Veracruz, aterrizaje forzoso

Llegué hace poco más de una semana a la Ciudad de México. Me lo dijo el piloto del avión, por un altavoz. Me lo dijeron la voz de mis tres sobrinos, mis lágrimas y las de mi papá, la hermosa sonrisa roja de mi mamá, y el abrazo fuerte fuerte fuerte (un alivio) de mi hermana. También los rostros, bellos, de mis amigos. Me lo dijo la risa y el “gracias” y el “¡órale!”que inunda las calles. Los chingados tacotes al pastor con Boing! de mango que me eché hora y media después de aterrizar.
Sin embargo, todos ellos habían estado tan cerca, ¡siempre! Me sentí caminando en el reverso de las mismas calles: Ronda Guinardó es la cara de Churubusco, que es cruz, Centenario se cruza con Verdi, y a mi cuarto entran como sombras Taka, y Ale, y Niels, y Claudia… Es como si ambos lugares tuvieran los armarios conectados, o las cocinas, o las escaleras y semáforos. No sé cómo hacíamos, pero entrábamos y salíamos, y estábamos tan cerca…
Sin embargo, Tony me invitó a comenzar El Viaje Prometido. Sí, ése en el que cada uno de los integrantes de esta minipelícula nos prometimos ir a visitar el hogar de los otros. Así, de pronto me encontré en Veracruz, la tierra de las historias de mi mamá, de mi abuelita, de mi abuelito, de los Miravete. La tierra, mía de puros cuentos, que yo cantaba y añoraba desde el otro lado del mar. Desde el Mediterráneo, que es la cruz del mar del puerto jarocho, que es cara…
Llegamos a Córdoba, la Córdoba de Tony. Y familia, y picardías, y cariño, y comida, y risas y más risas, y cervezas, y brujas y brujos, y árboles y noche, y cuentos, y hablar de lo importante como si no lo fuera, y sentir ganas de llorar de puro contento nomás por morder un elote con mayonesa y chile, por sentir que la magia y los chaneques nos rodean en el interior de un túnel que parecía cerrarse con el crepúsculo, por sentir miedo y gracia de respirar porvenires en los sueños… todo eso me ha hecho decir hoy, con un gato lamiendo estas teclas, con mi cuarto lleno de maletas sin deshacer: “Ya llegué”. De vuelta en el DeFectuoso, mi casa parece más mi casa.
Ya estoy aquí, y no sé qué tengo que hacer para merecerme esta tierra. La tierra de las historias de mi mamá y de mis abuelos, mía de puros cuentos, a la que yo cantaba y añoraba desde el otro lado del mar.
Gracias, Tony (Ale), amiga, por prestarme tu pista para este aterrizaje.



