Elote vagabundo

May 6, 2006

Vi una hermosa, hermosa película, préstamo de un gran amiguito: El Castillo Vagabundo. Me fascinan esos mundos en los que el amor importa, las brujas malas son buenas malas y la comida es sabrosa y cremosa y burbujeante. Me gusta, sobre todo, esa sensación de flotar en ese mundito que me acaban de regalar. Y así, brincando de una realidad a otra, mi mamá abrió la puerta del balcón y dijo “Qué delicioso pega el aire de aquí afuera”. Desde la noche, se oyó el grito :“¡Eloteeees, esquitees!” . Bajé corriendo con tres monedas en la mano. Me pelée con la puerta de entrada, y corrí hacia el vendedor, que esperaba bajo su sombrilla amarilla.

-Buenas noches, señorita
-¡Buenas noches!
-¿Qué le damos?
-Un elote, por favor
-¿Tiernito, o más o menos?
-Mmhhh… tiernito, por favorcín

Sacó dos elotes y me dio a escoger. El olor que despedía su vaporcito, empañando la olla de aluminio, era increíble porque no sólo olía a elote, olía a maíz, y por lo tanto, a casa, olía a té de pelos de elote (ése que cura los malos riñones, ése que se le da a los bebés para otra cosa), y olía también a que pronto llovería, y el aire tibio y fresco se convertiría en rocío, en maripositas blancas que se estrellan contra el suelo. Escogí el de los dientes más derechitos, por envidia.

-¿Con todo?
-Sí, con todo
-¿Con chile del que pica o del que no pica?
-Mmmmmh… del que pica, por favor.

Me entregó mi trofeo untado con mayonesa, espolvoreado con queso que no sabe a queso y con chile rojito y traicionero, que pica bien sabroso a lo pendejo.

-Aquí tiene
-¡Muchas gracias! ¿cuánto le debo, joven?
-Diez pesitos
-Aquí tiene, ¡muchas gracias!
-A usted, señorita, ¡muy buenas noches!

Luché de nuevo con la puerta, subí las escaleras y dije “¡A tu salud, Claudia!” (Misión encomendada en este blog, cumplida).

Mi mamá y yo nos lo echamos con un gusto inmenso. En el balcón. Cuco el gato quería a huevo compartir, pero el chile le arrugaba la nariz. Se acabó el elote, y comenzó a llover. Pasaban en la tele Dimensión Desconocida. Salí de nuevo al balcón, sola, y miré el olor del pavimento mojado, olí a las mariposas blancas que vuelan a ras del suelo cada vez que llueve. Mamá volvió al balcón, y me abrazó, yo a ella enseguida. Los truenos cantaban su canción, y nosotras, echando lagrimitas, la nuestra.

Desempacar

Llevan ahí, mirándome, casi cuatro meses. Hoy les tocó abrirse y darme lo que me escondían. Muchos calcetincitos, varios pares de medias, los guantes rosas de asesina cereal, y una asombrosa cantidad de libros que ya no recordaba. Pero, sobre todo, papelitos, T-Mes, entradas del cine, mapas del norte y el sur, incluso papelitos-basura que me empacaron las amistades más solidarias y juiciosas y catalanochilangas.

Desempaqué para volver a empacar. Nada de lo que salió, creo, entrará de nuevo en esas nobles y pacientes señoritas que son mis maletas.