En el paisaje

September 27, 2005

Todos los que han convivido conmigo los últimos días saben de mi tórrido amorío, desvelo actual: La Doble Vida de Verónica. Yo la recordaba como un precioso enigma y, centurias después, sigo pensando lo mismo; sólo que a mi propia película se han agregado fotogramas entrañables que me permitieron leerla, beberla y paladearla con mayor intensidad.

Si no la ha visto, no le arruino nada diciéndole que cuenta la historia de dos lejanas Verónicas de idénticos cuerpos y dones; y no le arruino nada porque el punto no es descubrirlo, sino experimentar aquello de sentirse en dos lugares a la vez.

Mucho se ha tratado el tema de los dobles (el clásico mito del doppelganger), sobre todo en la literatura: Borges, Dostoievsky, la maravillosa Noche boca arriba de Cortázar. Pero en el caso de la cinta del enorme Kieslowski, el doble no nos invade para tomar posesión de nuestra vida, no es una nuestra versión maligna, ni un desdoblamiento astral, ni presagio de muerte. Es la hermosa y terrible sensación sobrenatural de no estar solos en el mundo… una sensación que nada tiene que ver con el amor -pues se puede estar enamorado y sentirse la cosa más sola del mundo-, sino con habitar, y habitarse; y vivir, y vivirse.

Recuerdo una de las primeras veces que lo experimenté. Estaba en el coche, esperando a que mi familia saliera del súper, oyendo radio y nomás así, transcurriendo. A los quince uno tiene constantes visitas a las superficies reflejantes, así que agarré el retrovisor y me “pasé revista”. De pronto, no sé explicarlo, ocurrió. Me vi. Perpleja, yo también me veía desde la plata líquida del espejo. “¿Gaby?” le dije. “Gaby…”, me respondió. Nos abrazamos con la mirada. A veces me la encuentro, sin necesidad de reflejos. Viendo al paisaje, viéndome en el paisaje. El paisaje me mira. El aire nos eleva y despierta. No estoy sola en el mundo.

¿A eso… a eso se le llama… dios?

Mientras platicamos (y usté escribe su comentario) puede escuchar algo aquí.