Damián Witch Project (o el poder de la mente)

May 16, 2006


Conocemos a gente que cree con firmeza que si tiene un orzuelo en un ojo, por ejemplo, se puede ir al cruce de dos caminos y decir “Orzuelo, orzuelo, sal de mi ojo y pégate al del primero que pase.” Creyéndolo con firmeza y con suficiente fuerza de imaginación y sugestión, se obliga al principio etérico a dejar al ser y especialmente al del ojo a pasarse al suelo, de tal suerte que queda cargado con el principio y se convierte en momía. Así, la primera persona que lo pise correrá gran peligro de verse afectada; esas transferencias han tenido lugar gran número de veces y la gente sigue manteniendo la superstición. Siempre que hay una superstición es una indicación de que sigue ocurriendo el fenómeno.

Magnus Brunus, Curso práctico de Magia General.

Había yo leído estas líneas no hace mucho, en mi característica faceta ociosa-ocultista-escéptica-pero-mejor-con-respetito-me-acerco, cuando hace tres días, en mi Blockbuster de confianza, nos encontramos a un amigo de mi hermana con sus dos hijitas. “¡HOOLAA!”, nos gritó la mayor cuando nos vio entrar, y después de darnos los mutuos quéondas, noté que tenía un ojito casi cerrado. “Quién sabe cómo me dio, me dolía pero me están poniendo una pomada y ya está mejor”. La compadecí de inmediato, pues no hace mucho andaba yo por los restaurantes de pakis y los Cines Verdi con un ojo incómodo y sin gota de pintura (demasiado terrible para mi absurda vanidad), pero, sobre todo, recordé esa pinche sensación de ver todo borroso gracias a la pomada y sentir que una chingada piedrita decide habitar ahí, con tus pestañas como cortinas. Y también de inmediato pensé en Magnus Brunus y dije “Ya me jodí”. Estaba segura de que yo era la siguiente.

Anoche descrubrí con horror que sí, efectivamente, tengo una pinche perrilla en el ojo derecho. “¿Se te metió polvo con el aire?” me preguntaron en la Sogem. “No”, contesté. “¿Vio a un perro haciendo sus cosas con una perrita en la calle, señorita?”, me preguntó Doña Elena. “No”, contesté. A ver, aquí quizá tengo que aclarar algunas cosas: “perrilla” es “orzuelo” en los países donde se habla bonito, e imagino que los mexicanos le decimos así porque existe la creencia de que una cosa de ésas te sale si se te ocurre observar morbosamente a los perros haciendo cualquiera de estas dos cosas: 1) haciendo caca, 2) reproduciéndose placenteramente, ignorando, cual perros que son, que hacer eso en la calle es una indecencia que ocasiona que personas como yo suframos durante días.

¡PERO NOOO! “Fui yo” le contesté a mi mamá, y le dije que había sido yo porque el poder de mi mente o de la sugestión o de la momía había ocasionado que la madre ésta se saliera del cuerpo de la inocente niña y entrara al mío. Mi mamá es la única serena y risueña persona que me aguanta cuando empiezo a comportarme como lo que soy, una verdadera bruja que ahora se para en el crucero de Paseo del Río y Paseo de los Jardines diciendo, ataviada con seductores ropajes negros (unos pants) y melena apropiada: “¡Perrilla, perrilla, salte de mi ojo y pégatele a la primera mala persona, niño berrinchudo, señora amargada, novio infiel, panista por convicción, fanático del pop, que pase!”