, acogiendo dulcemente mis desvelos, me pasea amable por su obscuridad mientras todos duermen. Ahora que puedo, abrazo sus frescas paredes en estas noches calurosas. Y espero que mi cariño, mi aprendizaje, mi gratitud, sean eco para los pasos de los que vendrán.

Cuando llegué, escribí para mi curso de catalán unas cuantas anécdotas de mi vida en este piso, que poco a poco fueron convirtiéndose en mails, que poco a poco fueron convirtiéndose en este blog. Aquí les pongo un trocito de uno de tantos Castillejos, a manera de homenaje a ésta, nuestra casita.

EL ROMPECABEZAS DE BABEL

La Calle de los Castillejos, cuya trabajosa pendiente nos hace perder el aliento, es la que transitamos cada día las ajetreadas mentes que habitamos este piso. Este fin de semana estuvimos buscando un nuevo compañero, pues Patricio, el ecuatoriano, tenía forzosamente que decirnos adiós. Llegaron una cantidad impresionante de chicos a mirar con ojos y lenguas asustados el lugar en el que probablemente vivirían durante los próximos seis meses. Hubo de todo: un italiano al que se le iban las cabras, un francés que hablaba con un perfecto acento español, y claro, como en chiste, no podía faltar el mexicano sácalepunta…

Lo más curioso es que la mayoría de nuestros visitantes tenía severos problemas con la lengua. Los italianos que vinieron se reían y medio entendían, los franceses decían “¡mèrde!” cada vez que no sabían cómo expresar algo, mientras que nosotros, pacientes, les sonreíamos y tratábamos de completarles la idea. Michiel (que se pronuncia más o menos como “Mijil”), el alma alegre de nuestro piso, un belga de 1,85 de altura, tenía casi los mismos problemas hace unos meses. A mí me decía, sin conocerme, “Jaavi”, e incluso hoy sigue diciendo palabras que a nosotras nos parten de la risa y que son todo un concepto, como “otramente” (para expresar “de cualquier manera”) y “cuando quieres” (que aquí quiere decir algo como “si deseas”). Pero convivir con tres mexicanas que todo el tiempo platican –o, formalmente, conversan- entre risas, ha producido notables mejoras en su manejo del idioma. Dentro de éstas se incluyen el uso de expresiones como “ahorita” y “¡pobrecita!”.Del catalán, ni hablar. Ninguno de ellos parecía ni por asomo preocupado ni por no saberlo, ni por aprenderlo.

Dentro de los múltiples candidatos, uno se destacó por su maravilloso abuso de las palabras “si” y “gracias”: Taka, un japonés que trabaja como entrenador de futbol de adolescentes. Cuando le dijimos que lo habíamos escogido a él, se puso radiante, y no dejaba de decirnos “estoy muy contento, muchas, muchas gracias”. Cabe decir que sus sinceros y cálidos agradecimientos tocaron una fibra sensible en los corazoncitos mexicanos, que suelen decir las palabras mágicas (”por favor” y “gracias”) no como una simple cortesía, sino como todo un discurso de disfrute de la compañía de los otros, un reconocimiento de lo que los demás hacen por uno, en fin…

Después de charlar un rato, le pregunté cuál era su nombre completo (como parte de una estrategia para ver si me lo escribía, cosa que me ilusionaba mucho) y nos dijo que era Takanobu. Como si me hubiera leído el pensamiento, hábilmente trazó los caracteres nipones que lo distinguen, y me explicó que su nombre se componía de dos partes: Taka, y Nobu. La primera significa “Respeto”, y la segunda, “Confianza”. Al parecer, sentía la necesidad de explicarnos quién era a partir de su nombre. Y en el silencio respetuoso que todos guardamos, pensé que quizá los demás también deberíamos hacerlo. Le dije que mi nombre, Gabriela, significa “protegida por dios”. Tuve muchas ganas de contarle la leyenda del arcángel Gabriel, en la que éste, como único sabedor de la verdad de la creación, se mete en cada pancita preñada. Durante los nueve meses de gestación, le cuenta a cada bebé el propósito de la vida, y después, al momento de nacer, les sella los labios para que no lo puedan contar con palabras humanas. No lo hice porque me dio un poco de penita.

Pero pensé que quizá ese secreto que Gabriel nos contó es algo que todos percibimos cuando no podemos traducir del todo en otro idioma ciertas ideas. Y, de una manera muy especial, también se produce cierto halo divino cuando entendemos los bemoles de una lengua extraña, como si por un breve instante algo, por fin, adquiriese sentido.

Hay muchas formas de intentar describir ese dulce secreto: español, inglés, japonés, catalán, portugués… quizá cada una de ellas tiene una parte, como si se tratara de las piezas de un rompecabezas, infinito mosaico de sobrenaturales escenas. Ojalá pudiera juntarlas todas.

Febrero, 2005.