Arqueología propia (Primavera)

March 21, 2006

Coincidencias por dondequiera que mire: el caminito que he tomado desde que regresé a casa me ha preparado un montón de reencuentros con el siglo pasado. Me he visto placenteramente obligada a recordar, a recordarme.

Aquí, me llamaba Nessie (sí, como el monstruo del Lago Ness). El gato se llamaba Chicho Ulrich Rokervai, y me odiaba porque lo disfrazaba de E.T. y lo metía en la canasta de mi triciclo. Me gustaba imaginar que, pedaleando peladeando, volaríamos, y nuestras siluetas se dibujarían en la luna. A Chicho no le parecía nada poético, y hasta me mordió el trasero una vez. Esta foto no es nada representativa de esos tiempos de guerra.

Desde ese mismo sillón, me aventé varias veces esperando volar, vestida de azul como Wendy, espiando por la ventana para ver si llegaba Peter Pan. En el aparato que se ve ahí atrás, mi mamá ponía el enorme disco negro de Fantasía (Disney, of course), o uno con temas de películas. Yo tenía la manía de pensar que cada pieza recreaba su universo, y así, imaginaba a los centauros o las flores o los honguitos orientales o los hipopótamos con tutú. En cambio, cuando sonaba el tema de Tiburón yo no me atrevía a bajar los pies de la cama. Imaginaba que del suelo recién trapeado saldría una aleta infernal, y que si daba un paso sobre las losas, me hundiría sin remedio en el mar.

Mi hermana y yo jugábamos a la tumba egipcia debajo de las cobijas antes de irnos a la escuela, mi abuelita me mordía los cachetes, me decía “mi negosh” y cantaba. Mamá me leía con su hermosa voz El Fantasma de Canterville por las noches, e inventaba cuentos en la regadera, como Perrinieves , que se envenenaba no con una manzana, sino con un cigarro. Papá me llevaba sobre los hombros a media noche cuando me daba asma, íbamos a la cocina a tomar leche tibia con Chocomilk de canela.

No había nada como esa tranquila obscuridad de la casa dormida, mientras yo no cerraba los ojos, sintiendo el subir y bajar del pecho de nuestra familia. Y así, protegida por esa resbaladiza mantita llamada amor, soñaba con volar, siempre sobre el cielo nocturno, siempre tomada de la mano de alguien que nunca pude distinguir.

Huevos tibios

March 16, 2006

Es curioso cómo algunas cosas tienen un tiempo definido, predecible, de cumplimiento. Cocinar un huevo cocido, por ejemplo. Un huevo cocido es facilín: dos minutos y medio y ya estufas. Pero un huevo tibio… al huevo tibio hay que hacerlo con amor, admirar las burbujitas cristalinas que se van formando, poco a poco, sobre su cónica cabecita, como una corona de flores de vidrio. Adivinar con culinaria, prudente, respetuosa intuición cuándo están a punto, extraerlos con cuidado de su frágil vestido. Cuando salen bien, hasta se toma el tiempo para que la siguiente ocasión se dejen exactamente los mismos minutos con sus segundos. Pero oh, sorpresa. La siguiente ocasión, bajo las mismas condiciones temporales, el huevo sale demasiado crudo, o bien, completamente cocido. Nunca se repite. Es muy frustrante porque no es “mejorar con la experiencia”, ni con el empeño, ni con la ciencia… sino con el azar, si es que tal cosa es posible.

Es raro y lógico que, según el lugar de la Tierra en el que uno se encuentre, será distinto el tiempo en que tarda en cocerse un huevo. Igual los pasteles. Igual nosotros, el ritmo de nuestro corazón, de nuestras ideas, de la costra que tiene que cubrir nuestras heriditas. Igual nosotros…

(A Julio, que hace reflexiones con los huevos; y a Claudia, cuyo corazón escucho cuando cierro los ojos).

Alicia

March 14, 2006

Alicia ya había crecido
Y sin embargo se topó con el conejo
Alicia ya sabía que podía perderse
Y sin embargo, lo siguió
Alicia caía por la madriguera
Y sin embargo recordó cuentos y nanas
Alicia cruzaba jardines vivos, peligrosos
Y sin embargo, cantó y gozó
Alicia seguía, animada, al conejo
Y sin embargo supo que él no se detendría
Alicia ya no sabía qué sendero tomar
Y sin embargo, él no miraba atrás
Alicia lo perdía, lo perdía, lo perdía…
Y sin embargo se quedó para siempre
En ése, su País de las Maravillas

Temporada de Patos

March 7, 2006

Cuando mi familia y yo llegamos a Paseos de Taxqueña, junto a ese pequeño paraíso burgués que era el fraccionamiento, se encontraba una vergüenza citadina: el Canal Nacional. Por allá cuando nuestra ciudad era La Ciudad Lacustre, los españoles se maravillaban de su capacidad para comunicar a las distintas partes de la urbe con las cercanías, y su ingenioso sistema para distribuir agua a toda la población.

NOTA: Si deciden hacer click sobre este último enlace, sugiero que eliminen el volumen de sus máquinas. La musiquita es un poquito… peturbadora. Ya, perdón, continúen…

Pero como todo en este continente, su uso se fue menospreciando y sustituyendo según los caprichos europeos. Ya para 1989, el canal olía a madres y fungía como basurero, cementerio de mascotas, lugar preferido por fantasmas y asaltantes y, desde luego, generador de leyendas urbanas. La más famosa era aquella que sostenía que había más de veinte cadáveres luciendo heridas tipo víctimas de Jack el Destripador entre sus aguas… Nadie que apreciara su vida (o, por lo menos, su olfato) se paraba por ahí…

Hace más de año y medio, los vecinos de la Campestre Churubusco y de Paseos de Taxqueña comenzaron a arreglar el lugar por su cuenta. Yo me fui cuando el agua y los jardines de alrededor estaban limpios y con nuevo peinado. Ahora que he vuelto, me encontré con lo siguiente:

El Canal convertido en un recreo para patos.

La cosa verde que flota en la superficie del agua es lenteja acuática, que sirve de alimento a los plumíferos éstos. Ya no hay basura, ni rateros (o se arrepienten de sus fechorías viendo a los patitos saliendo del cascarón). Y lo mejor es que todo ha sido labor de la comunidad vecinal, ni una manita chiquita ha echado el gobierno en el asunto. Para que se callen la boca los que dicen que no podemos hacer nada porque “a la gente le da hueva” o porque “en este país no se puede” o “no nos dejan”.

Lo único que lamento es que creo que ya no hay fantasmas…

La gente camina, los chamacos juegan y les tiran tortillas a los patos, los perros paran las orejas y les sacan la lengua, las parejitas se besuquean…. Es difícil creer que a uno y otro lado, los microbuseros se mientan la madre, o que carros entran y salen de garages automáticos. Hay patos y agua y árboles y pajaritos cantantes, y quienes paseamos por ahí queremos quedarnos, guardarnos la basura en los bolsillos y pedir que dure ese espejo limpio y verdoso, con todo y escandalosos graznidos que tapan el sonido de los coches. Y ahí se respira, de alguna manera, por minúsculos momentos, un curioso y tenue olor a Tenochtitlan. Y yo, brevemente, siento que vivo entre la Flor y el Canto.