13 Maneras de sentir eso que a lo mejor se llama Serenidad

April 24, 2006

1. Tener una puta semana de los putos huevos (es decir, siete pésimos días) y que los amigos desde hace poco tiempo estén dispuestos a escaparse de las obligaciones para escuchar, sonar mocos, abrazar, hacer reír; y así, saber que lo serán para toda la vida.
2. Obsequios: ¡una Tea Party con galletitas en forma de Ladies de sabor limón! junto con una carta linda.
3. Usar una peluca color lila y sentirse como Natalie Portman Región 4 (durante la Tea Party)
4. Que un chico inteligente se acerque al escritorio y diga “¿Sabes? en verdad me gustó mucho tu clase”.
5.. Escuchar nostálgica y femenina música con quien a uno lo conoce desde los 10 años, mientras se toma té y le meten mano a sus hermosos libros nuevos.
6. “All is full of love… Maybe not from the sources you´ve poured yours… maybe not from the directions you are staring at
7. Comer pozole con toda la familia. Sentir que todos se quieren fuertefuertefuerte, que, juntos, los huracanes nunca los derribarían.
8. Subirse a la báscula y constatar que, a pesar de haber tragado como Óbelix, se sigue pesando lo mismo.
9. Clases de baile de quien está llena de gracia, después de la inigualable complicidad de conversar en un coche estacionado en la Roma.
10. Empaparse voluntariamente con la lluvia
11. Los cigarros de chocolate dentro de una cigarrera para cigarros de verdad
12. Checar los mails, dormir, acostarse, dormir, leer envuelta en un maravilloso mosquitero de gasa color salmón
13. Presentir, por la noche, que algo va bien. Luego saber del Sant Jordi y sus sorpresas para el feliz corazón de un Perro. Sentir, quizá, una buena parte de ese estar despegado del suelo mientras se come algodón de azúcar de chocolate.

Amar al mundo en martes

April 15, 2006

Uno dice “mañana estaré frente al mar” así como dice “te querré siempre”. Y el mar podrá estar ahí siempre, y el sujeto al que va dirigida la oración también, pero muchas veces no nos será posible llegar a ellos, nuestro destino. Los caminos están llenos siempre de curvas, serpenteos, atajos, letreros mal puestos, sorpresas. Y ni siquiera cargar con agua y comida suficiente, dejarse guiar por una tortuga llamada Casiopea, cargar con un mapa, dejar un rastro de migas de pan o el finísimo hilo de Ariadna; o bien, checar el aire de las llantas, pueden garantizar que tendremos ese anhelado encuentro. Que así como uno dice “mañana estaré frente al mar”, o “te querré siempre”, podría decir “mañana un camino incierto y yo nos veremos a los ojos”, y decir también “hoy me gustaría que fuera posible quererte siempre”.

Las certezas son muy necesarias para nuestra pobrecita cordura humana. Necesitamos saber, o sentir, que ciertas cosas serán ciertas. Pero la verdad es que este laberinto tiene su propio plan. Este martes, el día del dios de la guerra, ocho libramos nuestra propia batalla. Uno con Llanta, Volante y Asfalto, otro con Asiento y Cinturón, aquél con Muro de Contención, uno más con Caos e Inercia. Los que observamos el inicio lidiamos después con Miedo, Angustia, Desesperación, y Fuego.

Y bueno, no llegamos al mar. Heridos unos en cuerpo y otros en ánimo, construimos nuestro propio y pequeño Paraíso (símil de esa playita guerrerense Hippiefresa). Después del hospital, las medicinas y la interminable búsqueda de un refugio, acabamos alrededor de un pequeño mar azul y clorado, con arena de hierba, en su superficie resplandeciendo Marte y Venus (o esas estrellas que para mí lo son). Y reímos mucho, porque, como dijo uno, “estamos vivos”, porque no hay nada como querer cuidar a nuestros amigos, como verlos bromear después de verlos sangrar o jadear; porque no sé explicar lo que se siente estar detrás de una caída de agua y ver a través de ella, y escuchar el sordo golpe de la espuma, y tocar una roca musgosa, y ver que alrededor mío las frenéticas gotas son como mariposas blancas; y no sé explicar tampoco lo que sentí cuando Amelie me dijo hoy “¡mira!” y la luna estaba inmensa, gorda, la luna que, aunque inconstante, siempre cumple su promesa, amarfilada y sonriente, tanto que nos contagió a ambas, tanto que no sé cómo no podría amar a este mundo impredecible, embustero, cada uno de los días de cada semana de mi vida.

La felicidad en viernes (o a mar en martes)

April 11, 2006

Levantarse tarde. Tomar un baño que dure hasta que se acabe el agua caliente. Embadurnarse con todos los menjurges posibles. Dejar el cabello secándose al aire. Ponerse la ropa más cómoda. Recibir la visita de un niño y una niña en diferentes estados de esa misteriosa cosa llamada niñez. Hablar con ellos, mirar cómo miran (el de once con la claridad de la comprensión, la risa adolescente al alcance de la mano; la de dos, con tremenda curiosidad, examinando mis ornatitos femeninos, la inocencia desbordándosele por los brillosos dientecitos). Reír a carcajadas con el más grande. Susurrarle secretos al oído a la más pequeña. Ir por el de en medio a la escuela. Recibir su cariño ingenioso. Hacer una excursión por los alrededores de una escuela burbujeante. Comprar cuatro vasitos de jícamas y pepinos con chile y limón. Permanecer silenciosos en el interior del coche, en misteriosa complicidad mientras aspiramos el gracioso sonido de la sinfonía del enchilado. Subirle todo el volumen al estéreo y dejar que los tres niños enloquezcan con los Surf Coasters y Fantastic Plastic Machine. Manejar por calles soleadas repletas de jacarandas de imposible color violeta mientras cada uno es feliz y baila a su manera. Recibir sus besos y abrazos por ningún motivo en especial. Despedirse de ellos, esperando que no olviden a ésta en el trajín de sus viditas, queriéndolos como para reventar. Comer, cine en agradable compañía, inventarse un tener que irse, rechazar amablemente amables invitaciones. Tomarse un té y garabatear. Entrar otra vez al cine, a solas. Salir al aire tibio de la noche. Adivinar que ya viene la luna llena (¿o que va?) Llegar a casa y acariciar a alguien que quiere sin importar las cuentas, los kilogramos, o el afán de soledad. Leer un libro hasta caerse de sueño. Perderse en sueños con deseos cumplidos. Sentir que se cae en un encantamiento.

Y luego el lunes. Los lunes uno se desencanta, se desmañana, se desenamora, se despierta. Me contaron que los niños se traen pleito. El bochorno invadió las calles. El viento tumbó las jacarandas. No había ni un triste vendedor de jícamas. Pero la luna ríe blanca blanca, y yo en la mañana del martes me voy a la playa. Mar en martes, y esa bendición podría ocasionar que uno se permitiese, incluso, amar en martes. Amar al mundo en el día del dios de la guerra.