El efecto Cortázar

February 2, 2006

La última vez que tuve un encuentro con uno de mis más amados autores acabé llorando como la Magdalena. Visité su tumba y al principio me reí un montón: en el lugar donde, se supone, se colocan flores que adornen el sepulcro, la gente se ha dedicado a dejarle breves misivas, agradecimientos, confesiones, poemitas garabateados… una de las reacciones más comunes del visitante es la de, obviamente, leer algunas de estas muestras de cariño en papel, hasta que se encuentran con el letrerito que aparece en la foto junto a mi guante de asesina cereal (que no “asesina serial”):

¿No alcanzan a leer? Dice:

¿Y vos por qué cuernos lees la correspondencia de Julio?

¡Jajajajajajaja!

Bueno, después de esos instantes de carcajada feliz, me vino un llanto incontenible. En parte porque era el último día del 2005, porque a ratos nevaba, porque me dio tristeza pensar en que ya nunca más escribiría algo para nosotros … Pero sobre todo porque Julio y sus Cronopios significaron toda una época de mi vida, una vida que en ese momento se despedía definitivamente, como el 2005, como la gente en el cementerio, como Cortázar.

Hoy me lo volví a topar, en clase. Al principio era Julito, pero después se fue convirtiendo poco a poco en recuerdos, en los fantasmas que más miedo me dan. Fue el pinche Capítulo 7 de Rayuela, fundamental en la vida de aquella que yo era hasta hace muy poco. Escucharlo sin ya ser ésa fue como perder el aire de golpe… no pude ni intentar disfrutarlo. Como cuando a un niño le gana la pipí en el salón, así me ganó el llanto a mí.

Lo bueno de todo esto es que sé que después de llorarle, vienen ojitos hinchados, sí, pero también un nuevo año, y nuevos intentos por leer Rayuela como si fuera la primera vez.

¡Quien quiera empezar mañana de nuevo un Año Nuevo, únase!

(¡Y quien quiera empezar a leer Rayuela, también!)