Temporada de Patos
Cuando mi familia y yo llegamos a Paseos de Taxqueña, junto a ese pequeño paraíso burgués que era el fraccionamiento, se encontraba una vergüenza citadina: el Canal Nacional. Por allá cuando nuestra ciudad era La Ciudad Lacustre, los españoles se maravillaban de su capacidad para comunicar a las distintas partes de la urbe con las cercanías, y su ingenioso sistema para distribuir agua a toda la población.
NOTA: Si deciden hacer click sobre este último enlace, sugiero que eliminen el volumen de sus máquinas. La musiquita es un poquito… peturbadora. Ya, perdón, continúen…
Pero como todo en este continente, su uso se fue menospreciando y sustituyendo según los caprichos europeos. Ya para 1989, el canal olía a madres y fungía como basurero, cementerio de mascotas, lugar preferido por fantasmas y asaltantes y, desde luego, generador de leyendas urbanas. La más famosa era aquella que sostenía que había más de veinte cadáveres luciendo heridas tipo víctimas de Jack el Destripador entre sus aguas… Nadie que apreciara su vida (o, por lo menos, su olfato) se paraba por ahí…
Hace más de año y medio, los vecinos de la Campestre Churubusco y de Paseos de Taxqueña comenzaron a arreglar el lugar por su cuenta. Yo me fui cuando el agua y los jardines de alrededor estaban limpios y con nuevo peinado. Ahora que he vuelto, me encontré con lo siguiente:

El Canal convertido en un recreo para patos.
La cosa verde que flota en la superficie del agua es lenteja acuática, que sirve de alimento a los plumíferos éstos. Ya no hay basura, ni rateros (o se arrepienten de sus fechorías viendo a los patitos saliendo del cascarón). Y lo mejor es que todo ha sido labor de la comunidad vecinal, ni una manita chiquita ha echado el gobierno en el asunto. Para que se callen la boca los que dicen que no podemos hacer nada porque “a la gente le da hueva” o porque “en este país no se puede” o “no nos dejan”.
Lo único que lamento es que creo que ya no hay fantasmas…
La gente camina, los chamacos juegan y les tiran tortillas a los patos, los perros paran las orejas y les sacan la lengua, las parejitas se besuquean…. Es difícil creer que a uno y otro lado, los microbuseros se mientan la madre, o que carros entran y salen de garages automáticos. Hay patos y agua y árboles y pajaritos cantantes, y quienes paseamos por ahí queremos quedarnos, guardarnos la basura en los bolsillos y pedir que dure ese espejo limpio y verdoso, con todo y escandalosos graznidos que tapan el sonido de los coches. Y ahí se respira, de alguna manera, por minúsculos momentos, un curioso y tenue olor a Tenochtitlan. Y yo, brevemente, siento que vivo entre la Flor y el Canto.
