Solsticio de verano (futurología)

June 22, 2009

Las lluvias, las tormentas han comenzado.
Estos días son de puertas abiertas, de pasadizos entre un mundo y otro.
Miro en la esquina más oscura del espejo, como la bruja que soy.
Pero nada se revela.
Pasó la primavera, dejó algunos daños. También regalos inesperados.
Me pasa algo curioso: mi cuerpo, como resonancia de tiempos arcanos, sintoniza el paso de estación.
Me exige cambios.
La pequeña lanza ardiente del verano me ha pinchado el costado.
Mi tono se agrava, se endurece. Desconfía. Hay razones para ello. Y no.
Pero algo ha cambiado, como un reloj perfecto que se sincroniza con el eje inclinado de la tierra.
Me bañaré en la tormenta pero también me resguardaré de las centellas.
Trabajo, el cuerpo me exige trabajo.
Por eso no puedo dormir ahora, tengo que hacer, hacer, hacer.
Habrá que asegurarse de que los regalos no sean dulces venenos.
Y habrá que seguir protegiendo las cosas buenas, y verdaderas.

Arqueología propia: Ruinas (solsticio de verano)

I.

Murió mi tía, después de una largo y triste tránsito por el cáncer. Era mi madrina, y eso en realidad significa nada, o vaya, ahora significa muy poco. Con ella se fueron de forma definitiva muchas cosas. Ella nunca se casó y siempre fue para mí un enigma de dulzura y quietud. Era la más suave de todas las tías, sabía inglés, viajaba a Europa, o a Brasil o a Turquía acompañando a su hermana, la tía “dura” e independiente, a la que dicen que me parezco. Cuando éramos niños pasábamos las navidades en aquella casa, la casa de los abuelos, una de esas imponentes casonas de los años cuarenta de herrería blanca y plafones escondidos, una gran escalera en medio de la casa que yo bajaba a sentones con deliciosa mezcla de vértigo y dolor. Mi tía sacaba de un mueble cuyas puertas corredizas sonaban “rico” (como tronando a la vez que se deslizaban) un montón de figuras geométricas de madera pintadas de colores con las que hacíamos de todo: puentes, coches, casas. Las niñas subíamos con recelo aquellos escalones oscurísimos para meternos al cuarto de las tías, con la esperanza de que nos mostrara una muñeca rarísima que hacía gestos cuando se le movía el brazo. Siempre gentil, bajaba a la mona y nos enseñaba cómo podía ir de la risa al puchero, de éste al enojo y luego otra vez a la sonrisa. Aquella casa se llenaba de nuestras risas, del humo de los cigarros que aún fumaban todos, del olor a caldo de camarón y pavo con puré de manzana. Casi nunca nos peleábamos. Estaba la Mesa de los Grandes (incomprensible para mí), y la de los niños. Mi abuelito, fuerte, enorme y moreno como un árbol, me sostenía la mano al encender las luces de bengala, y todos reían con voces escandalosas. Mis primas y yo nos llevábamos de regalo pijamas idénticas. Abuelita sacaba de su roperito jabones Maja, y platicaba con Doña Paulina de cosas que recuerdo haber entendido más que las conversaciones de la Mesa de los Grandes. Mi hermana y los primos adolescentes se aburrían. Pero de vez en cuando jugaban con nosotros, y entonces nos sentíamos muy importantes. Los hijos crecen, Los matrimonios se separan. Los abuelos mueren. Y la casa se fue quedando sola. Primero fue la abuela, después el abuelo, luego la tía mayor, mamá de mi cómplice de juegos. Y ahora mi tía. Todos han apagado las luces en esa casa, como si sus ruinas fueran reclamando el final de la fiesta. Mi tía era el aliento, el perfume más fuerte de aquellas paredes. Junto con ella, la casa iba ensombreciéndose. Cada vez que fui a visitarla fue como mirarme en un doloroso espejo: aquel cuerpo que heredé iba gastándose, empequeñeciéndose. Recordé a la muñeca hace unos cuantos meses, y le pedí que se la enseñara a mis sobrinos. Y lo hizo. Pude verla haciendo aquella magia otra vez, y es una imagen que atesoro. Tengo una foto, pero no quiero enseñárselas.

Nunca había pensado que el parecido físico pudiera llegar a ser reconfortante. Porque en mí viven aún los pechos, las piernas, el perfil de mi tía. Y de eso me abrazo.

II.

Las Cursis fuimos invitadas a una expo artístico-fiestera que sucederá dentro de poco. Andamos contentas escogiendo los elementos de un jardín portátil y una botica de remedios brujescos. Cuando visitamos el escenario, nos llevamos una buena sorpresa: el lugar es una casona que hace unos diez años funcionaba como bar -Fixión-, algo así como la sucursal tangible y nocturna de la radiodifusora que prácticamente regía nuestro ocio en aquella época, Radioactivo 98.5. En aquellos años Ale, Claudia y yo éramos los Tres Cochinitos. Nos íbamos manejando hasta Acapulco para dormir doce horas, desayunar waffles del Vips y comer hamburguesas (aunque yo me arrepentía y pedía pollo con lechuga, como una maldita traidora). No bebíamos ni una gota de alcohol y hacíamos buenas migas con los Dover.

Ahora la casona es una ruina. “Nuestros veinte años son ahora una ruina”, dijo Claudia. Nos detuvimos en cada habitación, y en silencio compartido recordamos cómo habitamos ese espacio. En aquella esquina, cuando Claudia cumplió 21, en esta sala, tal concierto… había un techo, que ahora ha sido reemplazado por el cielo de la foto. Definitivamente hemos dejado de ser aquellas mensas, pero en esencia seguimos siendo aquellas tres cómplices que crecen para el mismo lado, como las ramas del mismo un árbol perfumado. Es una maravilla tener la certeza de su amistad, sobreviviente de holocaustos, queridos cochinitos…

III.

Por un lado, la UIC sufre una reestructuración que ha sido más bien una darwiniana selección natural. Por otro, la Escuela de Escritores de la SOGEM, esa ya de por sí casa en ruinas, con cochera y caballos fantasma incluidos, sufre las vejaciones del eficientismo y la mala fe en el porvenir literario. Lamento tantísimo la salida de Teodoro Villegas, pregúntome cómo diablos podría rescatarse aquella maravillosa cátedra de Literatura Infantil y Juvenil, un verdadero estuche de belleza y esperanza, y me invade una nostalgia terrible por aquellos jueves de taller, las voladas de clase en el sillón verde, entre muchos otros momentos y personas que tal cual me llevaron de la mano a otra vida: la mía. Esa ruina me arde, y me da rabia. Las construcciones físicas y espirituales que me formaron están colapsándose.

Quiere decir, quizá, que es hora de quitarle el techo a mi vida, como sucede con la casona de aquel bar. Quiere decir, entonces, que ya aprendí de “los maestros” todo lo que tenía que aprender, y que debo abrir las ventanas y dejar que el aire fresco llegue a barrer el polvillo fino de la comodidad y la nostalgia. Mi aire, mi aliento. Mi voz.

No tendré miedo.

Cierro la puerta de la casa y escucho el eco del vacío. Miraré, pues, al frente, atesorando sólo una piedra de los cimientos en mi puño.

Bloomsday

June 18, 2009

(¿Qué es esto?)

Dieciséis de junio de 2009.

9 a.m.

Hace muchísimo calor y yo me tapé con las sábanas hasta la barbilla porque el ventilador permaneció prendido toda la noche. Mis brazos están fríos, mi cara está fría. Es tarde y ya estuvo bueno de dormir, pero los ojos se me cierran, una y otra vez, como si estuviera muy cansada, exhausta. Estoy exhausta. ¿Siempre lo estoy? Casi sí. Me cansa ser buena, cuidar mis palabras, cuidar incluso lo que pienso. “No deberías pensar eso”, me digo constantemente. Me lo digo cuando pienso mal de las personas, cuando me parece que alguien actúa estúpidamente o es lento o torpe. Y pienso “No deberías pensar eso de nadie, ¿quién te crees?”. Yo también suelo ser muy torpe. Derramo invariablemente los líquidos sirviendo las bebidas, olvido que iba por determinada cosa a algún lugar y me siento sobre la cama con la mirada perdida pensando “¿A qué venía…?”

Pero los peores pensamientos son aquellos que me vienen en la carretera, en el auto. Imagino el estruendo del choque, los huesos rompiéndose, el olor de las llantas derretidas sobre el pavimento. Me imagino a mí, pero principalmente a mi familia, y el dolor imaginado de no verlos más me cruza todo el cuerpo. Cada coche que nos rebasa produce una muerte distinta. “No deberías pensar esas cosas”, y relajo las uñas que ya se encajaban sobre el asiento o sobre el volante. Desde su jaula el gato me mira y le miro también. Sabe. Y frota su cara contra la reja, alcanzando mi mano. “No deberías pensar esas cosas” dice con su voz de oro. Y dejo de pensarlas.

10 a.m.

El desayuno consiste en dos panes tostados, uno para el huevo tibio, otro para la nata y la miel. Al café no le pongo azúcar. El amor es todo menos azúcar. Anhelo la paz de los que aman pero aún no aprendo que el amor es inquietud, es la incomodidad suprema. Es un espejo negro, un golpe de estado. Un estar habitada. Es ser el fantasma de una casa en la que de pronto alguien ha abierto las cortinas. Soy un fantasma y tengo que hacerme de un cuerpo. Soy un fantasma y tengo que hacerme de un cuerpo para sentir cómo el sol transita por la casa, toca el suelo, ilumina y suspende las motas de polvo, que esculpe con la luz el perfil de los objetos (las teteras tienen una nariz puntiaguda, y la boca ¿sonriente o herida?) como un mago que convierte todo en alegría y ligereza. “Quiero al sol, y quiero un cuerpo para sentirlo”, digo al gato. El gato cuelga de las cortinas, buscando atrapar una de las motas más grandes de polvo, palomilla luminosa, luciérnaga diurna. No me mira, sigue en la batalla. Sus ojos verticales no me atienden. Hasta que me levanto, en silencio. “No hay sol que no salga, o que no se ponga. Ya verás”, me dice. Y me falta el aliento. Porque soy un fantasma y anhelo el sol o se ha manchado mi sábana con la palabra “Amor” o porque enfermo. El afuera y el adentro son siempre muy distintos.

1 p.m

No hay forma de ver que las letras se paren derechas. Están todas chuecas. Así no se puede trabajar. Me pongo los lentes pero nada cambia. Las letras están chuecas. Tendría que torcerlas o torturarlas para que queden como deben quedar. Quizá me falta valor. Pierdo el valor recordando las fotos que probablemente perdí. Una punzada en el costado, ¿dónde habrán quedado? “No pienses en eso. No pienses en cada imagen que perdiste. La memoria no está en las fotografías”. Yo tampoco estoy en las fotografías. Estoy contenida en un montón de letras chuecas que no hallan la postura adecuada. “¿Así?” “No.” Así tampoco. “Tal vez, si nos dejas descansar…” y bueno. Dejemos que duerman, tan frágiles, tan flaquitas, tan despeinadas. Las miro dormir. Las quiero. Las abrazo. “¿Me querrán a mí también?” El gato se despierta. “Habla más bajo. Así nunca dejarás de ser un fantasma”. “Pensé que los fantasmas no hacían ruido”, replico con el ceño fruncido. “Oh, mucho. Gimen y llevan cadenas”. Y vuelve a dormirse.

3 p.m.

Yo soy otra clase de espectro. No gimo, no llevo cadenas. Me escondo. Soy de los que ríe, de los que avientan almohadas y dejan manchas de sangre con catsup, de los que ponen música en los salones vacíos. De los que suspiran, su pelo confundiéndose con el vaivén de las cortinas.

5.p.m.

Las telas son un goce. El tacto de las fibras. Lo sedoso, lo tibio, lo mullido. Lo transparente y resbaladizo. Hay trajes para maestras y para sirenas, para dormir y para estafar. Mi mamá alza unos pantalones blancos de lino, grandes y sueltos, con resorte en la cintura.”Mira, como para ella”. “¿Cómo para… quién?” Pero ella está muerta. Ambas lo sabemos. Y nos echamos a llorar alegremente. Porque no es una tragedia querer comprar ropa para los fantasmas.

6 p.m.

La lechuga no está buena. El jitomate tampoco. El pollo frito es una mentira. El queso no sabe a nada. Pero el teléfono suena, y trae alegrías.

6:30 p.m.

Sin embargo, me extravío en el supermercado.

7 p.m.

El supermercado es el laberinto moderno. ¿Quién es el Minotauro? ¿Quién es Ariadna? ¿Qué cosa, el ovillo?

“Disculpe, señorita, ¿ha visto mi ovillo?” “Se equivoca, damita. Hoy usted es Penélope” “Ash. ¿Por qué?” “Por el asunto del Blumsdei, éste”.

“¿No puedo ser Ulises?”

9 p.m.

Yo quiero ser Ulises. Aún me falta Troya, y Calipso, y Circe, y taparme los oídos con cera, y escuchar de lejos a las sirenas. Y volver a Ítaca, y que Argos, mi perro, me reconozca.

“Tú no tienes perro. Un gato te tiene”, replica el gato. “También tengo un perro”, le contesto. “Y el perro me tiene”.

El gato se va, muy indignado.

10 p.m.

Abajo del agua todo es verde. Miro si hay ondinas en la alberca, pero me entra el cloro a los ojos. Siento al agua, siento la temperatura del aire, los truenos me revientan los oídos. ¿Por qué no puedo sentir las cosas diurnas?

12 a.m

La pantalla a la que me he enchufado con una especie de cordón umbilical blanco y caliente me da más letras chuecas. Me da un sol nocturno, un simulacro de la luz y el calor. Y yo aprendo a palparlo, a cuidar su fulgor, a guardar los rayos ensayados en una cajita y a atesorarlos. Los firmamentos pueden fabricarse con palabras. Tengo un collar de palabras. Es un regalo. Lo cuelgo y en mi pecho llevo letras como cuentas luminosas.

“Pero falta mucho para que dejes de ser un fantasma”, me dice el gato, mirándome compasivamente.

12.47 a.m.

Leo y me palpo el rostro. Sí, ahí sigo.

1 a. m.

Entonces maúlla y sé que debo llenar los dos cajetes con agua y con croquetas.

2 a.m.

Llevo el pelo recogido y la liga se desliza hasta caer. La cortina negra cede al peso y me roza los hombros, la espalda. Se derrama sobre la almohada. Como una noche, cómo me gustaría que alguien viviera la noche dentro de este pelo. Seres diminutos, como de cristal, una doncella, un unicornio, quizá un viejo y una bruja, y un campo lleno de cerezos.

“No deberías pensar esas cosas”, me digo. “¿Por qué no?” pregunta el gato. “Porque no existen”, estuvo a punto de contestar El Señor Malo. “Tienes razón, ¿por qué no?”, digo.

Y duermo.

Un milagro (o apología de la autodestrucción)

June 13, 2009

Salí a caminar a mi falso bosque, después de varios días asmáticos y un tanto tristes. El calor comienza a mostrarse veraniego. Los patos se bañan, hay un señor que vende papitas, hay parejas empujando carreolas. Yo traigo una fijación con las voces viejas y oigo a Agustín Lara, La Lupe y Toña la Negra. Hasta a Gardel, rescatado de un disco que hace mucho me regaló mi tía. Al poquísimo rato comienza a soplar un viento atroz, pero me niego a regresar. Comienza la llovizna, y el viento incluso aúlla. El cielo sigue clarísimo, sin embargo. Hay un sol suave y el aire huele a vainilla. Pero los árboles comienzan a desgajarse, y como agujas, imitando a la lluvia, caen filosos y precisos. Me arañan la cara, me rasguñan los brazos, y asumo que no me queda de otra mas que volver a casa. En las calles ni sopla el viento ni llueve. Cruzo por el parque y hay otro aroma inexplicable, dulcísimo. A pura miel. Descubro demasiado tarde que he pisado los dolorosos restos de un panal de abejas que alguien tiró, o que el viento se encargó de destronar, no sé. A mí no me entra miedo y vuelvo a aspirar el azucarado sabor del aire, y vuelvo al falso bosque. Me dejó estar un rato, di un par de vueltas hasta que los remolinos de aire se dieron cuenta y volvieron a enredarme el pelo. Las carreolas se fueron alejando, las bolsas de papitas con salsa se cubrieron con plásticos azules, y los patos se enfilaron hacia la mínima techumbre del puente. El agua comenzó a caer levísima y puntual, apenas como amables aguijones de abejas -como pequeña y juguetona venganza-, y el sol era dorado y caliente y dulce como el panal en el suelo, como si aquello que pisé fuera el astro multiplicado y encerrado en celdas pequeñitas, y como si ahora hubiera vuelto allá arriba, un zumbido quieto e inmenso. El sol, el sol, ese misterio luminoso, ese poder de regocijo me asustó y me lancé a correr, corrí del falso bosque a casa, corrí sin detenerme varios árboles, casas y zebras. Llegué a mi puerta y la toqué como un amuleto. Entonces el agua tornóse más, mucho más espesa, cientos de mariposas blancas chocaron contra el suelo deshaciéndose en agua tibia. Entonces comenzó a caer mi primera tormenta del verano, y me bauticé en ella.

El milagro es que ha pasado un buen rato, y aún no uso el inhalador.

Amapola, lindísima amapola

May 13, 2009

Alguna vez leí una idea de Patricia Highsmith que me impactó: “Si alguna vez escribo algo sobre mi abuela, tendrá que ser brillante, si no, mejor nunca lo haré.” Recuerdo haber pensado en ese instante qué carajos iba yo a hacer cuando llegara la hora de despedirme de Abuelita Paulina, y con una punzada en el estómago fui y le marqué por teléfono para escucharla a siete horas de distancia. Uf, descansé, colgando después de decirle que la quería.

Pero ese momento llegó hoy, hace un año.

Entonces escribí algo para mi familia, tratando de contrarrestar mi inutilidad. Lo revisé para publicarlo aquí, pero ahora que lo leo no, no es suficiente. Escribí también un momento de las dos. Pero está desprovisto de tantas cosas. Sí, tendría que ser perfecto, y nada de lo que he hecho alrededor de ella lo es. Así que, siguiendo el ejemplo de Patricia Highsmith, opto por omitir todo ensayo sobre Doña Paulina.

Pero hay algo que sí puedo hacer. Recoger, como poseída, el eco de sus palabras en el jardín de mi memoria, como si ella estuviera reuniendo manzanas en su delantal y saliera corriendo de pronto con su larga cabellera de los quince años siguiéndola con sutil retraso, yo levantando los frutos que va abandonando en la carrera, como si ella fuera el conejo blanco y yo Alicia, desesperada por devolverle sus guantes. “¡Ei, espera!”

No necesito vejigas para flotar (No necesito la ayuda de nadie)
Hijo (todas éramos “hijo”)
El ese ser (el nécessaire, su neceser azul)
Guaymas (Wal-Mart)
Comita (Comadrita)
Por algo dios me dio estos brazos (golpeándoselos. Variación de la primera frase)
Mejor ni hubiera dicho nada (golpeándose los labios)
Portaviandas (mi lonchera)
Chancaste (el asiento del café que se queda en el…
Pocillo, olla pequeña, como una taza, de peltre o de barro)
El cajete del perro (el plato de la mascota, gato o perro)
El espaguete (el spaguetti)
Los anális (los análisis)
Ni que lo tuviera de oro (No valía la pena ese hombre)
Y yo tengo un hambre… (Hubo una carambola en la carretera. Bajábamos a ver qué le había pasado a nuestro coche y a ayudar a los demás. Ella sólo podía pensar en la comida)
¿No tendrá un cigarrito? ¡Uno, nomás! (A mis amigos fumadores invadiéndolos a hurtadillas, escondiéndose de nosotros. Fumaba como un chacuaco, y con tanto placer…)
¡Pero bastante! (para cualquier cosa)
Be siendo buy bala… (”Me siento muy mala”, voz constipada que se desconstipaba en cuento acababa de pronunciar esta frase)
Mi negosh, me decía mientras me bailoteaba sobre sus rodillas. Me mordía los brazos la frente, la cabeza, con sus dientes burlones. Y entonces me cantaba:
Corazón santo, tú reinarás, tu nuestro encanto siempre serás… tengo su voz aquí, en mi oído, ahora. No tengo miedo a tu fantasma, abuelita.
Eras reteocurrente,

me dijo riendo, recordando cuando yo era niña y jugábamos al mandado. Y fue éste nuestro último momento, acostadas juntas en mi cama pequeña y triste porque ella ya iba y veía. Yo la tomaba de la mano. Su mano ancha y chueca, con anillos de cobre y una pulsera que parecía una serpiente color turquesa.

Hace poco mi mamá se quedó lívida escuchando una canción,

Amapola, lindísima Amapola
Serás siempre mi alma, tuya sola
yo te quiero, amada niña mía
igual que ama a la flor, la luz del día

Con los ojillos aguados me dijo “Esa canción era la que mi papá le cantaba. Por eso le decía Doña Pola”.

Vivo pegada a esa canción, como si con ella pudiera alcanzarla. Hay tantas manzanas tuyas que aún tengo que recoger, viejita loca.

Ojalá alguien que se tope con esta lista usara alguna de sus palabras. Y así ella seguirá viva también en los breves alientos de los desconocidos, amapolas transparentes escritas en el aire.

Plegaria por ella

May 10, 2009

Morir cuando la luz retira
sus áureas redes de la onda verde,
y ser como ese sol que lento expira:
algo muy luminoso que se pierde.

(Manuel Gutiérrez Nájera)

Supongo que es mucho pedir. Pero tengo que intentarlo.
¿A quién?
¿A quién?

Idea

April 29, 2009

Cuando compre un espejo para el baño
voy a verme la cara
voy a verme
pues qué otra manera hay decíme
qué otra manera de saber quién soy.
Cada vez que desprenda la cabeza
del fárrago de libros y de hojas
y que la lleve hueca atiborrada
y la deje en reposo allí un momento
la miraré a los ojos con un poco
de ansiedad de curiosidad de miedo
o sólo con cansancio con hastío
con la vieja amistad correspondiente
o atenta y seriamente mirarme
como esa extraña vez-mis once años-
y me diré mirá ahí estás
seguro
pensaré no me gusta o pensaré
que esa cara fue la única posible
y me diré esa soy yo ésa es idea
y le sonreiré dándome ánimos.

Idea Vilariño
18 de agosto de 1920, Montevideo - 28 de abril de 2009

Aquí,su vida; acá, algunos poemas. Y aquí, Antonio Muñoz Molina recordándola.

María me prestó un libro de Idea (gracias, Mariíta) cuando yo estaba en Barcelona, muy muy triste y sin ganas de comer (inéditas, las ganas de comer). Leí con avidez sus palabras, moquée, me azoté en su compañía. Lo leí una, dos, tres veces. Quise tener una hija y llamarla Idea (inéditas las ganas de la hija). Llevé el libro en mi bolsa con mucho cuidado, como si la llevara a ella, a mi cómplice, a una versión de mí misma. Me dieron ganas de escribir poesía. Pero me avergonzaba mirar el librito, negro, flaco, imposible de igualar. Empecé a comer. Volví a escribir. Abrí este blog. Me hizo regresar de entre los muertos.

Regresé el libro a María. Jamás encontré el mismo para comprarlo, pero nunca me abandonaron sus versos.

Y ahora se fue. ¿Por qué pensé que sería eterna?

Que tengas la paz que me regalaste con tus palabras, bellísima Idea.

Bola de babosos

April 27, 2009

Bueno, con esto de la gripa marrana mi adicción a internet se incrementó. Y navegando, me encontré con la siguiente noticia “chusca”: cierto hombre asalta un salón de belleza en Rusia, una de las estilistas lo amaga y lo retiene 48 horas para obligarlo a tener sexo con ella.

Por supuesto que el asunto resulta absurdo y hasta cómico, si tomamos en cuenta que al ladrón le salió el tiro por la culata. Ya cuando no da risa es cuando la tipa responde a la denuncia por violación que le puso el tipo: “Qué idiota. Sí, lo hicimos algunas veces, pero le compré un nuevo par de pantalones, lo alimenté, le di de beber y hasta algo de dinero cuando lo liberé”. Claramente, a la fulana se le fueron las cabras.

Como la imagen que acompaña muestra una cabellera rubia, los comentarios de nuestros compatriotas no se hicieron esperar. Para muestra, tres botones (SIC mayúsculo a cada uno de ellos):


“como se agüita el vato, se le fue bien… yo en cambio hubiera vuelto a asaltar cada fin de semana jajajaja…!! no dudemos ahora que con este caso se venga una ola de robos a esteticas, haber si les pagan con la misma moneda…”

“———-NO PUES ES UNA FANTASIA SEXUAL EL QUE UNA MUJER QUE ESTE BIWN LINDA ME SECUESTRE Y ME HAGA SU ESCLAVO SEXUAL, ES ALGO PERVERSO, PERO MUY RICO. ME GUSTARIA QUE LA RUSA ME SECUESTRARA Y QUE ME HICIERA PEDAZOS, ES UNA SUPERFANTASIA. QUE IDIOTA EL WEY, QUE LA DENUNCIO. SALUDOS.”

“Limosnero y con garrote… Que diga que le fue bien, o a poco era muy santo como para haberse sentido violado?? Qué chillón!”

Perdón, pero no entiendo. Será porque he sufrido en carne propia sentirme vulnerable al caminar por las calles de cualquier ciudad, será porque para mí sería una pesadilla que me obligaran a hacer CUALQUIER COSA en contra de mi voluntad… pero no lo entiendo y no me parece gracioso. Soy una amargada, seguramente.

O seguramente este tipo de comentarios imbéciles refleja que muchas personas no tienen idea de lo que una agresión sexual significa, que no tienen idea de lo espantosa que puede ser una relación íntima llevada a cabo en esos términos, que no tienen idea, en fin, de que todos los seres humanos podemos ser víctimas y verdugos.

Ni de que las mujeres con deseos sexuales son seres con voluntad e inteligencia (que pueden usarse de manera negativa), y no conejitas de Playboy insaciables.

Y una última cuestión… ¿Qué habrían dicho si en la foto no hubiera pelazo joven ni rubio ni ruso, sino los rizos morenos y el cuerpo regordete de una cincuentona de Iztacalco?

Sí, hay peores males que una mugrosa epidemia. Porque ¿cuándo habrá estado de emergencia para esta forma de pensar?

Fin. A seguir oyendo valses.

Cochina gripa cochina

Yo sigo en la etapa de la burla. Sigo gritando “¡Apocalipsirlll!” cada vez que alguien estornuda, correteando a Chabelito Poe para ponerle cubrebocas, dando gracias al cielo por no tener que madrugar para ir a dar clase. Anoche le dije a la Cerve que estaría lo máximo que en la calle empezaran a vender mascarillas para los coches, tal y como en Navidad ofrecen la nariz y las orejas de reno para adornar lo que viene siendo el automóvil…

Pero la verdad es que la cochina gripe cochina ya nos está dando susto. Hay una espesura, una gravedad en el aire que no sé definir. Será que las calles comenzaron a vaciarse, que todos llevan la cara medio tapada, y que el pronóstico del tiempo augura lluvias.

Es el cumpleaños de mi papá y para celebrarlo venimos a Cuernavaca a chacotear. Nos subimos al coche con nuestra ropita de calor, dejamos atrás las nubes grises y la neblina de la carretera, llegamos a la cursísima Ciudad de la Eterna Primavera toda abarrotada de jacarandas, buganvilias (me encanta la extravagancia de las bugambilias) y gente en shorts. Nos detuvimos a comer en la terraza de un restaurante desde el que se veía la puesta de sol toda luz mandarina, brisa tibia, nubes de cobre o caramelo. Había una mesa inmensa llena de chamacos y sus primos, de abuelos y nueras; en la de junto, unos amigos veinteañeros que se reían fuerte, con ganas. Aquí todo es feliz, pensamos, dándole sorbos a nuestras naranjadas. Después de imaginarnos qué habrían hecho si nos hubieran visto entrar a los tres con tapabocas, platicamos de cualquier babosada, comimos elotitos tiernos con mantequilla, hicimos planes para el postre, nos mezclamos con Cuernavaca. Hasta que comenzó a soplar un viento canijo. Los parasoles que cubrían la mesa de la gran familia -ya se había ido- comenzaron a girar y mecerse. Al trozo de atardecer se lo devoró un nuevo gris, las risas de los amigos veinteañeros se tornaron nerviosonas. Meseros iban y venían colocando las persianas, que subieron y bajaron como enloquecidas frente al vendaval lluvioso orquestado con truenos, centellas, calamidades por venir del cielo. El agua comienza a golpear el pavimento. Una música resignada. Llegan las noticias a nuestros teléfonos celulares. Se suspenden las clases hasta el 6 de mayo, hay casos de influenza en Londres, Kansas, Albacete (las navajas de Albacete… dice la canción)

Ha oscurecido, nuestros platos están vacíos.

A donde quiera que vayamos, los chilangos llevaremos el espíritu del fin del mundo.

Para seguir a la puerca gripa me gustan:

Una ciudad sin miedo
Una ciudad paralizada
Información política confidencial
El Universal

Subterranean Homesick Alien

April 20, 2009


Este soliloquio del castillito es una respuesta agradecida al buen y estimado Antonio. La imagen es de la European Space Agency y la NASA

Hace rato en el salón de las vidas pasadas, me vi allá, cuando estaba en la UIC y llegaba siempre tarde a la clase de siete, hasta que el maestro (verdaderamente odioso) me vio abrir la puerta a las 7:11 y me dijo “¡JA! Casi lo consigues. Pero no, regrésate a tu casa”. Yo llevaba el pelo larguísimo y usaba lentes azules. Claudia (que aún no se llamaba Perrito) me miraba desde adentro con cara de “Chin”. Y entonces yo desandaba sin remordimientos el camino hacia el Chevy morado, recostaba el asiento y ponía el OK Computer del cd grabado por Ekar (mi gurú musical hasta el día de hoy), un regalo para compensar que me habían robado el estéreo justo afuera de su casa. Me robaron también en aquella ocasión Vespertine, de Björk, Storytelling, de Belle & Sebastian, y algún otro que ya no recuerdo, cuya caja seguramente permanece vacía hasta el día de hoy. En esa época yo no tenía responsabilidades monetarias, así que todos mis discos eran originales (hoy eso es casi una obscenidad).

Nunca he vuelto a tener un OK Computer original. Tengo como tres cajas nuevas y vacías. Siempre se pierden, o los roban, o se van rodando a mejor casa en una especie de broma kármica que ya no me molesta. Lo compré una tarde de julio que había comida en casa de mi tía Patricia. Llegué temprano, noté que el coche de mi mamá no estaba, mejor decidí esperar. Quité el celofan de la caja, abrí el booklet y seguí las letras mientras mi asombro escuchaba sin detenerse cada una de las piezas. La familia llegó antes de que el disco terminara de reproducirse, pero no me moví. Los vi tocar la puerta, saludar, perderse en la sala… y yo mientras me quedé escuchando inmóvil, tocada por quién sabe qué dedos en las cuerdas tensas de mi alma veinteañera. Había algo inhumano en aquellas notas: la guitarra alienígena, el dictado infeliz de una computadora, la voz fantasmal de Tom Yorke… pero poco a poco me di cuenta de lo que pasaba: ese canto artificial era terrible, deseperada, angustiosamente humano, jirones de piel revueltos con cables, teclas, corazón, como si fuera el último himno esperanzado de una especie casi muerta, al borde de su propia extinción. Pasé de la honda tristeza a la profunda esperanza.

Podría hablar de cada una de las canciones del OK Computer acompañando momentos que cifraron mi vida. No sería mala idea hacerlo. Pero hoy le toca sólo a una.

Cuando me detuve en la tercera canción, escuché:

I´d tell all my friends
but they´ll never believe me
they´ll think that I finally
lost it completely
I´d show them the stars
and the meaning of life
they´d shut me away…
but I´ll be allright
Allright…

Subterranean Homesick Alien narra la historia de un tipo que se imagina como víctima de un rapto alienígena. Sucedería mientras conduce solo, por carretera, en la noche. Los extraterrestres lo elevarían en su bellísima nave, le mostrarían el universo. Él regresaría a contarles a sus amigos lo que vio, les enseñaría todo acerca de las estrellas, les explicaría el significado de la vida… sus cuates, desde luego, le darían el avión y nunca le creerían. “Pero estaré bien”, dice el protagonista de la aventura. “Estaré bien…”

Y esta canción Spielbergiana, casi una broma melancólica, me hizo llorar muchas tardes. Yo no sabía muy bien por qué, pero ahora entiendo que ser escritor es un poco como el papel de este abducido inocente. Una se va por la vía aérea, vuela a mundos magníficos, planea por la belleza del universo. Luego llega a la página en blanco y la llena del pálido recuerdo de ese paseo. “¡Mira!” apunta con un dedo cierta frase, cierto adjetivo, “¡Mira! De esto está hecho el mundo. Es tan hermoso…” los lectores, si los hay, habrán advertido un destello vago en el vasto cielo negro, insondable. Cierran el libro y a otra cosa, mariposa. Toda la vida me he sentido como ese tonto que mira la flor única y la señala cuando se ha marchitado. O cuando a nadie más le importa. Y los de Oxford hicieron de esa soledad mía una pieza tierna, misteriosa, irónica. Bella. Yo aún no consigo traducir mis abducciones de manera tan perfecta.

Pero estaré bien. Creo que sí: estaré bien.