El corazón no queda tan lejos

Este chulo pizarroncito es uno de los rescates de los “dijous de trastos” (o “jueves de los trastos”). En Barcelona, todos los jueves la gente saca a la calle aquellos muebles que ya no le sirven o bien, que simplemente ya no quiere ver en su casa y posiblemente le sirvan a alguien más. Así, hay dos televisiones de muy buen ver plantadas en el salón de nuestro piso (pero esas sí las echaron porque ya no daban ni para el arranque… una estafa).
Y en este pizarroncito, Claudia escribió la bienvenida, y Roberto dibujó un perrito. Como cuando un cachorro llega a un hogar, a mí me dispusieron mi sitio, una acogedora camita con cobijas, un buró con una lámpara azul y un escritorio con una hermosa flor roja (una gerbera, mi favorita).
El asunto del sueño ha sido problemático: no dormí nada en el viaje, y tampoco he podido pegar ojo a las horas convenidas por este lado del mundo, pero poco a poco me voy obligando. Claudia y yo nos estamos poniendo apenas al corriente. Estamos completas y contentas, contentas. Ella es, en sí, el hogar que me abraza aquí (y yo, creo, un pedacito de hogar de allá que aquí la viene a abrazar). Ambas tenemos una sensación que ella describió magistralmente: “es como si le hubiéramos puesto pausa y justo ahora comenzara a correr de nuevo” la película, el disco, lo que sea que sea nuestra vida compartida. Yo experimenté la extraña certeza de que por el balcón, al asomarme, vería el carrito del amable señor de los elotes…
Y no. En su lugar, estaba el mar, a lo lejos, esperándome.
El domingo fui a presentarle mis respetos como es debido. Me saludó con su fresco viento mediterráneo que me obliga a usar suéter en junio. Y como dos cachorritos nos saludamos, lamiéndonos. Las nubes sonrojadas nos miraron mirarlas, dos niñas y un niño que ríe en travieso silencio con nosotras. Caminar por las calles que me conocen, que me han visto tristear, encontrarme a la gente con la que trabajé por la calle, en el súper, ir a pie y reconocer cómo las horas van pasando, me hacen sentir de nuevo en esta ciudad pueblerina, en este pueblo citadino que para mí ha sido Barcelona. Casa y refugio, distancia y nostalgia a través de la fría caricia del cristal de un autobús.
En el Bus 39, una niña-muñeca de tres años -güerita peinada con dos colitas, ojitos azules, boca, vestido y zapatitos color cereza azucarada jugaba con su primo (¿o su hermano?) de unos 13. Y reía y reía, y sus tías (¿o sus tías abuelas?) la miraban y sonreían. Y el chico le hacía cosquillas, la mordía, la retenía, le prohibía retorcerse como gusano, y ella disfrutaba gritar como en las películas, desesperada, pero a carcajadas, tratando de llamar la atención a través de la ventana: “¡AUXILIIII! ¡AUXILIII! ¡AJUDAAAAA!”
Y todos en el bus reíamos, cada uno por sus razones. Las tías, porque ya le conocen esos memorables episodios, los demás pasajeros, porque les resultaba encantadora. Yo, porque mi hermana, a decir de mamá, gritaba del mismo modo, tan cinematográficamente, cuando se veía en apuros. Yo era demasiado pequeña para recordarlo, pero pensé en ella, en su risa que aún es de chamaquita, en mi sobrina y sus vestiditos, en mis sobrinos y sus pleitos, en nosotras, allá lejos en el tiempo y en los miedos que no podían existir si estábamos juntos esos cuatro que somos y que ahora no deseo que existieran nunca entre los que quiero. Y sentí que, después de todo, el corazón nunca nos queda lejos, aunque tomemos un avión que nos lleve a ver nuestra casa desde el otro lado del mar.
