Huevos tibios

March 16, 2006

Es curioso cómo algunas cosas tienen un tiempo definido, predecible, de cumplimiento. Cocinar un huevo cocido, por ejemplo. Un huevo cocido es facilín: dos minutos y medio y ya estufas. Pero un huevo tibio… al huevo tibio hay que hacerlo con amor, admirar las burbujitas cristalinas que se van formando, poco a poco, sobre su cónica cabecita, como una corona de flores de vidrio. Adivinar con culinaria, prudente, respetuosa intuición cuándo están a punto, extraerlos con cuidado de su frágil vestido. Cuando salen bien, hasta se toma el tiempo para que la siguiente ocasión se dejen exactamente los mismos minutos con sus segundos. Pero oh, sorpresa. La siguiente ocasión, bajo las mismas condiciones temporales, el huevo sale demasiado crudo, o bien, completamente cocido. Nunca se repite. Es muy frustrante porque no es “mejorar con la experiencia”, ni con el empeño, ni con la ciencia… sino con el azar, si es que tal cosa es posible.

Es raro y lógico que, según el lugar de la Tierra en el que uno se encuentre, será distinto el tiempo en que tarda en cocerse un huevo. Igual los pasteles. Igual nosotros, el ritmo de nuestro corazón, de nuestras ideas, de la costra que tiene que cubrir nuestras heriditas. Igual nosotros…

(A Julio, que hace reflexiones con los huevos; y a Claudia, cuyo corazón escucho cuando cierro los ojos).