Mexicalpán de las Tunas
“Tristes son los pueblos que han perdido a sus dioses”
Crisóstomo

Corazón
Escultura en piedra verde que representa un corazón humano. El corazón era el símbolo del alma y por lo tanto lo más preciado que podía obsequiarse a los dioses.
Conviviendo con personas de variopintas nacionalidades, me he enterado de las tornasoladas caras que México ha dejado ver a los demás.
-que si el “Ahorita” significa todo menos “ahora”,
-que si los mexicanos no podemos andar solos y siempre se nos encuentra de par en par,
-que si somos extremadamente amables y sonrientes,
-que nos la pasamos echando desmadre (en la fiesta, pues)
-que si somos machos (o machistas todos)
-que si la Virgencita de Guadalupe,
-y un largo etcétera…
Yo no sé, la verdad, no sé qué es México, y no sé qué somos los mexicanos. Sé que somos agridulces como los postres que nos gustan, como la sandía con limón y chile, como el chamoy, como el mole. Sé que reímos por fuera y lloramos por dentro. Sé que creemos que el amor lo transforma todo (”y convierte los huesos en azúcar”, como en el Día de Muertos). Pero hubo algo, una percepción que vale la pena comentar aquí. Claudia escuchó cuando una escritora catalana hablaba de la poderosa influencia que el vivir en México había producido en su obra. En una de esas, dijo “La gente confía”.
Y es eso. Para nosotros es sencillo decir sinceramente “¡qué bonito!”, es fácil querer, es una necesidad dar. Después de los madrazos de la vida (”los duros golpes”), aún con el corazón de barro roto, con las costras frescas, todavía sacudiéndonos el polvo de la caída, los mexicanos confiamos. Siempre con sonrisa de maíz, nos levantamos, humildemente damos tres pasos y confiamos de verdad. Después de alimentar a los dioses con nuestra sangre, sabemos que le hemos dado vida al sol. Es nuestro contrato divino.
Que viva México, cabrones…
