El génesis de este deseo de convertirme en “escritora” está en, lo sé (y lo saben Freud y sus paranoicos colegas), en mis siete inocentes años. Acababan de comprarme toooodo el paquete escolar para iniciar las clases, y yo sólo pensaba en que quería y necesitaba un diario para escribir “mis cosas”. Extrañamente, mi petición fue tomada un poco a la ligera, o tal vez la expresé mientras todos estaban haciendo otra cosa, o no sé, pero no me hicieron caso. Ante tal situación, hice lo lógico: tomé uno de los cuadernos destinados a la escuela, lo hice más mío con calcomanías metálicas que brillaban como el arcoiris (¡vivan los años ochenta!), afilé la punta de un lápiz que escribiera fuerte fuerte, y comencé a garabatear la fecha de aquel día junto a mi nombre tembloroso y manchado de grafito.
Cuando en la escuela notaron que me faltaba un cuaderno, mis papás se enteraron. Entonces me compraron un hermoso diario en Plaza Galerías, un diario dorado con una geisha caminando sobre un puente, con páginas que describían la personalidad humana según la posición de las estrellas en el cielo el día de su nacimiento. Así empezaron mis dos ocupaciones fundamentales: narrar, comofuese, loquefuese, y leer sobre las cosas que parece que no existen, pero se sienten. Me convertí en una pequeña pesadilla: una niña que se enamoraba sin remedio -y para siempre, para siempre en silencio-, aficionada a los libros -sobre todo de ocultismo- y adicta al walkman. Los intrumentos han cambiado: un weblog, el tarot y un reproductor MP3, pero yo sigo siendo esencialmente la misma personita.
Recuerdo, sin embargo, un momento preciso en el que cambié el oficio de escritora por el de poeta. Tuve una maestra de Español hermosa, alta, ya madura, brillante, justo en esa época en la que es inevitable suspirar por absolutamente todo. Era tal la admiración que despertaba en toda la escuela que se corría el rumor de que en su juventud había sido Miss México. Un inolvidable día, respondiendo a quién sabe qué petición, se levantó resuelta de su asiento y nos dijo que guardáramos silencio con una voz distinta, como de suave súplica. Sus hermosos ojos verdes resplandecían como el agua al sol, las mejillas se le encendieron, y su serena voz adquirió una sonoridad inusitada y tonos tan variados como los de una canción desoladora. Todo sucedió mientras recitaba este poema de Rafael de León. Cuando terminó, limpió sus lágrimas perfectas y trató de seguir normalmente la clase sobre poesía. No fue la única. Yo limpié mis lágrimas imperfectas y me juré que no podía morirme sin antes haberme dolido tanto un recuerdo. Abracé a Charles Baudelaire con todas mis fuerzas, y me enamoré de Borges, Alfonsina y Kavafis antes de que mi bella profesora me los presentara. Cuando acabó el curso, me acarició el cabello como si éste fuera su esperanza.
Y ahora, Claudia me devolvió a Benedetti, María me llevó hasta Idea Vilariño, y mi vida se rodea de versos que sé leer en la boca de los perros, y todos los de junto. Ahora me duelen tanto los recuerdos y gozo tantísimo los nuevos días que siento que voy perfeccionando las lágrimas.
Éste es mi humilde intento de ser poeta. Y como ellos, les regalo mi sangre-tinta a ustedes que leen, personas-libro, amigos-verso, gente-pergamino. Todo lo que me duele y todo lo que me sonríe.