Arqueología propia (Verano)

June 29, 2006

I.

Cómo recuerdo el cemento caliente bajo mis pies, ese cemento caliente caliente que quema, pero que se vuelve tibio cuando un charquito de agua lo refresca. Recuerdo así que a mi familia le gustaba salir de vacaciones en el verano. Íbamos a Veracruz, donde la arena es fina como polvorón, casi negra como ceniza. Creo que ahí el mar y yo nos conocimos. Por lo menos, el primer recuerdo que tengo es el de mis pies hundiéndose en la arena húmeda, ese hermoso e interminable mareo que provoca la ola cuando se retira debajo de nosotros. Perdí el equilibrio, pero de una mano y de otra, Carlos y Ludmila me sostenían. Recuerdo eso, mis pies gorditos, la espuma del mar y el suave siseo de su retirada, la mano perfumada de mamá asiéndome, la de papá, envolviendo la mía, una miniatura suya.

II.

Una vez instalados, yo no salía nunca de la alberca. Ahí abajo era una sirena, ¡una sirena! A veces mi hermana y yo jugábamos al Tiburón. Yo era una latosa , pobrecita. Ella ya había pasado la edad de los juegos, y estaba en la dulce penumbra del conquistar, y broncearse, y beber de un popote alguna bebida despacio, despacio para perderse en sus pensamientos. Arriba del agua, sin cola de pez, yo hacía dibujos en la arena con la esperanza de que alguien entendiera su significado. “Conjuros” decía yo. Pero yo tampoco sabía que significaban. El sol se ponía y todo era de color naranja. Yo comenzaba a crecer porque cada vez entendía menos, porque el mar me atraía de forma siniestra.

III.

Papá y yo nos escapamos solos una vez. Yo tenía catorce años. Fuimos a Acapulco en una época de marañas y grietas familiares. El walkman era mi posesión más preciada. Oía a Nirvana, a The Art of Noise, el disco más extraño y lúcido que hizo Miguel Bosé (XXX). Comimos en ese lugar donde la familia había compartido infinidad de anécdotas (cangrejos asesinos, hamacas hechizadas, hermosos crepúsculos, revolcones de olas bravas). Ahora yacíamos sentados en viejas sillas carcomidas por el mar, disfrutando la estrechísima complicidad de los que se sienten solos. Caía la tarde interminablemente. El mar rugía. Y mi papá, dulce, me dijo que algún día me enamoraría. Y yo me reía, porque pensaba que no estaba hecha para esas cosas. El mar y la música, y el sol cayéndose de sueño, el mar, la música, un libro, el sol durmiendo, el cielo morado, flotar debajo del agua, un cuaderno de notas, las ventanas. La espuma, la música, las ventanas, eso para mí era suficiente.

IV.

¿Cuál es el chiste de las vacaciones cuando se tienen dieciséis años? Tirarse a dorar al sol. Hacer amigos. No hacer el ridículo. Presumir la figura en traje de baño. Divertirse. Enamorarse.
Siempre tuve amigas hermosas, risueñas, con montones de amiguitos. Me invitaban a sus casas a nadar a dormir hasta tarde, a coleccionar episodios con chicos, a emocionarnos con canciones pegajosas. Y yo iba, y me divertía, y hacía montones de amistades, y guardaba todas esas postales irrepetibles en mi ánimo. Pero había un huequito. Nadie se enamora de una que lee y lee mientras las demás se carcajean en bikini. A mitad de la fiesta, me escurría en la parte solitaria de las casas. Una pluma y una servilleta llenaban el huequito. Y ya, después, podía hacer como que me divertía, como que era igual de feliz, joven y hermosa.
La verdad es que siempre he sido una viejita que observa esos paisajes de tiempo presente con nostalgia.

V.

Un departamento al más puro estilo Mauricio Garcés. El paisaje del Acapulco nocturno está vivo, palpita con un ritmo igual que el de las películas del Santo. Un tiempo compartido en un hotel glamour, de albercas interminables y hot-dogs de 40 pesos. Pura complicidad femenina entre los wateraerobics y los antrillos baratos de la Costera Miguel Alemán. Una noche, caminando por la playa, cautelosa, fina, obscura, una toruga se deslizó frente a nuestros ojos. La seguimos (después de pensar que era una cabeza humana viva o algo terrorífico). Con dolor, pone sus huevos. El encargado de proteger el campamento nos coloca uno en la mano. Está tibio y viscoso. Es una promesa que habrá que cuidar para que vuelva al mar, es una tortuguita incipiente que no necesita buscar un destino porque se lo sabe de memoria. Es una promesa. Las promesas son tibias y viscosas, y luego se van derechito al mar.

VI.

Casi se nos iba el autobús a Oaxaca, pero lo alcanzamos. Llevábamos todo el camino hablando. Mi mamá y la comida oaxaqueña lograron callar a estas dos amigas a las que no se les acaba la batería. Un perro café nos saluda al llegar al hotel. A medianoche nos despierta el insomnio. El perro nos acompaña ladrando bajo nuestra ventana. Esa noche entendimos que éramos perros también. Después de un intenso encuentro, nos tumbamos en la arena, de madrugada. Y esta arena, como azúcar, como polvo de seda, se me escapa entre los dedos. Dentro de mí tarareo a Radiohead. Arriba, el cielo es una capa de terciopelo azul. Lo veo y no lo creo: una estrella fugaz. Claudia contuvo la respiración “¿Ya viste?” Otra, y otra, y una más, muchas estrellas fugaces. Y esa anciana que soy respira, a veces, tan intensamente como su brillo.

Un billete de Bagdad

June 17, 2006

Para Riverbend.

En mi otra vida, antes de la terrible inundación de la biblioteca, yo tenía un novio que tenía una familia a la que yo quería muchísimo. Comenzó como una excentricidad del papá, eso de andar comprando librajos por el Amazon sobre Armas Químicas no parecía ser una cosa trascendental… hasta que comenzó a meterse como la niebla la amenaza bélica en Irak. Pronto, la Organización de las Naciones Unidas se comunicó con los diferentes expertos de esa precisa materia en varios países, y nuestro estimado ocioso pronto se convirtió en un diplomático que tendría que dejar la cátedra en la universidad un par de meses con la finalidad de recibir el entrenamiento y la capacitación necesarias para ir en busca de las supuestas armas de destrucción masiva que Irak estaba escondiendo… para así, pues, justificar la guerra, o la paz. Así, surgió primero un curso en Viena, luego un montón de papeleo y especulaciones, y de sopetón, la noticia: “tengo que irme a Irak”. De pronto, un fantasma entró a nuestras casas defeñas, sureñas, un tanto inocentes: el fantasma de la guerra.

Esa cruel y brumosa presencia nos quitaba el sueño. Su esposa estaba entre triste, orgullosa y angustiada. Su hijo, igual, y además, asustado. La comunicación estaba condicionada por la disponibilidad de la corriente eléctrica, las líneas telefónicas, y el clima de seguridad en general. Había medidas rigurosísimas que había que cumplir, como la de una lista de equipaje mucho más restringida de lo normal, una maleta de características especiales que debía estar lista para salir en cualquier momento, toque de queda en un búnker-hotel, etcétera.

El colmo era el acoso al que la familia era sometida por parte de los medios de comunicación. Todo el pinche día querían entrevistas, fotos, carne fresca del drama familiar por tener a uno “de los nuestros” en Irak. Vaya, hasta yo salía cual Lupita D´Alessio en fotos de paparazzi chafa. Y así, un día la tele nos informó de un accidente, tal vez en Basora, en el que había muerto un inspector. Ahí sí que hubiera habido drama familiar de no ser porque él tuvo la suerte de poder comunicarse antes a la durmiente Ciudad de los Palacios.

Y después, estalló la guerra. Las Naciones Unidas lo sacaron corriendo, a él y a muchos otros que hablaban muchas lenguas distintas, sin poder descubrir ni desmentir prácticamente nada. Cuando volvió, trajo memorias agridulces. Unas eran de la ciudad y la belleza con la que uno podía tropezarse. Varias, de la política y sus mierdas. Otras, de la comida (que no le gustaba y por la que yo babeaba). Muchas más, del ambiente temeroso, apagado, del espíritu asustado de su gente. Para él era terrible reconocer paisajes derruidos por la televisión que no hacía mucho había visitado. A mí y a mí papá nos trajo a manera de souvenir un par de dinares con la cara de Hussein, aún. “¡Por el parecido, claro!” se burlaba mi mamá de nosotros y de la ojerosa herencia árabe del abuelo que compartimos.

Yo veía y veía y tocaba los billetes. Recuerdo que pensé, ya estúpidamente a salvo de ese fantasma de la guerra (aunque no había hecho más que comenzar), en las manos por las que habrían pasado antes de las mías. Traté de imaginar sus rostros, sus historias. Sobando la cara de Sadam Hussein pedí a loquefuesedondefuese paz para sus almas, tranquilidad y fortaleza para sus familias. Pensé que quizá entre ellos habría una chica enamorada, como yo. Y tomé la delgada mano del que entonces era mi compañero, apretándola fuertefuerte. Y yo creía, de verdad creía, que el amor era capaz de protegerlo todo.

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El jueves fuimos el perrito y yo a la presentación de un blog hecho libro, el blog de una joven que es y que bebe Irak, una edición, pues, a la que un excelente, elocuente y articulado presentador de libros que ha descubierto que la hipertextualidad oral es un arte filigranoso, y que además es un blogger de los chidos y al que apreciamos un chingo, le ha dedicado una buena cantidad de energía y sincero entusiasmo.

Comentábamos después cómo los buenos libros pueden diversificarse en tantos intereses distintos. Están, por un lado, los que piensan que lo fundamental es que se trata de una mujer que escribe y denuncia una realidad tremenda. Están, por otro, los que consideran primordial el tema de la guerra en Oriente Medio, o a la guerra en sí. Y están también los que creen en la posibilidad de que la vida de una persona sea como una ventanita que nos permita asomarnos a otras formas de estar y comprender el mundo, y también los que se emocionan porque un blog se haga como Pinocho: “un niño de verdad”. Ay, hasta cuándo esta necesidad de toquetear al mundo… (sin albur).

(Mención aparte merece el viejito preguntón, megáfono interior e incoherencia discursiva incluidos, que ya se quería abofetear a una señora que amablemente le hizo “shhhh…” La verdad, no le digan a nadie, pero Claudia y yo comenzamos a sospechar que somos nosotras las que los atraemos, porque ya es el tercero que nos toca…)

Yo estoy bien contenta por el nacimiento de un libro más, de todas estas posibilidades, y por poder hacer de letras luminosas en una pantalla, palabras intercambiadas en un intento de bilingüismo armónico entre chelitas. Y porque mañana me van a llevar de paseo a la playa. Y porque hoy me compraron un helado de nata. Y ya.

Fotos

June 12, 2006

Olvidé el cargador de las pilas de mi cámara en el cajón del buró azul en el que hace ya algunos años un señor -que asumía fervorosamente que mi nombre era Grabiela- tallaba un cometa rodeado de estrellas, allá en Tzin tzun tzan.

Así que echaré mano de las técnicas del siglo pasado (o tal vez, del antepasado) para compartir con ustedes algunas de las imágenes que mi retina ha logrado capturar en esta primera semana barcelonosa. Ahí les van.

EL MAR Y EL AVIÓN

Aquí tienen al mar visto desde la ventanilla que empaño con el aliento. Son casi las nueve de la mañana. El sol, blanco, blanco, hace del agua leche plateada. Las olas son piquitos chiquititos, como cuando un hombre tiene el cabello corto y tímidamente rizado. El avión hace el aire visible. Por debajo del ala veo cómo va dejando esa estela de listones blancos que generalmente vemos embelesados desde abajo. Hay una pista de aterrizaje llena de arena que se hunde, de pronto, en el mar turquesa, y luego sale para construir tierra firme, el fin de un viaje, el inicio de otro.

NUBECITAS

Éstas son las nubes rojas del atradecer. Pero ¿por qué las nubes rojas rojas siempre dan una luz azul rey? Los edificios con nombres de grandes corporaciones desconocidas (pero que seguro influyen en nuestra vida más pavorosamente de lo que imaginamos) son cortesía de El Sistema. Por ahí se coló una gaviota gritona. A espaldas nuestras, el mar y su brisa salada.

EL HOYO Y EL SUEÑO

Aquí está un graaaan hoyo en la calle de Bolivia, que es en la que se convierte Castillejos cuando baja hasta el mar. Enooorme boquete de tierra color canela en el que construirán algo igual de inmenso, supongo. Hay un señor con un casco naranja sentado haciendo cuentas en un cuaderno; otro, sin camisa, camina distraído comiéndose un bocadillo de queso y tomate medio envuelto en papel aluminio. En medio de dos altísimas grúas amarillas, una chica perdida, con el cabello negro revuelto por el aire, los observa. Si hubiera caminado un poco más, habría caído en las fauces del precipicio. Días más tarde, lo soñará.

CHAVELA EN EL PALAU

En esta foto se alcanza a ver, aunque borroso, ese gesto que hace Chavela Vargas cuando susurra cantando La Llorona. Su jorongo rojo y negro y sus cabellos blancos resplandecen delante de las luces cambiantes del escenario. En el Palau de la Música Catalana, el sol abandonaba poco a poco los vitrales, casi causando un inusitado silencio que permitía la total brillantez de la guitarra quieta, respetuosa ante la frase: ¡Si ya te he dado la vida, Llorona, ¿qué más quieres? ¿Quieres más?! Hasta arriba, en el segundo piso, hay unos amigos que comparten la piel chinita de la emoción. Dos duranguenses, un catalán, una gallega y dos mexicanas. El catalán después nos increpó “A ver, a ver, ¿quién lloró?”. Resulta que casi todos. La de la izquierda, la mexicana, la que sueña con que se cae en el boquete de tierra color canela, comenzó cuando Chavela cantó en un lamento Tu boca… bendición de guanábana madura…

ALE IMITANDO AL GOLDEN BOY

Aquí está Alejandrita imitando a Niels. Niels es holandés y es el más joven de nuestro piso. Cada vez que damos una fiesta, hay que lidiar con algún vecino al que ya tenemos hasta la madre con la gente que se carcajea en el balcón, o con mis taconazos, o con la música a la que el rubio de dos metros insiste en subirle. O Claudia o yo abrimos la puerta con la cabeza baja para soportar el regaño y decir “no lo volvemos a hacer”. Bueno, pues ahora Niels fue quien salió a enfrentar al vecino. Abrió la puerta y le dijo bailando Do you wanna dance with me? Estamos estudiantes y somos dando un fiesta, la música es bien, no vamos a bajar el volumen, se puede, ¿no?. Y he aquí la foto: Alecita apoya un brazo en el refrigerador, pone mirada seductora y dice Do you wanna dance with me? sin dejar de llevar el ritmo que seguramente enfureció a nuestro pobre señor del quinto… aunque bueno, el holandés dice lo contrario. Dice que, en sus vagos recuerdos etílicos, está el del vecino que se aleja hacia el elevador, riéndose.

El corazón no queda tan lejos

June 6, 2006

Este chulo pizarroncito es uno de los rescates de los “dijous de trastos” (o “jueves de los trastos”). En Barcelona, todos los jueves la gente saca a la calle aquellos muebles que ya no le sirven o bien, que simplemente ya no quiere ver en su casa y posiblemente le sirvan a alguien más. Así, hay dos televisiones de muy buen ver plantadas en el salón de nuestro piso (pero esas sí las echaron porque ya no daban ni para el arranque… una estafa).

Y en este pizarroncito, Claudia escribió la bienvenida, y Roberto dibujó un perrito. Como cuando un cachorro llega a un hogar, a mí me dispusieron mi sitio, una acogedora camita con cobijas, un buró con una lámpara azul y un escritorio con una hermosa flor roja (una gerbera, mi favorita).

El asunto del sueño ha sido problemático: no dormí nada en el viaje, y tampoco he podido pegar ojo a las horas convenidas por este lado del mundo, pero poco a poco me voy obligando. Claudia y yo nos estamos poniendo apenas al corriente. Estamos completas y contentas, contentas. Ella es, en sí, el hogar que me abraza aquí (y yo, creo, un pedacito de hogar de allá que aquí la viene a abrazar). Ambas tenemos una sensación que ella describió magistralmente: “es como si le hubiéramos puesto pausa y justo ahora comenzara a correr de nuevo” la película, el disco, lo que sea que sea nuestra vida compartida. Yo experimenté la extraña certeza de que por el balcón, al asomarme, vería el carrito del amable señor de los elotes…

Y no. En su lugar, estaba el mar, a lo lejos, esperándome.

El domingo fui a presentarle mis respetos como es debido. Me saludó con su fresco viento mediterráneo que me obliga a usar suéter en junio. Y como dos cachorritos nos saludamos, lamiéndonos. Las nubes sonrojadas nos miraron mirarlas, dos niñas y un niño que ríe en travieso silencio con nosotras. Caminar por las calles que me conocen, que me han visto tristear, encontrarme a la gente con la que trabajé por la calle, en el súper, ir a pie y reconocer cómo las horas van pasando, me hacen sentir de nuevo en esta ciudad pueblerina, en este pueblo citadino que para mí ha sido Barcelona. Casa y refugio, distancia y nostalgia a través de la fría caricia del cristal de un autobús.

En el Bus 39, una niña-muñeca de tres años -güerita peinada con dos colitas, ojitos azules, boca, vestido y zapatitos color cereza azucarada jugaba con su primo (¿o su hermano?) de unos 13. Y reía y reía, y sus tías (¿o sus tías abuelas?) la miraban y sonreían. Y el chico le hacía cosquillas, la mordía, la retenía, le prohibía retorcerse como gusano, y ella disfrutaba gritar como en las películas, desesperada, pero a carcajadas, tratando de llamar la atención a través de la ventana: “¡AUXILIIII! ¡AUXILIII! ¡AJUDAAAAA!”

Y todos en el bus reíamos, cada uno por sus razones. Las tías, porque ya le conocen esos memorables episodios, los demás pasajeros, porque les resultaba encantadora. Yo, porque mi hermana, a decir de mamá, gritaba del mismo modo, tan cinematográficamente, cuando se veía en apuros. Yo era demasiado pequeña para recordarlo, pero pensé en ella, en su risa que aún es de chamaquita, en mi sobrina y sus vestiditos, en mis sobrinos y sus pleitos, en nosotras, allá lejos en el tiempo y en los miedos que no podían existir si estábamos juntos esos cuatro que somos y que ahora no deseo que existieran nunca entre los que quiero. Y sentí que, después de todo, el corazón nunca nos queda lejos, aunque tomemos un avión que nos lleve a ver nuestra casa desde el otro lado del mar.