Three Messages and a Warning

January 26, 2012

Hace ya más de un año, Bef me contó que Chris N. Brown, maravilloso editor gringou, había disfrutado mucho Futura Nereida, mi cuento incluido en Los viajeros; y que le gustaría editarlo dentro de una recopilación de letras mexicanas en inglés. Correos fueron y vinieron, traducciones y correcciones también; pero sobre todo, mucha ilusión por ese proyecto que iba tomando forma, portada y canto.

Hoy se presenta en una librería de Austin Three Messages and a Warning, antología de literatura fantástica mexicana publicada por Small Beer Press, editorial texana comandada por la adorada Kelly Link y el premiado cienciaficcionero Gavin Grant. En ella participo junto con varios colegas queridos y autores a los que admiro: Bernardo Fernández -BEF-, Alberto Chimal, Karen Chacek, José Luis Zárate, Agustín Cadena, Claudia Guillén, Amparo Dávila (¡gulp!), entre muchos otros. En uno de sus parpadeos, la Locus Online (la legendaria revista de Fantasía y Ciencia Ficción) se ha ocupado de Three Messages and a Warning al enlazar esta entrevista con los editores, donde más o menos explican de qué va la onda.

Las primeras reseñas se van colando de a poco. Una de ellas hace un balance de los vicios y virtudes de la antología y escoge a Nereid Future como uno de sus cinco cuentos favoritos (”The very good”). Dice:

Imagine a modern, Mexican version of Margaret Oliphant’s short story from 1869, The Library Window and you’ll arrive at “Nereid Future.” The story, told in the second person, is about a girl who falls in love with a long-dead author through his books. The narrative gets increasingly meta as the girl begins to believe that the author loves her back. Intertextuality and female identity earn the spotlight in this short story, which contains one of those perfect endings where you should have seen it coming from the start, but still catches you by surprise.

Confieso: me avergüenza un poco poner las flores a la vista de todos, muchachada, pero es la primera nota sobre mis cuentos en otra lengua que no es la mía, y es una nota positiva. Estoy contenta.

También califica de joya al cuento Variation on a theme of Coleridge del muy querido Alberto Chimal, a quien pueden ver leyéndolo en video, aquí.

Lo mejor del asunto es que ¡ya la pueden comprar!, tanto en papel como en PDF, en el sitio de Three Messages and a Warning de Small Beer Press. ¡Sed buenos y corred la voz, mortales!

Desde el castillito toda la buena onda para el querido Bef –para quien van las gracias, y la alegría–, Pepe Rojo y Chris Brown, que estarán dentro de un par de horas entregándole al mundo estos sueños rarunos.

Solsticio de invierno: Agapi (amor)

December 31, 2011

Esta Navidad, día en que se supone que todos somos mucho más encantadores –especialmente los niños– mi hermana me cuenta que Emilio, el sobrino de 11 años fan de los Beatles, se ha negado a hacer la primera comunión. Es más: se ha negado a tener religión. Le ha dicho “Cuando sea grande, decidiré si quiero tener una”.
Me temo que es un poco culpa mía. La segunda mitad de este año, en mi mafaldesco y descuidado blablabla, no he parado de darle rrrecio a la iglesia católica.

Y es que ya no quiero pertenecer al mismo grupo de personas (a quienes Martin Sheen les da una buena zarandeada aquí) que todavía defienden lo que Pablo de Tarso, el aguafiestas de la buena nueva, decía hace casi dos mil años: que nuestro cuerpo es aborrecible, que dios es capaz de odiarnos, que los narcos o los del 1% de Wall Street, si se arrepienten en su última hora, tienen más oportunidades de entrar al paraíso que nosotros, los que preferimos pensar que no hay un edén esperándonos porque creemos que la vida es fugaz y una, y que valoramos este cuerpo y este momento puntual con toda su grandeza y su miseria como única vía para disfrutar del misterioso obsequio de estar vivos, y respirar.

Así que he decidido honrar a mi valiente sobrino siguiendo su ejemplo: por fin pública y oficialmente también me despido, como diría Philp K. Dick, de la fe de nuestros padres, o mejor dicho, de los abuelos. ¡Adiós, y gracias por el pescado!


(Los cachetones herejes)

Sin embargo, esa despedida no borra un montón de ideas que en estos casi 33 años de existencia han determinado cómo enfrentarme al mundo. Soy junto con el buen Emilio ahora apóstata y hereje, pero no ingrata. Y debo reconocer que, al final, una de las ideas que más me importa tiene una inevitable raigambre cristiana. (Sí, Michel Onfray, seré una vergüenza para la militancia del hedonismo, pero ya no me importa).

En esa obra maestra que es Azul, de Krzysztof Kieslowski, Julie se enfrenta a la peor de las pesadillas: sobrevive al accidente en el que mueren su esposo y su hija. El dolor que le produce verse despojada de todos los lazos que una vez había creído permanentes es tan insoportable que ni siquiera produce lágrimas. Decide cortar de tajo con el pasado y también con el presente, aislarse del mundo de tal forma que no pueda establecer ningún vínculo, pues tarde o temprano los vínculos hieren. Al final, Julie comprende que no puede vivir así: se hace amiga de la stripper del edificio a la que todos odian; al descubrir que su esposo tenía una amante, le deja la casa que habitó con su familia para que la ocupe con su hijo, que está por nacer; acepta el amor que le prodiga el viejo amigo que la admira; y, al parecer, es capaz de poner en perspectiva esa vida que tuvo, que ha desaparecido pero ha dejado la memoria, la prueba de su capacidad para darse a los otros y el testimonio de que fue querida por los que amó. Y termina de componer la Canción para la Unificación de Europa, que es mi regalo de año nuevo para ustedes, lectores del castillito:


(Espero que hayan ignorado la falta de ortografía del buen samaritano que subió el video :S)

Zbigniew Preisner compuso esta hermosa pieza. La letra es una adaptación de la Primera epístola de Pablo a los Corintios, y está cantada en griego. Sí, Pablo de Tarso. Ironía.

El hombre pensó y legó mamarrachadas, pero también dejó esta carta. A la solemnidad le gustan los chistes, y en estos casos no es más importante el mensajero que el mensaje. Muchas personas a lo largo de la historia lo han comprendido y transformado en realidades tangibles y bellísimas. Como esta música.

Deseo para este año de extraños augurios que su vida contenga la certeza del amor. Pero ya saben, no esa chorrada que nos venden como el amor, sino el regalo verdadero de estar en el mundo para los otros, para los que amamos, para los que nos aman. E incluso, para los desconocidos, cuya bondad y generosidad puede que nos sorprenda. Que se encuentren en todas las miradas, que se reconozcan en los dolores ajenos, y que sientan las alegrías cercanas como propias.

Sea el amor en todos sus días, de verdad.

Feliz 2012.

(P.S. Siguiendo con la apostasía y la irreverencia, no se pierdan el festejo de cumpleaños de ésta que les habla: los 33 ameritan pachangón de proporciones “bíblicas” –literalmente–. Escoja su versículo favorito y póngase disfraz, que lo esperaremos en traje de carácter para festejar los 33. Algo asínn:


¡No se lo pierda! Pronto compartiremos los detalles).

El vuelo de la efímera

November 16, 2011

Me da muchísimo gusto anunciar que Efímera, el primer libro de nuestro querido Miguel Lupián, ya está disponible para todo el que lo quiera leer, editado por Samsara: la KGB está de plácemes. Miguel me invitó a escribir el prólogo, lo que desde luego fue un honor. Les dejo aquí el exordio para picarles la curiosidad y se acerquen a sus páginas. Si desean brincárselo directamente y comenzar a leer el libro, no me ofendo: visiten el blog de Efímera para hacerse con un ejemplar.

¡Felicidades, Miguel!

Entrar al reino de lo efímero implica perseguir una contradicción inevitable: lo perecedero, lo breve e intermitente tiene la maravillosa capacidad de perdurar en la conciencia precisamente por su condición de ráfaga, de ocasión única, de atisbo que, a fuerza de querer aprehenderlo, se recrea una y otra vez en la memoria. Sin embargo hay quienes se empeñan en señalar que la brevedad no es amiga de la trascendencia, sobre todo si se habla de literatura, pues los cánones aún establecen a la novela (o novelota, deberíamos decir o, en términos comerciales, novelotas de tres tomos para arriba) como la máxima creativa de todo escritor que se respete. No encontrarán aquí, lectores, esa pretensión de eternidad ancha y cómoda desenrollando su trama hasta entregársenos horneada en las últimas páginas, sino una inquietante pregunta, veloz y filosa, un afectuoso mordisco de sierpe dispuesto a rondarles para siempre como el fantasma de una respuesta inasible. Encontrarán, pues, la laboriosidad de un contador de historias que no teme a su propia imaginación, ni a sus declarados afectos, ni a la pesada carga de la tradición de la literatura fantástica. Encontrarán, en pequeñas estampas, iluminaciones y fantasmagorías, un placer con frecuencia rezagado a las lindes de lejanas fogatas.

Hasta hace relativamente poco tiempo, con la revaloración de grandes autores como Amparo Dávila o Francisco Tario, los lectores mexicanos de literatura fantástica se sumergían fascinados en escenarios ajenos que con la lectura se nos volvieron familiares, haciéndose costumbre que las historias ocurriesen allá lejos, como si nada extraordinario pudiera pasar en la esquina de la calle que transitamos a diario o en el oscuro armario del vecino. México, territorio de la realidad, confín de la crudeza, cielo despojado de maravillas inexistentes, tiene pánico escénico y no es protagonista del horror y el asombro en una buena porción de la literatura nacional, incluso de la más original y caprichosa que se escribe en el país.

Pero la imaginación de Miguel Lupián nos concede una tregua, una oportunidad de otear la frontera de la duda, el desconcierto, lo sobrenatural, en términos cercanos y contemporáneos. Con Efímera recuperamos la posibilidad de reconocer en nuestras propias calles y casas, en nuestra propia historia, el escalofrío de lo imposible.

La necesidad de que la fantasía irrumpa sin aviso en la vida cotidiana, de experimentar el miedo que produce la madera chirriante o el lamento de unas bisagras, el recordatorio funesto de la sangre y la muerte están en estas páginas, condensadas habilidosamente en narraciones compactas y pulcras. Pero lo que hace especial a este libro es que la voz de su autor se deja oír a través de peculiaridades que sorprenden gratamente: una pasión por los libros que habitan el espacio de cada narración de forma orgánica; una minuciosa obsesión por los nombres hipnóticos de flores, plantas y animales; un conmovedor enfrentamiento con la trampa nostálgica que encierran los álbumes fotográficos. Una debilidad por la lluvia incesante, como aquella interminable y melancólica caída de agua en cada cuadro de Blade Runner; y una minuciosa descripción de rituales de brujería y hechicería que incluso se antojan realizables, como si las puertas del mundo otro se abriesen con la mera lectura de las instrucciones mágicas (pinte círculos concéntricos con una tiza sobre la tumba deseada) descritas por Lupián en cuentos como Danza nocturna o El trabajito.

Hay también monstruosidades insólitas, como la de El regalo, donde la idea de la Nada se revela en todo su horror, o las múltiples pupilas que acechan en el jardín de El ojo, como aquellos lirios-ojo flotando en el agua del cuento Griselda de Amparo Dávila. Domingo es un relato siniestro en el que se mezclan el olor de la mandarina con el de la sangre. En Nejapa el tono mítico y la atmósfera de un pasado perdido, evocado con la cercanía de un lenguaje preciso, nos regalan una historia que merece convertirse en leyenda verdadera a fuerza del boca a boca de los lectores que la conozcan.

Y aunque Cthulhu, la ceguera de Borges, la desenfadada brevedad cronopia de Cortázar o el espeluznante sobresalto de Ana María Shúa acompañan al autor en reconfortante tertulia, hay una habitación dentro de esta mansión efímera que cava un hoyo en las arenas de la nostalgia a la manera de Carver, o de Chéjov, pero que Lupián la ha heredado como propia con delicadeza y originalidad: Ladrón de fotografías es una pequeña joya que desgrana compasivamente los gestos de un curioso carancho que encuentra en imágenes ajenas alguna clase de consuelo.

La fantasía, deberíamos recordarlo con frecuencia, también evoca la piedad, la tristeza, la efímera alegría de las aves y los conejos. Miguel Lupián lo sabe, y ha sido generoso al compartírnosla en la existencia breve, pero memorable, de la ephemeroptera, ese insecto que aparece una y otra vez a lo largo de los siglos, aunque apenas vive unas horas para contarlo.

Hey, Bruja

November 2, 2011

Comparto esta pequeño texto de sala que me invitaron a escribir para la exposición Hey, bruja, en la que se puede echar un vistazo al imaginario brujesco de un puñado de muy talentosas muchachas a través de sus pinturas y fotografías en el Centro Cultural Hilvana.

Decirte bruja, niña, es cumplirte una fantasía de poderosa magia: si eres bruja, puedes convertirte en dragón, como en la Bella Durmiente; o correr por el bosque con la casa a cuestas sobre tus inmensas patas de gallina, como la rusa Baba Yaga. Con semejantes facultades, ¿quién se acordaría de envenenar princesas, pudiendo volar?

Decirte bruja, muchacha, es susurrarte que en el pelo llevas sortilegio, que en la carne y la mirada guardas filtros, trampas amorosas que la noche te aguarda. Quien así te llama confirma que la hechicería es cosa de mujeres como tú, pues el deseo es cosa del diablo y tú te has hecho dueña de tus propias apetencias. ¡¿Cómo es que te atreves?!

Decirte bruja, señora, es señalar que llevas en la manga ingredientes de brebaje, que la experiencia te ha hecho desconfiada, adivina, consejera, que en el rostro llevas la cuenta de los daños del mundo, que tus ojos de lumbre se han fortalecido hasta darnos miedo porque sabes lo que no habías de saber. ¡A la hoguera, bruja!

Pero decirte bruja, mujer, podría ser otra cosa. Una más simple, una despojada de historias pasadas y ajenas. Hagamos nuestra la idea de nuevo, hagámosla libre, como cuando sólo implicaba el vuelo de la escoba, la noche, la hierba. Que sea una verdad abriéndose en tu pecho como diminuta pirotecnia, y que toque, inmisericorde, cada labor tuya.

Llamémonos brujas porque sólo es posible serlo cuando se ha perdido el miedo.

Ada y sus hermanas

October 8, 2011

Hoy se celebra a la pionera matemática y programadora (aunque esta palabra ni su significado existían para describir su hallazgo), Ada Lovelace (1815-1852). Alrededor del mundo y gracias a esta iniciativa, la gente dedica un post de sus blogs para hablar de la mujer de ciencia que más le guste, que más admire, o que desee acercar a más personas.

Yo con gusto dedicaría este post a la misma Ada, cuya descripción de lo que una máquina analítica podría hacer con una buena secuencia de instrucciones: “We may say most aptly that the Analytical Engine weaves algebraical patterns just as the Jacquard loom weaves flowers and leaves”. Ada era brillante, apasionada, y, lamentablemente, muy humilde: cuando ayudó a Babbage al traducir la interpretación que un científico italiano hizo del motor analítico, Ada la triplicó con sus propias notas. Babbage le preguntó por qué ella no había escrito su propia interpretación, sabiendo tanto como sabía, y ella sólo contesto que, en realidad, no se le había ocurrido. No era muy frecuente ver a mujeres matemáticas publicando sus ideas por ahí, era natural pensar que alguien más tendría que hacerlo.

Ella aseguraba que una máquina de esta clase podría “tejer” no sólo operaciones matemáticas, sino eventualmente, música, dibujos… justo lo que nuestras computadoras hacen hoy. Ada escribió, pues, el primer programa de la historia. La máquina era capaz de imprimir, así que imaginemos todo lo que su reflexión hizo posible para nosotros.

Aunque resulte difícil de creer, muchas mujeres sufren el síndrome “Nosemehabíaocurrido” porque todavía no es muy frecuente que veamos a nuestras pares ahí, en el templete, recibiendo condecoraciones, medallas o premios, y mucho menos como reconocimiento a su labor dentro de la ciencia y la tecnología, pues en el trópico se nos sigue enseñando que los tornillos, los telescopios y el álgebra son juguetes para niños; hasta que los pinten de rosa o les pongan corona de princesa de Disney no serán para niñas.
Por eso es tan importante evidenciar el trabajo de mujeres brillantes y apasionadas que, como Ada, sepan anticipar los beneficios que determinado conocimiento traerá a nuestras sociedades. Por eso, además de a la hermosa Condesa de Lovelace (e hija de Lord Byron mon amour, quise evitar el dato, pero es mon amour), quiero dedicar este post, hoy, a una de las más generosas científicas mexicanas: Julieta Fierro.

Conocí a Julieta en la prepa, cuando mi mamá no tuvo de otra y me regaló un telescopio. Mi insistencia fue mucha, mi alegría al recibirlo fue inmensa, mi habilidad para utilizarlo fue nula. Siempre he sido muy torpe, pero también muy terca, así que quise ponerle remedio estudiando lo poco que pudiera entender de Astronomía. Resulta que pude comprender mucho más de lo que pensaba gracias a las palabras de Julieta Fierro, que siempre se ha preocupado por hacer accesible el pensamiento científico. No hay ningún artículo, entrevista, programa de radio o tele que la incluya sin un juego o juguete, sin un ejemplo divertido y sencillo que ayude a comprender los conceptos que explican el silencioso e impenetrable espacio. Utiliza objetos tan absurdos como secadoras de pelo y globos para hablar de la fuerza de atracción, se pone antenitas de vinil mientras habla de la posibilidad de vida en otros planetas, regala chocolates a quienes le ayuden a comprobar un enunciado científico, baila porque “en lugar de echar un rollo hago todo lo posible por hacer demostraciones. Las bailarinas son esenciales para demostrarlo. ¿Quién se va a rehusar a explicar el funcionamiento de un reloj de sol si se lo pide una hermosa mujer ataviada con tules? Cuando la densidad de la ciencia se va haciendo indigestible acudo a la magia de sustituir las palabras por oscuridad, música, luz y danza. El placer de entender se ve coronado con el del arte.” Monté el microscopio con la ayuda de los amigos, Julieta, entre ellos, aunque no lo supiese. Por alguna razón, cuando vi Contacto, basada en la novela de otro ídolo absoluto de este blog, Carl Sagan, pensaba que Ellie Arroway era una suerte de Julieta con el mismo larguísimo pelo, sólo que triste, medio amarga; pero igualmente merecedora de viajar hasta el encuentro último.

No mucho tiempo después, quizá unos cinco o seis años, durante una comida familiar, el papá del noviete en turno (un reconocido químico) comentó que en el diplomado que tomaba entonces Julieta Fierro impartiría algunas clases. Mi faceta más ridícula –la de groupie– salió a flote. Rogué porque le pidiera que se tomara una foto conmigo. Como el señor era un encanto me hizo caso, pero tuvo que soportar la vergüenza de que yo, ante la sola vista de Julieta, me petrificara como un camaleón asustado y me colocara junto a ella con lamentable mirada de reptil. Clic.

Es en estas ocasiones cuando lamento no ser todo lo memoriosa que quisiera. No recuerdo en qué parte quedó la foto pero, sin duda, esa imagen es uno de esos sueños cumplidos; porque Julieta es luminosa, como los astros a los que apunta con su telescopio desde aquí.

Pueden leer su biografía y ver algunas fotos acá. Pero me gusta más esta idea: lean su divertido, entrañable diario, y encuentren que la coincidencia con Ellie Arroway no era tan descabellada.

Con mi gordo corazón ñoño, en verdad desearía ser como Ada, o como Julieta. Mi imaginación se mueve por otros prados, pero ojalá se me conceda ser hermana de esa valentía y esa fortaleza para no cejar en el empeño de aquella voz que a todas, por dentro, nos canta la complicada, única, sólo nuestra, melodía.

Álbum

October 5, 2011

Tengo el post del equinoccio escribiéndose desde hace más de diez días, una crónica otoñal que no acaba de ver la luz; tengo otro más, sobre novedades, cocinándose; y el entrometido (y urgente) post sobre el aborto legal, publicado así, con urgencia.

Pero hoy, un día en el que he visto caer las hojas y a mí también se me cayeron unas cuantas a causa de la reflexión, el cansancio y cierta incertidumbre; quiero hacerme un álbum de recortes. Quiero pegar aquí con pritt o cinta mágica, o el adhesivo pegajoso de unas páginas de cartón, el día maravilloso de ayer, y otros días en los que parece posible cumplir con todo lo que deseo hacer antes de irme a la cama. Quiero acudir al álbum cuando quiera rendirme, o cuando sienta que el viento se lleva todo y lo porta a otros lugares con demasiada rapidez.


En la fiesta de aniversario de Código DF, nosotras y Óscar Guerra (Warrior!), el productor de Nuestra Habitación.


En la venta nocturna del FCE en la Rosario Castellanos, con Elssie cazando libros de poesía y yo feliz por el hallazgo de Amor de Artur.


En la Universidad Iberoamericana, después de que participamos en charlas sobre Ciencia Ficción y Literatura Fantástica, y leímos cuentos para un par de videos que circularán por la red.


En la boda de Ana Paula y Miguel, donde fuimos felices.

¿Cuál vida?

September 29, 2011

Es posible que para algunos resulte difícil de creer lo que diré: quienes hemos decidido alejarnos de los dogmas de fe, solemos reverenciar a la vida de forma absoluta. Para muchos de nosotros, la vida no es sólo ese valle de lágrimas en el que se gime y se llora; ni ese milagro que vale más en el cuerpo de un rey que en el cuerpo de sus plebeyas. La vida, para quienes la respetamos y gozamos con la plenitud de la cabeza, el corazón y los sentidos, es prodigio y dicha, la posesión más preciada. Hoy, quienes se pronuncian en contra de la despenalización del aborto proclaman con el pecho muy ancho “¡Ganó la vida!”.

¿Cuál vida fue la “afortunada ganadora”?

La vida, para ellos, está acotada por ciertas características: brota en un chispazo cósmico durante el mágico momento de la concepción. La imposibilidad de la conciencia le hace inocente, y, aparentemente, por esa razón es más valiosa, más que una mujer, cuya forja diaria la ha hecho un ser humano capaz de sentir, pensar, comunicarse, construir. De percatarse de que habita el mundo e incidir en él. Como si la conciencia de sí, o su andar por el camino, la hiciera automáticamente culpable de un delito por cometer.
El momento exacto en el que una persona comienza a ser persona no ha sido establecido tajantemente por nadie, a pesar de que existen varios consensos en torno a evidencias científicas. Al respecto, recomiendo ampliamente leer este excelente texto del Doctor Gustavo Ortiz Millán que explica la decisión de la ALDF para establecer las 12 semanas de embarazo como límite para la Interrupción Legal del Embarazo. En él se menciona: “Hasta las semanas 12-13 no hay aún corteza cerebral, sino apenas la llamada placa cortical que le dará origen (…) el feto humano es incapaz de tener sensaciones conscientes y por tanto de experimentar dolor antes de la semana 22-24 (…) hay cosas básicas que sabemos acerca de la naturaleza de la conciencia y de la mente que nos permiten afirmar con seguridad que sin una base cerebral no hay estados mentales, que sin el desarrollo de la corteza cerebral en el embrión es imposible que aparezcan estados de conciencia. Y lo que sí sabemos es cuándo se empieza a desarrollar la corteza cerebral. Otros aspectos de la conciencia pueden ser misteriosos, pero ése, sin duda, no lo es.”

Los ministros que hoy votaron en contra de la despenalización del aborto votaron por esa vida, definida por el pensamiento religioso a pesar de que el nuestro es un Estado laico. Votaron por una vida sesgada, que ignora las condiciones adversas a las que están sometidas la mayoría de las mujeres en este país. Tratar al aborto como un delito y no como un problema de salud pública es cruel e irresponsable. Pretender que una adolescente lleve a término el embarazo surgido de una violación, o encarcelar a una mujer por ejercer su derecho a decidir sobre la maternidad implica un terrorífico retroceso en la defensa de los derechos humanos. No podemos seguir determinando el rumbo del país, de nuestra condición humana en pleno siglo XXI, si no determinamos, como sociedad, el origen de este rechazo a los derechos fundamentales de las mujeres. Afrontémoslo: el clasismo, el racismo y la discriminación que la sociedad mexicana escamotea en todos sus ámbitos son las causas directas de esta decisión. Se trata, primero, de proteger a las mujeres más desamparadas, víctimas de la violencia sexual e institucional, las que mueren al practicarse un aborto en lugares clandestinos, en condiciones desesperadas, las que no tienen acceso a la educación sexual ni a la salud reproductiva; pero se trata también de que aquellas en condiciones más ventajosas hagan valer su derecho a decidir sobre el ejercicio de su maternidad, una idea que va más allá del romanticismo, la gazmoñería y la obligatoriedad que se ha impuesto a las mujeres desde hace siglos; y que en la sociedad de hoy es insostenible. Se trata de eso y sin embargo los que condenan la interrupción del embarazo sólo se concentran en hipotéticas lujuriosas clasemedieras irresponsables que quieren el aborto legar para usarlo como “método anticonceptivo”.

Me pregunto dónde están esas mujeres, quién las ha escuchado decir algo semejante. ¿Ustedes conocen a alguna? Pregúntenle a cualquiera: nadie acudiría alegremente a practicarse un aborto. De ahí la imperiosa necesidad de seguir demandando, en ese orden, “Educación sexual para decidir, anticonceptivos para no abortar, aborto legal para no morir”.

Porque el derecho a la vida, una digna y libre, también le pertenece a las mujeres.

(Para aquellos católicos que condenan el aborto legal, sepan que su iglesia no lo condena en varios casos. Entérense, amplíen sus perspectivas, escuchen a los que no piensan de la misma forma. Al país le urge este diálogo. Para muestra, un botón de admirable sensatez: las Católicas por el derecho a decidir declaran que “sin los derechos de las mujeres, los derechos no son humanos”).

El Problema

August 8, 2011

Uno de mis héroes inesperados es Brendan Fraser (si lo han escuchado leer cuentos o han visto Dioses y Monstruos, saben a lo que me refiero). En esta película, Bedazzled, cumple el papel de un pobre fulano tímido –o más bien medio menso– que está enamorado de una tipa que trabaja en el mismo lugar que él. Por supuesto, se le caen los calzones de sólo pensar en confesárselo, así que se dedica sólo a contemplarla con ojos de vaca, desde lejos. Entonces hace su aparición Elizabeth Hurley, el Diablo, ofreciéndole 7 deseos a cambio de su alma. Fraser, como buen baboso, acepta, y para empezar desperdicia su primer deseo en una Big Mac y una Coca Cola. El segundo deseo, piensa, será infalible: pide ser rico, poderoso y estar casado con la chica en cuestión. El Diablo, que es una cabrona, se lo concede con algunos matices. El enamorado despierta convertido en un narcotraficante colombiano de inusitada nariz que no entiende las palabras que le salen de la boca (Fraser aquí habla la mejor de las peores lenguas españolas), tiene un ajuste de cuentas en puerta y para colmo, su esposa le pone el cuerno con su moreno y aceitoso maestro de idiomas. Afortunadamente, Liz Hurley lo saca del entuerto y le ofrece cumplirle, rigurosamente, el segundo deseo. Es entonces cuando Brendan Fraser solicita convertirse en el hombre más sensible del mundo para que Frances O´Connor no se le resista.

Sólo Brendan Fraser en esta escena puede competir conmigo en el récord lacrimoso provocado por un atardecer. Soy, en fin, insoportable.

Durante años trabajé desde casa, oculta de la mirada del mundo, lo que me permitía desde sentarme en la silla con la perfecta postura de un chango aburrido, hasta comer mezclas de tostadas con chamoy frente a la pantalla mientras escribía cosas muy respetables. Incluso, me permitía llorar muy a gusto, en cualquier momento.
Llorar es para mí tan habitual como tener que hacer una llamada telefónica o darme un baño. Quizá es más parecido a lo segundo que a lo primero. Si no lloro, me siento incómoda. Y la llamada telefónica puede aplazarse. El llanto no, en mi caso. Ahora que trabajo rodeada de gente, esto se ha convertido en un verdadero problema para mí.

Ejemplo: Una de mis compañeras menciona que las botas que lleva le quedan un poco justas. Otro compañero le aconseja que las afloje con alcohol. Entonces el recuerdo se dispara: alguna vez me compré unos zapatos monísimos que me encantaban, pero que después de cinco minutos me apretaban de la punta. Los llevaba puestos uno de esos días en los que pasaba por Doña Paulina para que hiciera la compra del mes, y como se avecinaba larga la jornada entre qué arroz llevo y cuáles galletas compro, mija; le pedí que me prestara sus chanclas aguadas, lo único que mis pies deseaban en ese momento. La recordé con su pelito chino y plateado, poniéndose los lentes y agarrando el monedero, mirándome con el mismo gesto que percibo ahora en mi mamá, esa pausa incrédula antes de regalarme una solución muy obvia: “Pues échales alcohol”, me dijo; y la recordé también agachada, mientras yo me descalzaba, tomando los zapatos en esa costumbre familiar de tratarme como una niña y no dejar nunca que hiciera nada; hacer un cuenco en sus manos chuecas para verter el alcohol con brusquedad, derramándolo por todos lados, y con sus dedos que llevaban siempre los mismos anillos, fregar la piel y colocar unas bolas de periódico dentro de la horma. De ahí el recuerdo brinca hasta cómo, poco a poco, dejamos nuestro ritual de ir al super y a comer alguna de las porquerías de Burger King. Cómo dejó de ser fuerte. Dejó de estar. Y ya no está. Entonces lloro, aunque mucho me esfuerce por ocultarlo, la nariz se me pone como una corneta y los ojos más espesos que los de Chilly Willy. Pocas o muchas lágrimas, el proceso de morsificación es inexorable. Supongamos que el dolor de la pérdida es una razón legítima para llorar en cualquier lugar y circunstancia. Pero bueno, el problema es que lloro por bastantes cosas. No me avergüenza tanto llorar como causarle incomodidad a la gente, ponerlos en el aprieto de no saber si consolarme o no. Esa es la parte en que es un problema para mí: no quiero que los demás pasen un mal momento por causa mía.

Como todas las personas de corazón extrovertido, lloro por angustia, impotencia, indignación y tristeza. El problema radica en esas lágrimas-horas-extra que la mayoría de la gente suele mirar con mezcla de pena ajena, lástima y suspicacia. ¿O qué pensarían ustedes, queridos lectores, si yo les confesara que lloro día sí y día no? Así es, hipsters: estoy de güeva, gooey.

Muchas de mis lágrimas son provocadas por la empatía o por simple obra de la imaginación. Si alguien llora, no puedo quedarme de una pieza. Más veloz que el contagio por bostezo, el llanto me arrebata sin remedio (a menos, claro, que sean unas evidentes lágrimas de chantaje, que suelen provocarme más bien rabia) porque me pongo sin objeción los zapatos de otras personas (o árboles, o animales). Incluso si son imaginarios. Los libros y el cine son, quizá, la fuente de la que más se alimentan mis lagrimones. No me da vergüenza llorar en las películas y mucho menos a causa de la fortuna de los personajes que he encontrado en una lectura; sin embargo, entiendo que a mucha gente le resulta una exageración. Para mí no es nadería. Los que piensan que tener la nariz metida en un libro es epítome de la misantropía, deberían considerar que la lectura también es una forma de contacto humano, una extensión McLuhaniana de la mente de otra persona (oh, prodigio, una que está demasiado lejos, que habla una lengua que jamás entenderemos o, incluso que habitó otro tiempo). Me parece que las lágrimas imaginarias hacen fluir a las de las “causas reales” o “autorizadas” más significativamente.

Pero debo ser franca y poco modesta. Principalmente, lloro de dicha.

Escucho el concierto para violín de Tchaikovsky, atestiguo la felicidad de quienes amo (mi padre riendo a carcajadas, Óscar hablándome, mi mamá con los ojos muy abiertos, ingenuos), leo cosas como ésta: “Auliya percibió en el té un sabor diferente, más rico, más complejo. Sintió en la lengua la vida de la hierbabuena, de su savia dulce y fresca; el sabor del agua, distinto por su contacto con el fuego; en la miel, la laboriosidad de las abejas. El mundo le hablaba en varios idiomas: con los sabores, el peso y volumen de las cosas, su olor. Ella escuchaba” (de Auliya).

Cuando se me obsequian cosas así, siento que hay una piadosa bondad, inasible, que me rodea.

El llanto gozoso se forma dentro de mi pecho igual que una burbuja de jabón irisada, una sonrisa húmeda y melancólica que se infla ante la maravilla. Y, como si brillara por sí misma y emitiera calor, siento que aquella risa va entibiando dulcemente las minúsculas dimensiones de mi cuerpo, las puntas de los dedos perciben el más leve roce, la entrada y salida del aliento se interrumpe, pues la burbuja lo ocupa todo: su ligereza quiere seguir ascendiendo, alcanzar a la nube y al azul, caminar abrazada por el aire, que la luz le saque todos los colores. Y entonces el agua revienta en mis ojos y yo sé que se trata de la cima de aquella gloriosa alegría.

El arrebol de las nubes atraviesa todo lo que sé, lo que conozco. Y entonces sé que estoy en el mundo.

Sé que para la mayoría lo anterior califica sólo como cursilería o sentimentalismo, como debilidad de carácter. Sé que es un problema.

Pero he resuelto que de ahora en adelante será un problema de los demás. Porque yo me siento más fuerte cuanto más capaz soy de conmoverme. Mi tregua, mi negativa a la derrota está hecha de agua y de sal.

Así que no me pidan, por favor, que ya deje de llorar.

El final del conjuro

August 5, 2011

(Sí, yo también crecí, Harry, Hermione, Ron. Y cuando me di cuenta de cómo era el asunto, puse la misma cara. Fue un honor, muchachos, nerdear a causa vuestra. Larga vida tengan, queridos héroes).

A petición de la querida Lilián, reproduzco aquí este texto mío sobre Harry Potter que guardagujas publicó el pasado 17 de julio.

Después de escribirlo, de las charlas con los cómplices nerds del tema, de ver alguna película y leer un par de libros más (que, curiosamente, nada tienen que ver con Harry a primera vista) , me encantaría añadir algunas notas ñoñas, pero bueno, serán materia de otro post.

Dedicado a todos lo que chillaron “como coyotes” (a decir de Vero Murguía) con la suerte de nuestros queridos personajes de la saga. Para todos ellos, mi más sincero y solidario “Accio Kleenex!

“– ¿Esto es real? ¿o está pasando sólo dentro de mi cabeza?

–Por supuesto que esto está pasando dentro de tu mente Harry, ¿pero por qué razón eso debería significar que no es real?”

Harry Potter y las Reliquias de la Muerte, J. K. Rowling.

Nigel Newton se llevó a casa el manuscrito de una desconocida y se lo entregó a su hija Alice. La niña recibió gustosa el bonche de hojas y desapareció en el gozoso silencio de la lectura. Leyó las primeras páginas de una novela en la que un niño de diez años, flaco, respondón y con las gafas rotas medio unidas por diurex, recibe una extraordinaria noticia: podrá abandonar la casa de sus tíos y su primo (a quien describe como “un puerco con peluca”) para internarse en Hogwarts, escuela de magia y hechicería. Al poco rato, la pequeña bajó corriendo las escaleras diciéndole a Nigel “Esto es lo mejor que hay ¡quiero leer lo que sigue!”. Alice, que entonces tenía ocho años, no sabía que sus palabras se repetirían una y otra vez alrededor del mundo. Joanne Rowling garabateó la silueta de Harry durante un viaje en tren, y durante cinco años las siestas de su hijita le permitieron construir el destino de Harry. La primera aventura de Potter fue rechazada por un número importante de editores (nueve dicen algunos, doce dicen otros) y cuando por fin se publicaría, éstos le sugirieron inventarse un middle name para que su nombre de mujer se mantuviera oculto entre las iniciales (es célebre la frase “¿Quién querría comprar un libro escrito por una Joanne?”).

Este fin de semana se ha estrenado la última de las ocho películas en que la historia fue dividida. Han pasado catorce años desde la publicación del primer tomo de Harry Potter y la afectuosa relación que los fans mantienen con el mago aún resulta inexplicable para muchos. Quizá una de tantas imágenes que circulan por la red pueda darnos una pista: Sobre un sofá, una muchacha que ronda los veinte años lee con avidez Harry Potter y las Reliquias de la Muerte, la conclusión del universo de Hogwarts. En el pie de foto puede leerse que es Alice Newton, aquella niña que leyó antes que nadie las aventuras de El Niño que Sobrevivió. Es decir, el amable trabajo del tiempo consiguió que varias generaciones fueran transformadas, de una forma u otra, por Harry Potter. La primera de ellas creció leyendo los libros de Rowling; la segunda conoció la saga a través de las películas. Y la tercera sea quizá la más extraña y desconcertante de todas: los que entraron a la lectura y al juego cinematográfico siendo adultos y que, curiosamente, se acercan a la verdadera edad de Harry (cuya fecha de nacimiento, marcada por la misma Rowling, es el 31 de julio de 1980). Ésa es la categoría a la que yo pertenezco, aquella que para los críticos es injustificable. No nos salva ni la ingenuidad de la niñez ni la pasión juvenil y más nos valdría, en opinión de muchos, ocuparnos de otras cosas serias y adultas.

Pero ya lo dijo Michael Ende: las pasiones humanas son un misterio, los que las sufren no pueden explicarlas y los que no las sienten no pueden comprenderlas. Quizá por eso la mayoría de la crítica hacia los libros de Rowling se caracteriza por un rasgo bastante curioso: sus más rabiosos detractores no lo han leído. ¿Para qué? afirman, si 1) es un vil producto de la mercadotecnia (y para eso mejor ver las películas), 2) son para niños y qué flojera, 3) es literatura de amas de casa, de una escriñora. A esto se le añade el típico desprecio que existe hacia toda lectura que no esté destinado a ese ente, el lector ideal: hombre, adulto, de la clase “educada”, cuya dieta literaria consiste en obras de gran trascendencia, lo que sea que eso signifique. Las mujeres y los niños, que aborden los botes.

Ser cínico e inaccesible es el escalón más alto en la pirámide de la intelectualidad contemporánea (esto me parece particularmente notorio en la mexicana). Lo que huela a gozo multitudinario les es instantáneamente repulsivo, así como la idea de tener que conocer aquello que desprecian. Para que algo les apasione, es requisito que sea más under que un topo comiendo lombrices o tan indescifrable que sólo la inteligencia de unos pocos (oh, los elegidos: aquí tienen algo en común con Potter) apreciarán en plenitud. Sin embargo, sería injusto omitir que, aunque escasa, sí ha habido una verdadera crítica de los libros de Rowling.

A. S. Byatt escribió Harry Potter and the Childish Adult, un brillante análisis de cómo los adultos recurren a estos libros y películas como un efectivo método de regresión para obtener comodidad y refugio del mundo. Afirma que la fantasía de Joanne Rowling es poco elaborada, una caricatura del mundo moderno (elevadores multidireccionales, burócratas con varita, tiranía política purasangre) que no alcanza a profundizar en el enfrentamiento con lo inhumano como las obras de Tolkien, Pratchett o Úrsula LeGuin. En nuestro país, Alberto Chimal publicó en su bitácora La iniciación confortable, magnífica reflexión que enumera los limitados alcances de la heroicidad potteriana: “la recompensa del héroe que viaja al mundo mágico (…) es la vida descansada de la clase media”. Confieso que comparto la opinión de ambos autores, y me regocija el hecho de que su crítica nos regale una perspectiva más con la qué construirnos, tal y como la lectura de Harry Potter lo hizo durante diez años.

Los libros de Rowling son fascinantes para un lector que se abandona. Su buen humor y disposición a tratar sin timidez los grandes temas (el racismo, la amistad y el amor, la muerte) fueron fundamentales para enganchar a sus lectores. En los primeros volúmenes, la trama posee cualidades detectivescas que se mezclan con el ingenio prodigioso de los tres niños protagonistas; en contraste, las películas correspondientes son en verdad lamentables, a pesar de que Chris Colombus no pintaba como mal director habiendo hecho la genial El joven Sherlock Holmes, cuyo ambiente de boarding school anticipaba un grandioso Hogwarts. El tercer libro y su correspondiente película, Harry Potter y el prisionero de Azkaban, posee casi una perfección compacta dentro de los límites que puede ofrecer una saga como la de Potter: la trama se urde con precisión, el viaje en el tiempo es deliciosa sorpresa y el tema del miedo acabó de construir el universo fantástico de Rowling con los dementores, esas criaturas de vaga forma humana cuya presencia roba cualquier pensamiento positivo circundante. Las víctimas se abandonan a la tristeza y la desesperanza, perdiendo el alma. Para combatirlo, es necesario conjurar el encantamiento Patronus, evocando los recuerdos más felices que se alberguen en el corazón (Harry recuerda la suave voz de su madre), y que se materializarán en la luminosa silueta de un animal totémico. La idea es poderosa y tanto en las páginas de Rowling como en los fotogramas de Alfonso Cuarón está bien representada. Para quienes buscan respuestas en los libros, ahí está la problemática cada vez más frecuente de niños y jóvenes proclives a la depresión, el equivalente muggle de los dementores.

A partir del cuatro libro, la fantasía se desborda y la niñez de Harry queda atrás. La estructura del “camino del héroe” adquiere proporciones épicas y Potter se va preparando para enfrentarse con su doppelganger Voldemort, cuyo nombre nadie, más que Harry, se atreve a pronunciar, alegoría de la mojigatería social frente a aquello que teme, aquello que necesita enfrentar. Durante la espera de los libros restantes, los fans acudieron a las salas de cine como un ejercicio de recreación de la lectura. Yo, la de la generación injustificable, formé parte de una cofradía amistosa que se impuso como ritual abandonarse a las películas y las palomitas como niños (ahí estamos los childish adults). Aunque notáramos los malos ejercicios de adaptación y las fallas de Rowling evidenciadas con lupa en la pantalla grande, no dejamos de asombrarnos con la posibilidad de contrastar nuestra propia imaginación con la elaboración cinematográfica. Puedo decir sin vergüenza alguna que particularmente me conmovió la posibilidad de ver a las criaturas mágicas como Buckbeak el hipogrifo, la textura de sus alas grises, sus anaranjados ojos de águila, la fortaleza de sus patas traseras y hasta el descargo de los intestinos que realiza despreocupadamente mientras se acicala las plumas. Planeando sobre el lago de Hogwarts, Buckbeak roza delicadamente la superficie con una de sus garras. Harry mira el reflejo de ambos en el agua, dos criaturas que pertenecen al orden secreto de la vida pasean entre árboles y nubes, que aunque esos sí nos son familiares, también guardan en su simple belleza otro misterio. Tampoco me apena confesar que lloré como loca con el espectacular dragón ucraniano de esta última entrega, la pobre criatura ciega que custodia la bóveda de Bellatrix Lestrange en Gringotts y al que los protagonistas liberan del encierro. El animal inmenso, de áspera belleza, olfatea la libertad y escala hacia el cielo con desesperación, vuela con torpeza y regocijo hacia quién sabe qué refugio. Personalmente, Harry Potter me regaló algunos momentos de eucatástrofe, la experiencia luminosa de la que hablaba Tolkien: “Lo que caracteriza a un buen cuento de hadas, a los mejores y más completos, es que por muy insensato que sea el argumento, por muy fantásticas y terribles que sean sus aventuras, en el momento del clímax puede hacerle contener la respiración al lector, niño o adulto, puede acelerarle y encogerle el corazón y colocarlo casi, o sin casi, al borde de las lágrimas, como lo haría cualquier otra forma de arte literario, pero manteniendo siempre sus cualidades específicas. Al cuento que en alguna medida logre esto nunca podremos considerarlo un fracaso total, cualquiera que sean sus defectos y la mezcolanza o confusión de sus propósitos”.


El dragón ucraniano imaginado por la ilustradora de los libros de Scholastic, Mary Grandpré.


El dragón herido de la segunda parte de la versión fílmica de Harry Potter y las Reliquias de la Muerte.

Con la misma intensidad, la frustrante experiencia de leer el epílogo de la saga se repitió viendo su equivalente fílmico. La historia pudo terminar con la última frase del último capítulo, que culmina con Harry rechazando la varita mágica más poderosa: “Sinceramente, ya he tenido suficientes problemas para toda una vida”. Sin embargo, Rowling se engolosina con la condescendencia y convierte a Harry, Ron, Ginny y Hermione (estas últimas heroínas atípicas y entrañables con las que las niñas podrán identificarse) en padres de familia demasiado pulcros. Antes marginales, trastocadores del orden, después de la aventura se parecen demasiado a los Dursley, que “se enorgullecen de ser perfectamente normales, muchas gracias”.

Verónica Murguía, amante de los libros de Potter, también critica al epílogo, pero ofrece otra lectura del final: “La vida normal es un anhelo amenazado por nuestra crueldad, por elementos naturales y gobiernos corruptos, es una aspiración cada vez más rara y deseada”. Con el último de los filmes termina una larga y gozosa ceremonia que celebraba la lectura, los alcances de la imaginación, la pasión por las historias y la búsqueda de sentido al formar parte de una comunidad. Sin el revuelo causado por Harry Potter, quizá no podríamos disfrutar de obras con una manufactura literaria superior como Jonathan Strange y el Señor Norrell, de Susanna Clarke, que ya no tuvo que esconder su género entre iniciales. Algunos cuantos, por lo menos, agradecemos la aparición de Harry porque demostró –en una época que lo necesita con urgencia– el valor de las palabras. Ésas, nuestro más poderoso conjuro.

“I go to the entrance to platform 9¾ at King’s Cross, where Harry walked through the wall and caught the train to Hogwarts. So many fans turned up and posed for photographs here, they have moved the sign outside the station, under a low, foul awning by a newspaper kiosk. The entrance platform 9¾ is a photograph of some bricks, and a sign with the “4″ half-eaten away. It is foetid and peeling; nothing magical here. A bit of a trolley sticks out of the wall. But still the tourists come and pose – body to the wall, face turned backwards, smiling.”
-Tanya Gold, The Guardian.

(La foto fue tomada en julio de 2005 dentro de King´s Cross, una semana después de los atentados terroristas en Londres. Y también, la víspera del lanzamiento de Harry Potter y el Príncipe Mestizo. Quizá será porque, tímidamente, la magia siempre sabe abrirse paso entre los escombros.)

Las Brujas

July 25, 2011

(I)

A mediados de junio viajé a Xalapa para hacer una lectura de miscosas junto con Laia Jufresa, Camila Krauss, Paula Abramo y Magali Velasco en la Galería del Ágora. Alfonso y Miguel, diligentísimos posaderos, me hospedaron en su hermosa casa de puertas azules, con las paredes repletas de libros y música. Me tenían preparada camita y muchas risas que agradezco. Y aunque uno y otro se turnaron para acompañarme a la lectura, ese tiempo compartido con las demás autoras y sus textos fue todo un viaje aparte. La dinámica propuesta por Camila, quien organizó la lectura, creó un islote fantástico, una ucronía en la que nuestras letras, tan distintas en preocupaciones y estilos, fueron atentamente escuchadas por el público. Me sorprendió el silencio, la sorpresa y el suspiro de los asistentes, que fue también el mío. Nunca me había sentido tan espectadora al participar en una mesa, y me encantó. En algún punto, me fui dando cuenta de que todas compartíamos el interés por las mujeres que construyen la vida de los personajes que creamos en nuestra obra, y también –me atrevo a especular– se intuye el que sentimos por las que han incidido en nuestras propias vidas. Me emocionó mucho sentirme dentro de una especie de ritual no pactado ni explícito, pero contundente: el de las mujeres que urden juntas desde el bordado hasta el hechizo. Como si juntas tejiésemos una telaraña con los hilos de la historia personal de cada una. Al final, además, pude platicar con Mildred, con quien compartí la Sogem hace un par de años, y fue un verdadero gusto. Por fin tuvimos la ocasión de hablar largo y tendido, de escudriñar el pasado, presente y futuro de ambas. La complicidad es aún más gozosa cuando nos encontramos no sólo en las semejanzas, sino en las diferencias: ésa fue la canción de este viaje. Siento admiración y cariño por personas que construyen su vida de una forma que probablemente a mí no se me habría ocurrido, y semejante intercambio (aunque no estoy muy segura de qué es lo que yo puedo aportar), es maravilloso.

(Dejo aquí una reseña de la lectura, publicada en papel por Performance, por si se animan a leerla).

(II)

La pandilla del argüende asistimos a La marcha de las putas con el mismo entusiasmo con que fuimos a ver el final de Harry Potter. También nos acompañaron buenos amigos (Ana Paula, Miguel y Pok), que hicieron del asfalto hirviente un suplicio soportable. Caminar junto a un grupo de bailarinas de danza árabe, cuyos crótalos resonaban alegremente cerca o lejos, según avanzáramos, también transformó el humor de la protesta en luminosa alegría. Vimos muchas escenas que nos hicieron saltar de la carcajada (un hombre disfrazado de monja dueña de su sexualidad) al llanto (la pancarta de un padre manifestando el dolor que le producía haber perdido a su hija, a quien se le consideró responsable de su propia muerte, “por puta”), pero, en general, la sensación de haber creado otro espacio para la libertad, la concordia y una vida más plena a través de nuestra comunidad (a veces, muy Comunidad del Anillo) que de pronto se agrandó un montón, nos mantuvo con un feliz nudo en la garganta. Nuestras pequeñas batallas van haciéndose más visibles, y poco a poco vamos creyendo que cambiar el estado de las cosas es posible; esto, claro, a la par de una que otra desilusión o desesperanza, que nunca faltan pero también impulsan.

En mi vida, el asunto empezó con Radio Paca, María y Claudia,

el primer Play Room Girl, nuestra ofrenda a las feministas que murieron en el intento y el “cómelo” implícito en la vagina de gomitas; se hizo fuerte y hermoso con la sororidad del Colectivo Cursi,

y se concretó por fin gracias a la gran Cerve y nuestra inquietud de hacer algo en contra de la posición tan lamentable que muchas mujeres seguimos ocupando en México: la de propiedad común y desechable. Fuimos apenas un puñado,

pero protestamos contra el acoso callejero hace ya dos años. Desde luego, fuimos insultadas en nuestros propios espacios (den click aquí si quieren leer con qué nombres nos llaman), pero eso nunca nos ha detenido.

Hoy tenemos un espacio en el que hablamos de esto que nos parece tan importante: nuestra sociedad jamás será humana si seguimos sosteniendo los privilegios y solapando las desigualdades, específicamente (porque en algo habíamos de concentrarnos) la inequidad de género. Somos cuatro amigas que se quieren mucho, aman aprender y compartir aquello que experimentan cada día, la maravilla y el riesgo de ser mujeres dentro de una sociedad mayoritariamente misógina, clasista y racista. Hemos trabajado mucho por este espacio y lo hacemos cada día. Ademas de investigar un montón y quebrarnos la cabeza armando cada programa para que resulte interesante y divertido, nos apoyamos las unas a las otras, esperando que aquello construido en nuestro pequeño círculo dé muchas vueltas por más cabecitas. Que el mensaje dentro de la botella llegue a quienes más lo necesiten.

Agradezco tanto la posibilidad de compartirlo como poder hacerlo junto a Ale, Claudia y Ana, a quienes admiro y amo. Muchas gracias, mis hermosas.
(Reconocimiento especial de mi parte a Óscar, que siempre, de alguna forma, nos hace sentir que está con nosotras).

Pueden escuchar aquí todas las emisiones de Nuestra Habitación. Los temas están buenísimos, desde el arreglo personal hasta la ciencia ficción :P ¡hay de dónde escoger!
Y también pueden pasarse por nuestro blog, página de Facebook y Twitter, faltaba más.

(III)

La exposición ya se ha clausurado, pero la ya mencionada Cerve, Alejandra Espino, presentó Ácidos ecos de fantasmas incómodos en la Galería Central del CENART junto a otros compañeros de generación de la Escuela Nacional de Pintura, Grabado y Escultura La Esmeralda. A la inauguración asistió una porción de aquel Colectivo Cursi (Eli, Claudia y yo) a echarle porras a Ale, que nos dejó impactadas con la belleza y calidad de su trabajo. Un trabajo que tuvimos la oportunidad de atisbar en un taller creativo montado con Ana, y al que echamos mucho en falta por los tantos compromisos que gustosamente nos hemos echado encima.

Juntas nos emocionamos por ver cómo la imaginación de Ale aterrizaba en magníficas piezas de fantasía desbordante y ejecución magnífica. Fue como si todo el chacoteo, las conversaciones, los consejos y las risas que de ella hemos tomado a lo largo de nuestra amistad se materializaran en ese universo gráfico, llena de palabras, bromas y reelaboraciones de la realidad hermosas, llenas de su inteligencia. Conforme el tiempo iba corriendo, nos sorprendió una coincidencia: esa noche era la noche de San Juan, la velada de las brujas, fecha que compartimos juntas desde hace varios años. Hemos hecho queimadas, saltado sobre pequeñas fogatas, recitado conjuros y ahora, celebrar la concreción de ideas y anhelos de una de nosotras, valiente, brillante y perseverante (ya sé que todo rima, pero son exactamente las palabras que la describen). Felicidades, muy querida Ale. (No dejen de conocer su trabajo aquí )

(IV)

Los viernes comparto clase con Frida, que hace tres años era mi alumna y hoy es mi amiga. Tiene catorce años y ése no es ningún impedimento para que hablemos de lo que nos venga en gana. Nos divertimos como niñas y lloramos juntas por cosas las cosas horribles que pasen en el mundo. Con frecuencia, sus palabras y reflexiones se quedan conmigo toda la semana, porque me ofrecen buenos motivos para consoloarme o sonreír. Ayer escribimos juntas una historia que pudiese contar un árbol, desde su punto de vista. Y me dijo, por ejemplo, que no existían las medias naranjas, sino los racimos de uvas. Atesoro cada tarde que pasamos juntas, y que me da la oportunidad de ver cómo, ante mis ojos, se forma una persona maravillosa.

Con ocasiones así, tan felices, me doy cuenta de que somos todas unas brujas, que hemos sobrevivido a varias inquisiciones. Que seguiremos dialogando con los árboles, protegiéndonos con conjuros, impulsándonos a crear, a vivir, a alcanzar lo que deseamos.

Ojalá pudiésemos vivir así muchos años, queridas brujas. Y como eso somos, sólo basta decirlo para hacerlo realidad. Sea.

Y que seamos. Y que seamos felices.