Amar al mundo en martes

Uno dice “mañana estaré frente al mar” así como dice “te querré siempre”. Y el mar podrá estar ahí siempre, y el sujeto al que va dirigida la oración también, pero muchas veces no nos será posible llegar a ellos, nuestro destino. Los caminos están llenos siempre de curvas, serpenteos, atajos, letreros mal puestos, sorpresas. Y ni siquiera cargar con agua y comida suficiente, dejarse guiar por una tortuga llamada Casiopea, cargar con un mapa, dejar un rastro de migas de pan o el finísimo hilo de Ariadna; o bien, checar el aire de las llantas, pueden garantizar que tendremos ese anhelado encuentro. Que así como uno dice “mañana estaré frente al mar”, o “te querré siempre”, podría decir “mañana un camino incierto y yo nos veremos a los ojos”, y decir también “hoy me gustaría que fuera posible quererte siempre”.
Las certezas son muy necesarias para nuestra pobrecita cordura humana. Necesitamos saber, o sentir, que ciertas cosas serán ciertas. Pero la verdad es que este laberinto tiene su propio plan. Este martes, el día del dios de la guerra, ocho libramos nuestra propia batalla. Uno con Llanta, Volante y Asfalto, otro con Asiento y Cinturón, aquél con Muro de Contención, uno más con Caos e Inercia. Los que observamos el inicio lidiamos después con Miedo, Angustia, Desesperación, y Fuego.
Y bueno, no llegamos al mar. Heridos unos en cuerpo y otros en ánimo, construimos nuestro propio y pequeño Paraíso (símil de esa playita guerrerense Hippiefresa). Después del hospital, las medicinas y la interminable búsqueda de un refugio, acabamos alrededor de un pequeño mar azul y clorado, con arena de hierba, en su superficie resplandeciendo Marte y Venus (o esas estrellas que para mí lo son). Y reímos mucho, porque, como dijo uno, “estamos vivos”, porque no hay nada como querer cuidar a nuestros amigos, como verlos bromear después de verlos sangrar o jadear; porque no sé explicar lo que se siente estar detrás de una caída de agua y ver a través de ella, y escuchar el sordo golpe de la espuma, y tocar una roca musgosa, y ver que alrededor mío las frenéticas gotas son como mariposas blancas; y no sé explicar tampoco lo que sentí cuando Amelie me dijo hoy “¡mira!” y la luna estaba inmensa, gorda, la luna que, aunque inconstante, siempre cumple su promesa, amarfilada y sonriente, tanto que nos contagió a ambas, tanto que no sé cómo no podría amar a este mundo impredecible, embustero, cada uno de los días de cada semana de mi vida.
