

(Sí, yo también crecí, Harry, Hermione, Ron. Y cuando me di cuenta de cómo era el asunto, puse la misma cara. Fue un honor, muchachos, nerdear a causa vuestra. Larga vida tengan, queridos héroes).
A petición de la querida Lilián, reproduzco aquí este texto mío sobre Harry Potter que guardagujas publicó el pasado 17 de julio.
Después de escribirlo, de las charlas con los cómplices nerds del tema, de ver alguna película y leer un par de libros más (que, curiosamente, nada tienen que ver con Harry a primera vista) , me encantaría añadir algunas notas ñoñas, pero bueno, serán materia de otro post.
Dedicado a todos lo que chillaron “como coyotes” (a decir de Vero Murguía) con la suerte de nuestros queridos personajes de la saga. Para todos ellos, mi más sincero y solidario “Accio Kleenex!“
“– ¿Esto es real? ¿o está pasando sólo dentro de mi cabeza?
–Por supuesto que esto está pasando dentro de tu mente Harry, ¿pero por qué razón eso debería significar que no es real?”
Harry Potter y las Reliquias de la Muerte, J. K. Rowling.
Nigel Newton se llevó a casa el manuscrito de una desconocida y se lo entregó a su hija Alice. La niña recibió gustosa el bonche de hojas y desapareció en el gozoso silencio de la lectura. Leyó las primeras páginas de una novela en la que un niño de diez años, flaco, respondón y con las gafas rotas medio unidas por diurex, recibe una extraordinaria noticia: podrá abandonar la casa de sus tíos y su primo (a quien describe como “un puerco con peluca”) para internarse en Hogwarts, escuela de magia y hechicería. Al poco rato, la pequeña bajó corriendo las escaleras diciéndole a Nigel “Esto es lo mejor que hay ¡quiero leer lo que sigue!”. Alice, que entonces tenía ocho años, no sabía que sus palabras se repetirían una y otra vez alrededor del mundo. Joanne Rowling garabateó la silueta de Harry durante un viaje en tren, y durante cinco años las siestas de su hijita le permitieron construir el destino de Harry. La primera aventura de Potter fue rechazada por un número importante de editores (nueve dicen algunos, doce dicen otros) y cuando por fin se publicaría, éstos le sugirieron inventarse un middle name para que su nombre de mujer se mantuviera oculto entre las iniciales (es célebre la frase “¿Quién querría comprar un libro escrito por una Joanne?”).
Este fin de semana se ha estrenado la última de las ocho películas en que la historia fue dividida. Han pasado catorce años desde la publicación del primer tomo de Harry Potter y la afectuosa relación que los fans mantienen con el mago aún resulta inexplicable para muchos. Quizá una de tantas imágenes que circulan por la red pueda darnos una pista: Sobre un sofá, una muchacha que ronda los veinte años lee con avidez Harry Potter y las Reliquias de la Muerte, la conclusión del universo de Hogwarts. En el pie de foto puede leerse que es Alice Newton, aquella niña que leyó antes que nadie las aventuras de El Niño que Sobrevivió. Es decir, el amable trabajo del tiempo consiguió que varias generaciones fueran transformadas, de una forma u otra, por Harry Potter. La primera de ellas creció leyendo los libros de Rowling; la segunda conoció la saga a través de las películas. Y la tercera sea quizá la más extraña y desconcertante de todas: los que entraron a la lectura y al juego cinematográfico siendo adultos y que, curiosamente, se acercan a la verdadera edad de Harry (cuya fecha de nacimiento, marcada por la misma Rowling, es el 31 de julio de 1980). Ésa es la categoría a la que yo pertenezco, aquella que para los críticos es injustificable. No nos salva ni la ingenuidad de la niñez ni la pasión juvenil y más nos valdría, en opinión de muchos, ocuparnos de otras cosas serias y adultas.


Pero ya lo dijo Michael Ende: las pasiones humanas son un misterio, los que las sufren no pueden explicarlas y los que no las sienten no pueden comprenderlas. Quizá por eso la mayoría de la crítica hacia los libros de Rowling se caracteriza por un rasgo bastante curioso: sus más rabiosos detractores no lo han leído. ¿Para qué? afirman, si 1) es un vil producto de la mercadotecnia (y para eso mejor ver las películas), 2) son para niños y qué flojera, 3) es literatura de amas de casa, de una escriñora. A esto se le añade el típico desprecio que existe hacia toda lectura que no esté destinado a ese ente, el lector ideal: hombre, adulto, de la clase “educada”, cuya dieta literaria consiste en obras de gran trascendencia, lo que sea que eso signifique. Las mujeres y los niños, que aborden los botes.
Ser cínico e inaccesible es el escalón más alto en la pirámide de la intelectualidad contemporánea (esto me parece particularmente notorio en la mexicana). Lo que huela a gozo multitudinario les es instantáneamente repulsivo, así como la idea de tener que conocer aquello que desprecian. Para que algo les apasione, es requisito que sea más under que un topo comiendo lombrices o tan indescifrable que sólo la inteligencia de unos pocos (oh, los elegidos: aquí tienen algo en común con Potter) apreciarán en plenitud. Sin embargo, sería injusto omitir que, aunque escasa, sí ha habido una verdadera crítica de los libros de Rowling.
A. S. Byatt escribió Harry Potter and the Childish Adult, un brillante análisis de cómo los adultos recurren a estos libros y películas como un efectivo método de regresión para obtener comodidad y refugio del mundo. Afirma que la fantasía de Joanne Rowling es poco elaborada, una caricatura del mundo moderno (elevadores multidireccionales, burócratas con varita, tiranía política purasangre) que no alcanza a profundizar en el enfrentamiento con lo inhumano como las obras de Tolkien, Pratchett o Úrsula LeGuin. En nuestro país, Alberto Chimal publicó en su bitácora La iniciación confortable, magnífica reflexión que enumera los limitados alcances de la heroicidad potteriana: “la recompensa del héroe que viaja al mundo mágico (…) es la vida descansada de la clase media”. Confieso que comparto la opinión de ambos autores, y me regocija el hecho de que su crítica nos regale una perspectiva más con la qué construirnos, tal y como la lectura de Harry Potter lo hizo durante diez años.
Los libros de Rowling son fascinantes para un lector que se abandona. Su buen humor y disposición a tratar sin timidez los grandes temas (el racismo, la amistad y el amor, la muerte) fueron fundamentales para enganchar a sus lectores. En los primeros volúmenes, la trama posee cualidades detectivescas que se mezclan con el ingenio prodigioso de los tres niños protagonistas; en contraste, las películas correspondientes son en verdad lamentables, a pesar de que Chris Colombus no pintaba como mal director habiendo hecho la genial El joven Sherlock Holmes, cuyo ambiente de boarding school anticipaba un grandioso Hogwarts. El tercer libro y su correspondiente película, Harry Potter y el prisionero de Azkaban, posee casi una perfección compacta dentro de los límites que puede ofrecer una saga como la de Potter: la trama se urde con precisión, el viaje en el tiempo es deliciosa sorpresa y el tema del miedo acabó de construir el universo fantástico de Rowling con los dementores, esas criaturas de vaga forma humana cuya presencia roba cualquier pensamiento positivo circundante. Las víctimas se abandonan a la tristeza y la desesperanza, perdiendo el alma. Para combatirlo, es necesario conjurar el encantamiento Patronus, evocando los recuerdos más felices que se alberguen en el corazón (Harry recuerda la suave voz de su madre), y que se materializarán en la luminosa silueta de un animal totémico. La idea es poderosa y tanto en las páginas de Rowling como en los fotogramas de Alfonso Cuarón está bien representada. Para quienes buscan respuestas en los libros, ahí está la problemática cada vez más frecuente de niños y jóvenes proclives a la depresión, el equivalente muggle de los dementores.
A partir del cuatro libro, la fantasía se desborda y la niñez de Harry queda atrás. La estructura del “camino del héroe” adquiere proporciones épicas y Potter se va preparando para enfrentarse con su doppelganger Voldemort, cuyo nombre nadie, más que Harry, se atreve a pronunciar, alegoría de la mojigatería social frente a aquello que teme, aquello que necesita enfrentar. Durante la espera de los libros restantes, los fans acudieron a las salas de cine como un ejercicio de recreación de la lectura. Yo, la de la generación injustificable, formé parte de una cofradía amistosa que se impuso como ritual abandonarse a las películas y las palomitas como niños (ahí estamos los childish adults). Aunque notáramos los malos ejercicios de adaptación y las fallas de Rowling evidenciadas con lupa en la pantalla grande, no dejamos de asombrarnos con la posibilidad de contrastar nuestra propia imaginación con la elaboración cinematográfica. Puedo decir sin vergüenza alguna que particularmente me conmovió la posibilidad de ver a las criaturas mágicas como Buckbeak el hipogrifo, la textura de sus alas grises, sus anaranjados ojos de águila, la fortaleza de sus patas traseras y hasta el descargo de los intestinos que realiza despreocupadamente mientras se acicala las plumas. Planeando sobre el lago de Hogwarts, Buckbeak roza delicadamente la superficie con una de sus garras. Harry mira el reflejo de ambos en el agua, dos criaturas que pertenecen al orden secreto de la vida pasean entre árboles y nubes, que aunque esos sí nos son familiares, también guardan en su simple belleza otro misterio. Tampoco me apena confesar que lloré como loca con el espectacular dragón ucraniano de esta última entrega, la pobre criatura ciega que custodia la bóveda de Bellatrix Lestrange en Gringotts y al que los protagonistas liberan del encierro. El animal inmenso, de áspera belleza, olfatea la libertad y escala hacia el cielo con desesperación, vuela con torpeza y regocijo hacia quién sabe qué refugio. Personalmente, Harry Potter me regaló algunos momentos de eucatástrofe, la experiencia luminosa de la que hablaba Tolkien: “Lo que caracteriza a un buen cuento de hadas, a los mejores y más completos, es que por muy insensato que sea el argumento, por muy fantásticas y terribles que sean sus aventuras, en el momento del clímax puede hacerle contener la respiración al lector, niño o adulto, puede acelerarle y encogerle el corazón y colocarlo casi, o sin casi, al borde de las lágrimas, como lo haría cualquier otra forma de arte literario, pero manteniendo siempre sus cualidades específicas. Al cuento que en alguna medida logre esto nunca podremos considerarlo un fracaso total, cualquiera que sean sus defectos y la mezcolanza o confusión de sus propósitos”.

El dragón ucraniano imaginado por la ilustradora de los libros de Scholastic, Mary Grandpré.

El dragón herido de la segunda parte de la versión fílmica de Harry Potter y las Reliquias de la Muerte.
Con la misma intensidad, la frustrante experiencia de leer el epílogo de la saga se repitió viendo su equivalente fílmico. La historia pudo terminar con la última frase del último capítulo, que culmina con Harry rechazando la varita mágica más poderosa: “Sinceramente, ya he tenido suficientes problemas para toda una vida”. Sin embargo, Rowling se engolosina con la condescendencia y convierte a Harry, Ron, Ginny y Hermione (estas últimas heroínas atípicas y entrañables con las que las niñas podrán identificarse) en padres de familia demasiado pulcros. Antes marginales, trastocadores del orden, después de la aventura se parecen demasiado a los Dursley, que “se enorgullecen de ser perfectamente normales, muchas gracias”.
Verónica Murguía, amante de los libros de Potter, también critica al epílogo, pero ofrece otra lectura del final: “La vida normal es un anhelo amenazado por nuestra crueldad, por elementos naturales y gobiernos corruptos, es una aspiración cada vez más rara y deseada”. Con el último de los filmes termina una larga y gozosa ceremonia que celebraba la lectura, los alcances de la imaginación, la pasión por las historias y la búsqueda de sentido al formar parte de una comunidad. Sin el revuelo causado por Harry Potter, quizá no podríamos disfrutar de obras con una manufactura literaria superior como Jonathan Strange y el Señor Norrell, de Susanna Clarke, que ya no tuvo que esconder su género entre iniciales. Algunos cuantos, por lo menos, agradecemos la aparición de Harry porque demostró –en una época que lo necesita con urgencia– el valor de las palabras. Ésas, nuestro más poderoso conjuro.

“I go to the entrance to platform 9¾ at King’s Cross, where Harry walked through the wall and caught the train to Hogwarts. So many fans turned up and posed for photographs here, they have moved the sign outside the station, under a low, foul awning by a newspaper kiosk. The entrance platform 9¾ is a photograph of some bricks, and a sign with the “4″ half-eaten away. It is foetid and peeling; nothing magical here. A bit of a trolley sticks out of the wall. But still the tourists come and pose – body to the wall, face turned backwards, smiling.”
-Tanya Gold, The Guardian.
(La foto fue tomada en julio de 2005 dentro de King´s Cross, una semana después de los atentados terroristas en Londres. Y también, la víspera del lanzamiento de Harry Potter y el Príncipe Mestizo. Quizá será porque, tímidamente, la magia siempre sabe abrirse paso entre los escombros.)