Un billete de Bagdad

Para Riverbend.
En mi otra vida, antes de la terrible inundación de la biblioteca, yo tenía un novio que tenía una familia a la que yo quería muchísimo. Comenzó como una excentricidad del papá, eso de andar comprando librajos por el Amazon sobre Armas Químicas no parecía ser una cosa trascendental… hasta que comenzó a meterse como la niebla la amenaza bélica en Irak. Pronto, la Organización de las Naciones Unidas se comunicó con los diferentes expertos de esa precisa materia en varios países, y nuestro estimado ocioso pronto se convirtió en un diplomático que tendría que dejar la cátedra en la universidad un par de meses con la finalidad de recibir el entrenamiento y la capacitación necesarias para ir en busca de las supuestas armas de destrucción masiva que Irak estaba escondiendo… para así, pues, justificar la guerra, o la paz. Así, surgió primero un curso en Viena, luego un montón de papeleo y especulaciones, y de sopetón, la noticia: “tengo que irme a Irak”. De pronto, un fantasma entró a nuestras casas defeñas, sureñas, un tanto inocentes: el fantasma de la guerra.
Esa cruel y brumosa presencia nos quitaba el sueño. Su esposa estaba entre triste, orgullosa y angustiada. Su hijo, igual, y además, asustado. La comunicación estaba condicionada por la disponibilidad de la corriente eléctrica, las líneas telefónicas, y el clima de seguridad en general. Había medidas rigurosísimas que había que cumplir, como la de una lista de equipaje mucho más restringida de lo normal, una maleta de características especiales que debía estar lista para salir en cualquier momento, toque de queda en un búnker-hotel, etcétera.
El colmo era el acoso al que la familia era sometida por parte de los medios de comunicación. Todo el pinche día querían entrevistas, fotos, carne fresca del drama familiar por tener a uno “de los nuestros” en Irak. Vaya, hasta yo salía cual Lupita D´Alessio en fotos de paparazzi chafa. Y así, un día la tele nos informó de un accidente, tal vez en Basora, en el que había muerto un inspector. Ahí sí que hubiera habido drama familiar de no ser porque él tuvo la suerte de poder comunicarse antes a la durmiente Ciudad de los Palacios.
Y después, estalló la guerra. Las Naciones Unidas lo sacaron corriendo, a él y a muchos otros que hablaban muchas lenguas distintas, sin poder descubrir ni desmentir prácticamente nada. Cuando volvió, trajo memorias agridulces. Unas eran de la ciudad y la belleza con la que uno podía tropezarse. Varias, de la política y sus mierdas. Otras, de la comida (que no le gustaba y por la que yo babeaba). Muchas más, del ambiente temeroso, apagado, del espíritu asustado de su gente. Para él era terrible reconocer paisajes derruidos por la televisión que no hacía mucho había visitado. A mí y a mí papá nos trajo a manera de souvenir un par de dinares con la cara de Hussein, aún. “¡Por el parecido, claro!” se burlaba mi mamá de nosotros y de la ojerosa herencia árabe del abuelo que compartimos.
Yo veía y veía y tocaba los billetes. Recuerdo que pensé, ya estúpidamente a salvo de ese fantasma de la guerra (aunque no había hecho más que comenzar), en las manos por las que habrían pasado antes de las mías. Traté de imaginar sus rostros, sus historias. Sobando la cara de Sadam Hussein pedí a loquefuesedondefuese paz para sus almas, tranquilidad y fortaleza para sus familias. Pensé que quizá entre ellos habría una chica enamorada, como yo. Y tomé la delgada mano del que entonces era mi compañero, apretándola fuertefuerte. Y yo creía, de verdad creía, que el amor era capaz de protegerlo todo.
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El jueves fuimos el perrito y yo a la presentación de un blog hecho libro, el blog de una joven que es y que bebe Irak, una edición, pues, a la que un excelente, elocuente y articulado presentador de libros que ha descubierto que la hipertextualidad oral es un arte filigranoso, y que además es un blogger de los chidos y al que apreciamos un chingo, le ha dedicado una buena cantidad de energía y sincero entusiasmo.
Comentábamos después cómo los buenos libros pueden diversificarse en tantos intereses distintos. Están, por un lado, los que piensan que lo fundamental es que se trata de una mujer que escribe y denuncia una realidad tremenda. Están, por otro, los que consideran primordial el tema de la guerra en Oriente Medio, o a la guerra en sí. Y están también los que creen en la posibilidad de que la vida de una persona sea como una ventanita que nos permita asomarnos a otras formas de estar y comprender el mundo, y también los que se emocionan porque un blog se haga como Pinocho: “un niño de verdad”. Ay, hasta cuándo esta necesidad de toquetear al mundo… (sin albur).
(Mención aparte merece el viejito preguntón, megáfono interior e incoherencia discursiva incluidos, que ya se quería abofetear a una señora que amablemente le hizo “shhhh…” La verdad, no le digan a nadie, pero Claudia y yo comenzamos a sospechar que somos nosotras las que los atraemos, porque ya es el tercero que nos toca…)
Yo estoy bien contenta por el nacimiento de un libro más, de todas estas posibilidades, y por poder hacer de letras luminosas en una pantalla, palabras intercambiadas en un intento de bilingüismo armónico entre chelitas. Y porque mañana me van a llevar de paseo a la playa. Y porque hoy me compraron un helado de nata. Y ya.
