El vagón de los locos

October 7, 2005

Al tren, mientras una luz cansada se filtraba por las ventanillas, abordó un peculiar grupo de personas. El caminar sin prisa, la ropa muy planchada y los ojos vagabundos me dijeron enseguida que todos compartían encontrarse habitando los abismos de sus propias mentes. Su guía, enérgica, los hizo ocupar todos los asientos alrededor mío.

La lánguida luz dorada les encantó, como a mí, el vaivén entre vías les arrulló, como a mí; iba yo viéndome por dentro, como ellos. Esa condición nos hermanó durante un par de estaciones.

La guía les indicó que bajaban en la siguiente. Se pusieron de pie y caminaron rumbo a la puerta. A su paso, les entregué ojos y sonrisa honestamente cómplices. El que se había sentado frente a mí me devolvió el gesto, desde atrás de sus lentes negros y su rostro desprovisto de cejas. Se levantó y en un guiño cercano y un susurro me confesó, con tal contundencia y tal majestuosidad,

Ya es Hora.
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Bajaron, como gotas tristes hacia un charquito. A mi conveniencia, tomaré esas palabras venidas desde un horizonte inimaginable, como consejo, vaticinio, dulce sentencia.

Como si también fuera hora ya para mí.