¡Ja ja ja! 2

October 27, 2005

El DF no me abandona y siempre ando corriendo. En una de esas, me eché una carrerita para alcanzar el metro hacia Diagonal, que ya estaba en la vía.

Éramos un montón los que entramos cual cardumen en el vagón (aunque nada como Pino Suárez a las dos de la tarde). Suspiramos aliviados cuando se cerraron las puertas. Observé al señorcito que estaba parado junto a mí y me di cuenta de que tenía el chaleco puesto al revés. Y me quedé pensando… ¿cómo diablos podría yo perder la vergüenza y decirle que andaba con la etiqueta de fuera? ¿qué situación podría llevarme a hacerle notar, sin que a él le diera pena, el estado de su atuendo? Andaba en esos pensamientos tan circunspectos, cuando el Señorcito me dijo con una voz tan fuerte que la escuché clara por encima de mis audífonos:

“¡Oye! ¡Que tienes un pelo en la frente!”
A lo que yo contesté sonriendo y sin pensar,
“¡Y usted tiene el chaleco puesto al revés!”

Imagino que mi voz también tuvo su potencia, porque tooooodas las sardinas del vagón estallaron en sonoras carcajadas, ¡qué grata sorpresa! Y todos, el Señorcito, los otros y yo, entramos en un trance hilarante total, hasta que se abrieron de nuevo las puertas y todos salimos como corchos de botella, una sin mechón de pelo en la frente, otro con elegante chaleco y muchos con la huella pecaminosa de una buena carcajada…

¡Bienllegados sean!

October 25, 2005


En ese mundo de viento y luz que es internet, se erigió un pequeño castillito. La arquitecta le llamó Pequeños Naipes de Ópalo. Una vez se han colocado cuidosa y perennemente cada una de las cartas; sacudido, barrido, pulido la cristalería y encendido los candiles; luego de preparar bocaditos salados y dulces; hacer sonar música y colocar mullidos cojines para los invitados; las puertas se abren y las historias les esperan. ¡Bienvenidos!

Así es, después de hacerme güey un buen rato, les invito a mi bitácora virtual, blog, cuaderno de apuntes, weblog, etcétera…

Independientemente de la etiqueta, me agrada pensar que es un lugar en el que puedo comunicarme con ustedes fuera de los teléfonos, correos y presencias. El lenguaje hipertextual permite que compartamos un montón de cosas a un ritmo que el que escucha, y no el que habla, va decidiendo. Y, sobre todo, es como la casa de la abuelita: un lugar para reunirnos, jugar a las escondidillas, rasparnos las rodillas.

El pequeño castillito fue construido, desde luego, pensando en “escribir-me”, como un apoyo para hacer malabares con la pluma (antes que con el teclado) y también como la maravillosa terapia que implica. Pero también fue pensado como un hogar desde el que ustedes pudieran viajar hacia infinitos sitios, electrónicos, sí; pero también terruños de emociones, ideas, imposibilidades, realidades. Procuraré seguir llenándolo de muchas puertas y ventanas por donde puedan perderse, y encontrarse. Por el momento, tienen unos cuantos links del lado derecho, y si desean saber a dónde les podrían conducir, sólo tienen que dejar un momento el puntero del mouse encima del enlace. Y para que esto sí sea Comunicarnos, pueden dejar sus comentarios al final de cada nota o post, haciendo click donde dice “Comments” (pa los despistados…)

Y bueno, perdonarán el desorden, pero es que aún no soy Miss HTML… y para un personaje del siglo pasado como yo, es un poco complicado. Y quiero dejar muy claro que odio la foto. Grrr…

Una única recomendación: lean primero esto. Es el cartelito de bienvenida al pequeño hogar de cartas translúcidas.

Gracias. Espero verlos por aquí pronto, platicando, abriendo ventanas, haciendo puertas. Reciban, desde ya, un caluroso abrazo hipertextual (que en este caso en particular, quiere decir “más allá de las palabras, y las distancias”).

Diez Palabras…

… es el título de un blog que tiene un propósito único y dulce como un caramelo: reunir lo que los hablantes de la lengua española (o castellano) consideran que son las diez palabras más hermosas/bellas/evocadoras de su idioma. Yo publiqué las mías hace un buen rato, y como uno se aloca con estas cosas, meses después ya me parece una selección muy chafa de mi parte. Sería interesante hacer una lista de las palabras más entrañables después de ciertos cambios en nuestras vidas. Ahí van ellas, despidiéndose o arraigándose, como todo lo demás. En fin, échenle un ojito, y dejen las suyas , ojalá luego me susurren su lista. Sólo hace falta seguir las instrucciones que la bitácora señala.

Día de Internet

October 24, 2005

A un pasito del Día de Internet. , quisiera felicitar desde aquí a Cibernàrium (y, sobre todo, a mis compañeritos formadores), que se colocó dentro de las diez mejores iniciativas contra la Brecha Digital en la primera convocatoria de los premios Día de Internet.

Dicen que con dinero baila el perro… pero en realidad no. No estoy haciendo esto porque Cibernàrium ya me haya pagado, jeje… sino porque estoy aquí precisamente, en medio de las clases que impartimos. Y como siempre, no puedo más que alegrarme por formar parte del crecimiento de muchas personas.

En este lugar, abierto a todo el público (amas de casa, jubilados, desempleados, árabes, latinoamericanos, catalanes, africanos, andaluces, empresarios, ociosos, necesitados), he recibido algunos de los agradecimientos más sinceros que me han dado en la vida. Ayudarles a abrir la puerta de un mundo vastísimo y nuevo, acompañarlos en el abc de enviar un correo a los nietos, comunicarse con la familia que les añora en otro continente, ha sido fundamental para que muchos entendamos empíricamente cómo las nuevas tecnologías nos hacen un poco más humanos.

Así que los invito a festejar este 25 de octubre el Día de Internet . Y, por supuesto, a los que están en Barcelona, a que se den una vuelta por el Cibernàrium. Allí nos veremos.

Ya van varias…

…mujeres brillantes, hermosas, plenas, a las que veo llorar porque les duele un hueco. El hueco es enorme y parece que la cura es llenarlo con lágrimas, o con tristeza, o con eternas tardes de sueño cálido.

Mujeres enteras, independientes, fuertotas, con el futuro trazado en los pies. Y aún así, son como niñas que siguen creyendo en la posibilidad de un cuento, en la irresistible fábula del amor. Princesas guerreras, que salvan sus propios reinos y a las que, además, les sobra tiempo para ayudar a su amado a ponerse la armadura y despedirle con un beso de cuento para adultos. El inquieto caballero, por alguna cruel, sobrenatural, inexplicable razón, se aburre. Prefiere la compañía más simple de las princesas-ornato, que calladitas están más bonitas (pues la mayoría no sabe ni siquiera qué significa la palabra ornato). Le dicen a nuestra protagonista “pues fíjate que siempre no”, y se sienten mucho más seguros si la chica posterior no los supera ni tantito.

¿Qué (chingaos) pasa? ¿Por qué cada vez es más frecuente este tipo de hombre-pesadilla? O, peor aún, ¿por qué las mujeres, como comiendo dulces a escondidas, seguimos albergando la esperanza de que esos sueñitos se hagan realidad? En fin… chale. ¿Ustedes qué piensan? ¿algún hombre que defienda a su género… por favor?

Un abrazo para todas aquellas princesas. Porque esa parte de la historia sí que es cierta: somos hermosas, princesas.

(Recomendación musical para este tema: 5 years), de Björk.)

El vagón de los locos

October 7, 2005

Al tren, mientras una luz cansada se filtraba por las ventanillas, abordó un peculiar grupo de personas. El caminar sin prisa, la ropa muy planchada y los ojos vagabundos me dijeron enseguida que todos compartían encontrarse habitando los abismos de sus propias mentes. Su guía, enérgica, los hizo ocupar todos los asientos alrededor mío.

La lánguida luz dorada les encantó, como a mí, el vaivén entre vías les arrulló, como a mí; iba yo viéndome por dentro, como ellos. Esa condición nos hermanó durante un par de estaciones.

La guía les indicó que bajaban en la siguiente. Se pusieron de pie y caminaron rumbo a la puerta. A su paso, les entregué ojos y sonrisa honestamente cómplices. El que se había sentado frente a mí me devolvió el gesto, desde atrás de sus lentes negros y su rostro desprovisto de cejas. Se levantó y en un guiño cercano y un susurro me confesó, con tal contundencia y tal majestuosidad,

Ya es Hora.
.
.
.

Bajaron, como gotas tristes hacia un charquito. A mi conveniencia, tomaré esas palabras venidas desde un horizonte inimaginable, como consejo, vaticinio, dulce sentencia.

Como si también fuera hora ya para mí.