La felicidad en viernes (o a mar en martes)
Levantarse tarde. Tomar un baño que dure hasta que se acabe el agua caliente. Embadurnarse con todos los menjurges posibles. Dejar el cabello secándose al aire. Ponerse la ropa más cómoda. Recibir la visita de un niño y una niña en diferentes estados de esa misteriosa cosa llamada niñez. Hablar con ellos, mirar cómo miran (el de once con la claridad de la comprensión, la risa adolescente al alcance de la mano; la de dos, con tremenda curiosidad, examinando mis ornatitos femeninos, la inocencia desbordándosele por los brillosos dientecitos). Reír a carcajadas con el más grande. Susurrarle secretos al oído a la más pequeña. Ir por el de en medio a la escuela. Recibir su cariño ingenioso. Hacer una excursión por los alrededores de una escuela burbujeante. Comprar cuatro vasitos de jícamas y pepinos con chile y limón. Permanecer silenciosos en el interior del coche, en misteriosa complicidad mientras aspiramos el gracioso sonido de la sinfonía del enchilado. Subirle todo el volumen al estéreo y dejar que los tres niños enloquezcan con los Surf Coasters y Fantastic Plastic Machine. Manejar por calles soleadas repletas de jacarandas de imposible color violeta mientras cada uno es feliz y baila a su manera. Recibir sus besos y abrazos por ningún motivo en especial. Despedirse de ellos, esperando que no olviden a ésta en el trajín de sus viditas, queriéndolos como para reventar. Comer, cine en agradable compañía, inventarse un tener que irse, rechazar amablemente amables invitaciones. Tomarse un té y garabatear. Entrar otra vez al cine, a solas. Salir al aire tibio de la noche. Adivinar que ya viene la luna llena (¿o que va?) Llegar a casa y acariciar a alguien que quiere sin importar las cuentas, los kilogramos, o el afán de soledad. Leer un libro hasta caerse de sueño. Perderse en sueños con deseos cumplidos. Sentir que se cae en un encantamiento.
Y luego el lunes. Los lunes uno se desencanta, se desmañana, se desenamora, se despierta. Me contaron que los niños se traen pleito. El bochorno invadió las calles. El viento tumbó las jacarandas. No había ni un triste vendedor de jícamas. Pero la luna ríe blanca blanca, y yo en la mañana del martes me voy a la playa. Mar en martes, y esa bendición podría ocasionar que uno se permitiese, incluso, amar en martes. Amar al mundo en el día del dios de la guerra.

Y si no, siempre podrá hacerse los miércoles…
Comment by La Oruga Gritona — April 11, 2006 @ 6:57 pm
Comment by Venjamín — April 13, 2006 @ 4:42 am
Manejar por calles soleadas repletas de jacarandas de imposible color violeta mientras cada uno es feliz y baila a su manera.
Imposibles y fabulosas jacarandas, en estas semanas pasadas. Y te dejaste las buganvilias, que Déu n’hi do…
Comment by geococcyx — April 13, 2006 @ 5:03 pm
Oruga:
Sí es cierto, tienes razón, porque los miércoles el cine es a dos por uno…
Venjamín:
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Benvolguda Geococcyx:
¡Eso! como diría Germán Dehesa, “a las bugambilias no les hace falta asesor de imagen”, y son excesivas, las méndigas…
¡Gracias por visitarnos (aquí y aquí)!
Comment by Gabriela Damián — April 14, 2006 @ 4:40 am
En el Báltico te vi, linda. También en un lago congelado y en un barco que permaneció cientos de año bajo el mar. Hacía mucho frío y prefería esconder mi nariz fría bajo mis guantes porque te extraño y porque sé que aún bajo cero, me tienes a tu lado.
Comment by Perro callejero — April 18, 2006 @ 5:36 pm
Perrito:
Ayer me comí, a tu salud, ese mango petacón que se te antoja. Lago congelado, mango petacón, es maravilloso encontrar pretextos tan diísimiles para acurrucarnos la una en la otra. Ya pronto te calentarte las patas (algo tendremos que hacer con la nariz…)
Comment by Gabriela Damián — April 19, 2006 @ 4:27 pm