Arqueología propia (Verano)
I.
Cómo recuerdo el cemento caliente bajo mis pies, ese cemento caliente caliente que quema, pero que se vuelve tibio cuando un charquito de agua lo refresca. Recuerdo así que a mi familia le gustaba salir de vacaciones en el verano. Íbamos a Veracruz, donde la arena es fina como polvorón, casi negra como ceniza. Creo que ahí el mar y yo nos conocimos. Por lo menos, el primer recuerdo que tengo es el de mis pies hundiéndose en la arena húmeda, ese hermoso e interminable mareo que provoca la ola cuando se retira debajo de nosotros. Perdí el equilibrio, pero de una mano y de otra, Carlos y Ludmila me sostenían. Recuerdo eso, mis pies gorditos, la espuma del mar y el suave siseo de su retirada, la mano perfumada de mamá asiéndome, la de papá, envolviendo la mía, una miniatura suya.
II.
Una vez instalados, yo no salía nunca de la alberca. Ahí abajo era una sirena, ¡una sirena! A veces mi hermana y yo jugábamos al Tiburón. Yo era una latosa , pobrecita. Ella ya había pasado la edad de los juegos, y estaba en la dulce penumbra del conquistar, y broncearse, y beber de un popote alguna bebida despacio, despacio para perderse en sus pensamientos. Arriba del agua, sin cola de pez, yo hacía dibujos en la arena con la esperanza de que alguien entendiera su significado. “Conjuros” decía yo. Pero yo tampoco sabía que significaban. El sol se ponía y todo era de color naranja. Yo comenzaba a crecer porque cada vez entendía menos, porque el mar me atraía de forma siniestra.
III.
Papá y yo nos escapamos solos una vez. Yo tenía catorce años. Fuimos a Acapulco en una época de marañas y grietas familiares. El walkman era mi posesión más preciada. Oía a Nirvana, a The Art of Noise, el disco más extraño y lúcido que hizo Miguel Bosé (XXX). Comimos en ese lugar donde la familia había compartido infinidad de anécdotas (cangrejos asesinos, hamacas hechizadas, hermosos crepúsculos, revolcones de olas bravas). Ahora yacíamos sentados en viejas sillas carcomidas por el mar, disfrutando la estrechísima complicidad de los que se sienten solos. Caía la tarde interminablemente. El mar rugía. Y mi papá, dulce, me dijo que algún día me enamoraría. Y yo me reía, porque pensaba que no estaba hecha para esas cosas. El mar y la música, y el sol cayéndose de sueño, el mar, la música, un libro, el sol durmiendo, el cielo morado, flotar debajo del agua, un cuaderno de notas, las ventanas. La espuma, la música, las ventanas, eso para mí era suficiente.
IV.
¿Cuál es el chiste de las vacaciones cuando se tienen dieciséis años? Tirarse a dorar al sol. Hacer amigos. No hacer el ridículo. Presumir la figura en traje de baño. Divertirse. Enamorarse.
Siempre tuve amigas hermosas, risueñas, con montones de amiguitos. Me invitaban a sus casas a nadar a dormir hasta tarde, a coleccionar episodios con chicos, a emocionarnos con canciones pegajosas. Y yo iba, y me divertía, y hacía montones de amistades, y guardaba todas esas postales irrepetibles en mi ánimo. Pero había un huequito. Nadie se enamora de una que lee y lee mientras las demás se carcajean en bikini. A mitad de la fiesta, me escurría en la parte solitaria de las casas. Una pluma y una servilleta llenaban el huequito. Y ya, después, podía hacer como que me divertía, como que era igual de feliz, joven y hermosa.
La verdad es que siempre he sido una viejita que observa esos paisajes de tiempo presente con nostalgia.
V.
Un departamento al más puro estilo Mauricio Garcés. El paisaje del Acapulco nocturno está vivo, palpita con un ritmo igual que el de las películas del Santo. Un tiempo compartido en un hotel glamour, de albercas interminables y hot-dogs de 40 pesos. Pura complicidad femenina entre los wateraerobics y los antrillos baratos de la Costera Miguel Alemán. Una noche, caminando por la playa, cautelosa, fina, obscura, una toruga se deslizó frente a nuestros ojos. La seguimos (después de pensar que era una cabeza humana viva o algo terrorífico). Con dolor, pone sus huevos. El encargado de proteger el campamento nos coloca uno en la mano. Está tibio y viscoso. Es una promesa que habrá que cuidar para que vuelva al mar, es una tortuguita incipiente que no necesita buscar un destino porque se lo sabe de memoria. Es una promesa. Las promesas son tibias y viscosas, y luego se van derechito al mar.
VI.
Casi se nos iba el autobús a Oaxaca, pero lo alcanzamos. Llevábamos todo el camino hablando. Mi mamá y la comida oaxaqueña lograron callar a estas dos amigas a las que no se les acaba la batería. Un perro café nos saluda al llegar al hotel. A medianoche nos despierta el insomnio. El perro nos acompaña ladrando bajo nuestra ventana. Esa noche entendimos que éramos perros también. Después de un intenso encuentro, nos tumbamos en la arena, de madrugada. Y esta arena, como azúcar, como polvo de seda, se me escapa entre los dedos. Dentro de mí tarareo a Radiohead. Arriba, el cielo es una capa de terciopelo azul. Lo veo y no lo creo: una estrella fugaz. Claudia contuvo la respiración “¿Ya viste?” Otra, y otra, y una más, muchas estrellas fugaces. Y esa anciana que soy respira, a veces, tan intensamente como su brillo.


